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NICO
Llamo al telefonillo del cuarto piso y mi hermana no tarda ni diez segundos en abrirme la puerta.
Subo las escaleras y no puedo evitar sentir un extraño cosquilleo en el estómago al pasar frente a la puerta que hay en el rellano del segundo piso.
Todavía me parece increíble que aquí viva la loca esa, siendo su novio todo un pijo macarra.
Y sí, admito que la curiosidad por saber si es cierto o no ha sido el motivo principal por el que le he propuesto a Vik que esta vez cenemos en su casa.
Ahora mismo me doy cuenta de lo ridículo de la idea. Aunque la dirección de su ficha no estuviera equivocada y ella viviese aquí, ¿cuál es la probabilidad de que me la cruce por las escaleras? Muy baja. Y no estoy tan desesperado por saciar mi curiosidad como para ir a picar al segundo.
Ahora es tarde para lamentaciones, así que decido desviar mi curiosidad del corderito hacia la nueva cueva en la que vive Vik. Cuando entro por la puerta, dejo escapar un silbido y le doy un beso en la mejilla.
—¡Vaya, menudo cambio!
Y es que no parece el mismo piso en el que dejé caer un montón de cajas hace poco más de un mes.
Por lo que veo, mi hermana y su compañera de piso han estado atareadas para intentar sacarle brillo a aquel cuchitril.
Para empezar, está limpio, cosa que ya supone una gran diferencia de la última vez que estuve aquí.
Pero además de eso, le han dado un lavado de cara completo.
No se puede decir que vaya a aparecer en una revista de decoración, pero la diferencia es notable.
—¿Habéis pintado?
—¡Sí! ¿Qué te parece? —dice mi hermana, mostrándome el salón y su cuarto orgullosa—. Le hemos dado una mano a las paredes y casi todos los muebles.
—Mi nariz ya lo nota. Ya no huele a tabaco.
De hecho, huele muy bien. No tardo en ver el ambientador de aceite que hay sobre la cómoda de la entrada.
Además, en las paredes del salón hay fotografías y cuadros colocados con bastante acierto.
Cuando entro a la habitación de mi hermana siento una punzada de nostalgia.
Ha puesto un tablero de corcho de tamaño considerable en el que veo varios de sus dibujos cogidos con chinchetas.
Me recuerda a su habitación, cuando todavía éramos unos chavales y los dos vivíamos en casa de mis padres, como si fuésemos una familia feliz.
A mí siempre me encantaron sus dibujos. Es un talento que ella tuvo desde que era una niña.
Uno de muchos. Por desgracia, mi padre no supo ver ninguno.
Él solo vio rebeldía en lo que era, simplemente, una naturaleza diferente a la suya.
—¡Habéis puesto hasta cortinas!
Aparto la tela para observar la vista a la calle desde la ventana.
—Sí. Solo me falta conseguir algunas alfombras para que el suelo no esté tan frío.
No tenemos calefacción y este piso tiene las ventanas viejas, así que cuando hace frío, ¡hace frío de verdad!
Mi compañera tiene un radiador de esos eléctricos que a veces ponemos en el salón, pero se nos estropeó ayer.
Menos mal que la vecina del segundo es supermaja y nos dejó un calefactor pequeño.
Mi cerebro se pone en alerta al momento.
—¿Tu vecina del segundo? —Mi boca va por libre. Debería estar hablando de su problema con el radiador y no de su vecina—. ¿Es la chica de la que me hablaste el otro día?
—¡Sí, esa! Bajé a ver si nos podía prestar una estufita o algo cuando volvió de la facultad y terminamos quedándonos con ella hasta la cena la niña y yo. Es una tía genial.
De la facultad. ¿Será que habría vuelto de hacer un examen? ¿De liársela a su profesor?
—¿Por qué no la invitas a comer, si quieres? Todavía no hemos pedido.
¿¿¿Para qué he dicho eso???
—Nah, hoy no está. Se ha ido a pasar el fin de semana con su tía. Creo que las cosas con su madre todavía están un poco tensas después de la discusión que tuvieron el otro día.
—Entiendo.
Pues ahora, céntrate en tu hermana. En que vive en un congelador, que es lo que debería preocuparte. No en esa alumna que puede o no puede ser la famosa vecina con traumas familiares.
—Vik, tú también necesitas algo en tu cuarto. Un solo radiador no os da para toda la casa, y menos teniendo un bebé. No puedes estar pasando frío.
—Lo sé, pero este mes ya no me puedo permitir nada más. Ya he gastado mucho con la mudanza y estoy pelada. Tan pronto me confirmen que me dan el curro en la tienda de la Calle Tallers, me voy a por uno. Te lo prometo.
De nuevo, la culpabilidad.
Debería haberme pasado antes por su piso.
Y no lo hice por egoísmo. Porque ver el cuchitril en el que mi hermana tiene que vivir por mi falta de cojones de plantarle cara a mi padre me hace sentirme mal, así que opté por mirar para el otro lado y evitar verlo.
Y ahora me doy cuenta de que fui un imbécil.
Si hubiese venido antes, si le hubiese prestado más atención y me hubiese tragado mi orgullo, hace semanas que le habría comprado yo mismo el dichoso radiador. Todos los que hiciesen falta.
—¿Qué te parece si después de comer nos acercamos hasta Badalona y te regalo yo ese radiador y un par de alfombras del Ikea?
—Nik, no tienes por qué regalarme nada. Yo puedo conseguirlo sola.
—Ya sé que puedes conseguirlo sola —repito, abrazándola y dándole un beso en la mejilla—, pero quiero regalártelo yo.
Cuando alguien se muda a un piso nuevo, es normal que sus amigos o su familia le hagan un regalo de bienvenida, algo para el piso.
Son cosas de adultos. Así que tómatelo como un regalo de mudanza atrasado.
—Últimamente no me paran de caer regalos. Me siento como una concubina —ríe Vik.
—¿Quién más te está consintiendo? ¿Te ha salido un admirador?
—¡Qué va! Ha sido Mel, mi vecina. ¡Tiene una colección de sombreros espectacular!
Me flipó una gorra preciosa y me la regaló.
Quiero enseñártela. A ver dónde está… —dice mientras rebusca algo en su armario.
Yo tengo la sensación de que, de pronto, puedo escuchar los latidos en mi pecho como si fuera un maldito subwoofer .
La veo sacar una gorra negra llena de remaches y cadenas y ponérsela sobre su pelo negro y rojo.
Se gira hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja y no puedo evitar pensar que parece una modelo de esas que salen en las fotos chulas de Instagram—. ¿A que es una pasada?
Asiento como un pánfilo.
—Te queda muy bien —balbuceo, nervioso—. Vik, ¿cómo has dicho que se llama tu vecina?
—Mel —repite.
—Mel… de Melania…
—Sí. Melania, pero creo que todo el mundo la llama Mel.
Me giro, ocultando mi expresión con disimulo.
Siempre se me han dado bien las matemáticas y aquí, la ecuación está clara.
El corderito tiene oficialmente nombre y cara.
Parece ser que no es una niña rica y consentida, después de todo.
Y no solo eso. Además, resulta que es la nueva amiga de mi hermana pequeña…
Sonrío, aunque sé que no debería sonreír. Esto se acaba de poner interesante.