Bajo todos tus sombreros –24–
28%

–24–

MEL

Hace menos de media hora que he llegado a casa cuando llaman a la puerta. Abro y me encuentro con una visita inesperada a la par que grata. Vik está de pie ante mi puerta, sonriente, con un bebé rechoncho en los brazos.

—Sé que el otro día no nos contamos todo, pero… esto es gordo, ¿eh? —bromeo señalando al bebé.

Ella se ríe y sacude la cabeza en negación.

—Es la hija de mi compañera de piso, a la que cuido por las tardes. ¿A que es una monada? —dice, achuchando a la pequeña y haciéndola reír. La verdad es que sí, es una cucada de bebé. De esos que te dan ganas de coger y comerles las mejillas a besos.

—Quería pedirte un favor. El único radiador eléctrico que tenemos en el piso se nos ha estropeado hace un par de horas y el piso es un auténtico congelador.

Martina está un poco resfriada y tengo miedo de que vaya a peor.

No sé si tal vez tengáis un calefactor que me puedas prestar.

Sería solo hasta mañana, hasta que podamos comprar otro.

—¡Claro! Creo que tenemos alguno sin usar. Pasa.

La invito a pasar y veo que entra con recelo, insegura.

—Tranquila, mi madre no está. No llegará del trabajo hasta dentro de un par de horas —le digo cerrando tras ella—. Ven a mi cuarto. Soy muy friolera y tengo la estufa encendida desde que he llegado, así que hace calorcito allí. Ahora te busco el calefactor.

Le indico cuál es la puerta y voy al pequeño trastero que tenemos en el pasillo, donde hay de todo sin ningún tipo de orden.

Me lleva mis buenos cinco minutos encontrarlo, pero al fin doy con lo que busco.

Cuando vuelvo a mi cuarto, veo que Vik se ha quedado embobada mirando la colección de sombreros que adorna una pared entera de mi cuarto.

—Aquí está —digo, sorprendiéndola.

Ella ignora el aparato y señala los gorros.

—¡Son impresionantes! Supongo que los coleccionas.

—Algo así —respondo—. Me encantan los complementos, en especial los sombreros. Cada día suelo llevar uno diferente. Es algo muy mío. Algunos los he hecho yo. Otros me los regalan. Otros los he encontrado en mercadillos o en Vinted y los he customizado un poco —explico.

Veo que Vik le presta especial atención a una gorra negra de estilo vintage que tuneé a saco hace un par de años, cuando acompañé a Cata a un festival metal.

Ese tipo de música no es muy de mi estilo, pero volví a casa inspirada y decidí hacer una versión un poco más sofisticada de lo que vi allí, transformando el diseño inicial de aquella gorra marinera en terciopelo negro con hebillas, cadenas y remaches.

—¿Te gusta ese?

—La verdad es que todos son muy chulos, pero este me parece una flipada —dice, mirándolo encandilada.

Me acerco, lo cojo del perchero y se lo pongo, ladeándolo un poco.

—Te queda genial.

Ella se acerca al espejo y se mira, intentando que Martina no llegue a las cadenas que cuelgan de la gorra.

—Me encanta. Tía, ¡eres una artista!

—Quédatelo.

—¿Qué? No, no puedo. Es un tesoro.

—Lo digo en serio. Yo nunca me lo pongo porque no es de mi estilo y es una pena. A ti te queda como un guante.

—¿De verdad? No quiero que me lo des por compromiso.

—En serio. Quiero regalártelo. ¿Por qué no subes la estufa? . Así la vas enchufando. Martina y yo te esperamos aquí y luego podéis quedaros un rato conmigo mientras se caldea el cuarto de la niña.

—Vale. No tardo ni dos minutos, te lo prometo —dice Vik.

—Llévate mis llaves. Están junto a la entrada. Son las del llaverito con el logo de Wonder Woman.

Me da a la niña y, tan pronto está en mis brazos, hace ademán de ponerse a llorar, por lo que me apresuro a coger uno de mis peluches, que todavía están desperdigados por mi estantería, y se lo acerco.

El amago de rabieta se corta al momento y le hago una señal a Vik para que aproveche y se dé a la fuga.

La pequeña rechonchona pesa más de lo que creía, así que me siento con ella sobre la cama.

Se sostiene sentada perfectamente y, por lo que descubro más pronto que tarde, también gatea.

Enseguida quiere lanzarse a la exploración para descubrir todos los recovecos y tesoros que hay en mi cuarto.

Afortunadamente, el hecho de que yo sea tan friolera se traduce en que mi cuarto está doblemente alfombrado, así que dejo que deambule un poco.

Me tiene tan entretenida gateando tras ella que así nos encuentra Vik cuando regresa.

—Perdona la tardanza. Me llamó mi hermano justo cuando acababa de encender el calefactor y en las escaleras la señal es pésima.

—¿Todo bien?

—Hemos quedado para comer mañana. Lo raro es que quiere venir a casa. Voy a tener que ponerme a limpiar.

—¿Nunca ha venido?

—Sí, una vez. Desde entonces se las ha arreglado para no volver a poner un pie por aquí. Siempre quiere invitarme a comer en su casa o por ahí. Creo que lo cutre que es mi piso lo hace sentirse culpable.

—¿Has tenido problemas con él? —pregunto con curiosidad mientras le hago cosquillas en la nariz a Martina con un lazo de raso.

—¿Con mi hermano? ¡Qué va! Nik es un cielo. Es el único que nunca me ha dado la espalda. Si no fuera por él, creo que ya me habría tirado de un puente, te lo juro.

—A mí me pasa lo mismo con mi tía —replico, dirigiéndole una mirada comprensiva.

—Pero creo que para mi hermano no es suficiente. Creo que él siente que no ha hecho lo suficiente.

—¿Y tú? ¿También lo piensas?

Vik reflexiona unos instantes, pero finalmente niega con rotundidad.

—No. Mi hermano es el único cuerdo de toda la familia y a veces es el que tiene que tirar para que el resto no se vaya al garete.

Sé que piensa que debería mandar a la mierda a mi padre como hice yo, pero también sé que no lo hace por mi madre, para no dejarla sola.

Y, por mucho rencor que yo pueda tenerle por no haber tenido más carácter y haber impedido que mi padre me amargarse la existencia, en el fondo sé que ella también es una víctima y tampoco quiero que la deje atrás.

—Eso no debe de ser fácil para él —observo.

—No, no lo es… —admite Vik.

Me quedo pasmada pensando en lo difícil que tiene que ser estar en el medio de dos bandos que se detestan.

No tardo mucho en darme cuenta de que la razón por la que empatizo tanto con su hermano, es que yo sé exactamente lo que es ser el caramelo del que tiran los dos lados hacia el lado opuesto.

El matrimonio de mis padres derivó en una guerra que tuvo muchos daños colaterales.

El principal, como siempre, su hija. Al final, los errores de los padres siempre terminan por pagarlos los hijos.