Bajo todos tus sombreros –23–
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NICO

Entro en mi casa como un huracán, cierro la puerta, y tiro las llaves de mala manera sobre el cuenco del mueble de la entrada.

—No me lo puedo creer —murmuro rumiando entre dientes, dejando mi maletín sobre la mesa del salón.

Me paso la mano por la boca, mientras deambulo por toda la estancia como un tigre enjaulado.

—¿Pero quién se ha creído esta?

Suelto una carcajada nerviosa. Todavía no he salido del estado de shock que me ha dejado la osadía de esa chica. Me imagino que ese arrebato de valentía ha sido porque cree que no la he reconocido. ¿O será que fue ella quien no me reconoció en la discoteca?

—Así que al examen sí que te has dignado a venir. Parece que el corderito ha vuelto a enseñar los dientes de lobo otra vez —digo con una sonrisa, hablando conmigo mismo, mientras saco mi portátil de su funda—. Pues es hora de ponerte nombre.

Decidido, levanto la tapa del ordenador y me conecto a mi cuenta de profesor de la Universidad.

Tengo acceso a las fichas de todos mis alumnos.

No solemos mirarlas porque son muchísimos, y solo consultamos algún dato específico cuando lo necesitamos, pero normalmente solemos tener el nombre a buscar cuando lo hacemos.

Ir a ciegas significa que voy a tener que ir ficha por ficha hasta dar con su cara.

Pero aunque me lleve toda la maldita noche encontrarla, de hoy no pasa.

Empiezo a pasar fichas por orden alfabético, estudiando las caras de cada alumna que aparece en pantalla.

Los chicos los salto de inmediato. Algunas de las chicas tampoco duran mucho bajo mi escrutinio, pues sus rasgos son claramente diferentes.

Hay caras que me resultan ligeramente familiares.

Rostros reconocibles que suelen sentarse en primera fila.

Después de una hora pasando perfiles, empiezo a agobiarme. Seguramente si llamase a Biel, lo solucionaría en un par de segundos pero lo último que quiero es darle material para vacilarme, así que me lo ahorro.

Hay al menos un par de chicas que se dan un aire.

Las imágenes están escaneadas a partir de fotografías tamaño carnet y no tienen la mejor calidad.

Eso me hace dudar hasta de mi propia memoria, sobre todo teniendo en cuenta que la última vez que la vi estaba bastante oscuro y yo llevaba al menos un par de copas encima.

Estoy a punto de darme por vencido cuando una nueva imagen me hace dar un respingo en la silla.

Me quedo mirando a la chica que aparece sonriente en la imagen, y doy una palmada victoriosa contra la mesa.

—Te encontré, corderito.

Objetivamente, y visto desde fuera, sé que suena infantil, pero en aquel momento descubrir su verdadera identidad me da la sensación de estar haciéndole un jaque al rey después de que ella se comiese mi reina al final del examen.

Aquella mirada es inconfundible. Todas las dudas se disipan y el resto de candidatas caen. No tengo ninguna duda. Es ella.

—Melania Llorens Bauer. Vaya nombrecito tienes. Déjame adivinar: tu madre es una heredera millonaria alemana. —Leo el resto de los datos de su ficha en voz baja hasta que uno de ellos me llama la atención—. ¿De qué demonios me suena a mí esa dirección?

Me quedo pensativo unos instantes. El nombre de su calle me resulta increíblemente familiar.

Tanto que creo tenerlo en la punta de la lengua.

Abro Google Maps en otra pestaña del navegador y busco la dirección, siendo consciente de que, en el fondo, estoy actuando más como un acosador obseso que como el profesor adulto y profesional que se supone que soy.

Pero ella hoy ha jugado sucio y eso me da carta blanca para hacer lo mismo. O, al menos, eso es lo que me repito.

—¿Está por Sant Andreu?

La zona no me puede sorprender más. Me esperaba que el punto en el mapa me llevaría a algún barrio pijo tipo Sant Gervasi o La Bonanova. No a Sant Andreu.

Hago zoom para poner el visor en modo Streetview y me quedo sin palabras. Así que de eso me sonaba su dirección. ¡Es el mismo edificio en el que vive Vik!

Sin poder evitarlo, mi frente se arruga y me quedo mirando la imagen de esa chica completamente confundido. No puede ser…