Bajo todos tus sombreros –22–
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MEL

Cinco minutos antes de que empiece la hora de Ética, se pueden oler los nervios en el ambiente.

Estoy con Cata y su novio Rober, en la esquina más apartada del rellano de la facultad.

Desde el día de inicio del curso, es la primera vez que voy a pisar esta clase, y me da un cague tremendo.

Después del peculiar encontronazo que tuve con el profesor hace un par de semanas en la discoteca de Girona, estoy bastante segura de que no se acuerda de mí.

Si no me reconoció cuando estábamos a un palmo de distancia y tenía mi teta en su mano, menos lo hará entre cientos de estudiantes.

Por si acaso, me he asegurado de que mi pelo esté bien ondulado, lejos del liso plancha que tenía cuando me vio la última vez.

—¿Te has mirado la parte que acordamos? —me pregunta Cata.

—Sí, pero la verdad es que tampoco te creas que la llevo muy bien —confieso—. Me la he aprendido de carrerilla en la última hora. Si caen preguntas de eso, voy a soltarle todo el rollo de golpe antes de que se me olvide.

—Perfecto, pues lo escribes, nos dejas copiar, y luego ya me pongo yo con el resto. Venga, vamos entrando o no tendremos sitio atrás.

Nos escurrimos hacia la clase, donde algunos estudiantes ya se preparan en sus asientos, y nos sentamos en la segunda, tercera y cuarta fila empezando por atrás, hacia la derecha, uno detrás de otro. El resto van entrando también y a los dos minutos vemos entrar a una figura con maletín.

—Buenas tardes a todos. ¿Cómo van esos nervios? —saluda el profesor, al que tengo que hacer esfuerzos por no llamar borrego en mi cabeza—. Espero que hayáis dormido bien.

En aquel momento pienso lo mismo que todos los demás alumnos allí sentados: “Será cabrón… Además con pitorreo.”

—Antes de nada, vamos a hacer un poco de reorganización. Parece que le tenéis pánico a las primeras filas y os habéis juntado todos atrás. Estáis demasiado pegaditos. Hay que separarse un poco, no vaya a ser que tengáis tentaciones…

Un rumor recorre la sala y nos miramos alarmados entre los tres.

El borrego —al que ahora mismo no me da nada de pena llamarlo por su mote— va señalando a gente y pidiéndoles que se muevan a las primeras filas.

Bajo la cabeza rezando porque ni me mire.

Desafortunadamente, el novio de Cata es uno de los elegidos y lo observamos levantarse como quien mira al que llevan a la silla eléctrica.

Pero interiormente, respiro aliviada. Me he salvado y Cata también.

Nuestro plan sigue en pie. Cuando se acaban los traslados, el aula parece un damero gigante donde nos vamos intercalando con huecos vacíos.

—Ya sabéis cómo va esto —sigue—. No quiero ver nada sobre la mesa que no sea un bolígrafo. Es lo único que vais a necesitar.

Cata y yo cruzamos una mirada nerviosa y vocalizamos un «buena suerte».

El borrego le da un fajo de hojas boca abajo a los de la primera fila, que se quedan una y van pasando al resto. Cuando todos lo tenemos me doy cuenta de que hay tres hojas grapadas y me entran sudores fríos.

A su señal, se escucha una marabunta de hojas al voltearse y empiezan los resoplidos y gemidos.

Intento no pensar en los quejidos de los que llevan todo el curso asistiendo regularmente a la clase y en lo poco que he estudiado, y me centro en el examen que tengo delante.

Hay tres partes. La primera página contiene preguntas tipo test, una segunda con preguntas cortas, y la última página es un caso planteado en el que tenemos que desarrollar nuestra respuesta fundada en lo que se ha dado en clase.

Con un vistazo más concienzudo, me doy cuenta de que sé la contestación de dos de las preguntas cortas y de la mitad de las de la primera página. Respondo a las que sé y le doy un suave pinchazo a Cata en la espalda con el bolígrafo.

—¿Ya tienes las tuyas? —me susurra.

—Sí.

—Venga, chívamelas.

—Página 1, pregunta 3, C de casa; pregunta 5, B de Barcelona.

Una a una, le voy chivando en susurros todas las preguntas a las que ya he contestado.

—Dame unos minutos que acabo la primera hoja y…

—Señorita.

Una voz firme, autoritaria y que suena a advertencia atrae nuestra atención y nos hace alzar la cabeza de inmediato.

Mi cuerpo se tensa por completo al darme cuenta de que el borrego está mirando en mi dirección.

Miro a izquierda y derecha y cruzo una mirada confundida y nerviosa con varios compañeros.

—La del gorro negro.

Mierda, el gorro. El maldito gorro. ¡Se me ha olvidado quitármelo!

—Cámbiate de sitio, por favor. Vente para las filas delanteras. Todavía hay algunos huecos.

Instintivamente, me quito mi slouchy , sintiéndome injustamente traicionada por él, aunque solo sea una prenda inerte que no tiene culpa de mi dejadez; y me levanto, cogiendo mi examen y mis cosas y arrastrando mi vergüenza en dirección a las primeras filas.

Echo un vistazo rápido y se me enciende la llama de la esperanza cuando veo un hueco libre al lado del novio de Cata.

Él cruza una mirada esquiva conmigo y creo que los dos nos sentimos igual de aliviados.

No pienso irme del examen sin copiar lo mío, después de haberle chivado toda mi parte a Cata. ¡Qué menos!

Me siento y espero a que la atención de todos vuelva a estar centrada en su propio examen y la del profesor borrego se distraiga con cualquier otra cosa. Se ha puesto a mirar algo en su ordenador. Bien. Ahora es mi momento.

No soy tan tonta como para cometer el mismo error dos veces y dar sin recibir a cambio, así que Rober y yo nos turnamos para chivarnos las respuestas.

Cuando llego a la última pregunta resoplo.

Aquí los chivatazos no funcionan, así que cada uno va por libre.

Veo por el rabillo del ojo que algunos empiezan a entregar el examen, lo que inevitablemente pone más presión sobre los que todavía se quedan.

Una empresa textil con sede en España deslocaliza parte de su producción a un país en vías de desarrollo para reducir costes.

La empresa cumple con la legislación local, pero se sabe que los salarios son muy bajos y que las condiciones laborales, aunque legales, no alcanzan los estándares habituales en Europa.

Pregunta:

¿Es éticamente responsable la actuación de la empresa?

Justifica tu respuesta utilizando al menos dos teorías éticas estudiadas en la asignatura y teniendo en cuenta el concepto de responsabilidad social empresarial (RSE).

Lo del concepto de responsabilidad social empresarial me suena, pero de las dos teorías éticas no tengo mucha idea.

Sin embargo, tengo una pequeña chuleta delante de las narices.

Repaso las preguntas que ya he contestado gracias a Rober para intentar deducir a qué teorías se refiere.

Me hago una idea, lo combino con mucha creatividad, unas dosis de opinión personal disimulada, y empiezo a escribir una parrafada.

Tampoco me mato mucho. Creo que, con el resto, debería ser suficiente para aprobar el examen.

Tal vez hasta para llegar a un notable. Y en el trato que hice con mi madre, no entraba sacar sobresalientes.

Firmo, termino y me levanto a entregar el examen.

Según me voy acercando al estrado, me doy cuenta de que el borrego me mira fijamente, reclinado en el respaldo de su silla al otro lado de la enorme mesa.

Lo veo esbozar una sonrisa ladeada que me hace temblar, no solo porque estoy en el examen de su asignatura, sino porque en aquel momento me ha venido un flashback del momento en el que me mostró esa misma sonrisa después de decirme que no volvería a meterme mano a menos que yo quisiera.

Siento que mis mejillas se están encendiendo. ¿Me habrá reconocido?

—¿Ya has terminado? —pregunta sin dejar de mirarme con esa expresión.

Sostengo el examen con ambas manos frente a mi vientre, casi sin atreverme a dar otro paso.

—Sí.

Entonces, su expresión cambia y se ensombrece.

—¿De veras crees que no me he dado cuenta de que te has pasado el examen copiando?

Se hace un silencio sepulcral en el aula. Mucho más denso del que hay durante cualquier examen. Uno de esos en los que nadie se atreve ni a respirar.

En cuestión de segundos, mi mente mantiene un debate intenso mientras mis mejillas arden cada vez más.

No me ha reconocido. Me mira así porque me ha visto copiar.

¡Idiota! Te ha visto copiar… ¡Vas a suspender la asignatura! Tendrás que repetir otro curso entero solo por esta mierda de asignatura. Olvídate de estudiar diseño. Olvídate de empezar a trabajar. Olvídate de irte de casa. Vas a aguantar a mamá otro año más.

La sola idea me hace hervir la sangre. Todo el estrés de la semana sube de golpe por mi estómago como si fuera espuma, y me saca del bloqueo en el que estoy, tomando las riendas de mi cuerpo. Doy un paso al frente y me calzo la actitud más rebelde que recuerdo haber vestido.

—Perdone, ¿usted sabe mi nombre?

El borrego me mira con una expresión llena de confusión.

—¿Qué? —balbucea.

—Que si sabe mi nombre —repito con firmeza.

—Sois más de setenta personas. Claro que no me sé tu nombre. Ni el tuyo ni el de prácticamente nadie —me responde, con cierta chulería.

Antes de que pueda darse cuenta, echo mano del fajo de exámenes que se han ido apilando sobre la mesa y, ante su estupefacción, meto el mío en medio de ellos y los barajo. Entonces, los vuelvo a dejar delante de sus narices, enfrentando su mirada.

—Pues ahora vas y lo buscas —lo reto, desafiante, antes de darme la vuelta con orgullo y salir del aula con la cabeza bien alta.

Respiro hondo y decido que voy a ir a casa a cambiarme de gorro. Necesito algo a la altura de la temeridad que acabo de cometer.