Bajo todos tus sombreros –21–
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NICO

El timbre me sorprende cuando estoy todavía secándome con la toalla, después de una buena ducha.

Descuelgo el telefonillo y abro al ver un rostro reconocible y esperado en la pantalla del visor.

Me visto a toda prisa y, para cuando mi hermana aparece por la puerta, yo ya la espero enfundado en un pantalón de chándal gris y una camiseta negra.

—Pasa. La cena ya está lista.

Mi hermana deja su único y desgastado bolso colgado en el perchero y camina hasta el salón comedor, donde yo ya he preparado un par de servicios para cenar.

—¿Huele a salmón? —pregunta Vik, sorprendida—. ¡Caray! Cómo se nota que ahora tengo un hermano rico, que me invita a cenar pescado entre semana.

En realidad, disto bastante de ser rico.

Al fin he cobrado mi primer sueldo, y no me quejo, pero por el momento se me va casi todo en el alquiler y en las deudas del máster y el doctorado que todavía me tengo que sacar de encima.

Pero comparado con mi hermana Vik, soy un millonario.

Después de haber visto dónde vive estoy más preocupado que nunca por ella y, si lo único que puedo hacer es asegurarme de que se alimente bien de vez en cuando, pues que así sea.

Aunque tarde un poco más en pagar mis deudas.

Así que he pasado de la fórmula fácil que ofrece pedir una pizza y le he preparado un lomo de salmón a la plancha con puré de patatas y espinacas. Y otro para mí, claro. Ya que estamos.

—Bueno, ¿qué me cuentas? ¿Qué tal te va viviendo por Mordor?

Mi hermana pone los ojos en blanco y me dedica una mirada condescendiente.

—Pues para tu información, bastante mejor de lo que esperaba.

—¿Ah, sí? ¿Tu compañera tiene uno de esos bebés raros que duerme toda la noche?

—Duerme bastante bien, la verdad. Y es una monada. Además, ahora me sale hasta rentable.

—¿Rentable?

—Sí. Ana ha empezado a trabajar a tiempo completo, pero en la guardería solo tenían plaza para Martina por la mañana, así que necesitaba una canguro por las tardes. ¿Adivina quién es la canguro?

—¿Y tu trabajo?

—Lo he dejado. No quería tener ningún motivo para acercarme por ese barrio.

Asiento, apartando la mirada. No estoy muy contento con la situación, pero por una parte, yo también prefiero que no se vuelva a cruzar con las chicas que la estaban acosando.

—¿Y lo que ganas de canguro por las tardes te llega?

—Por el momento no gano nada, pero a cambio tengo alquiler y facturas gratis. Estoy buscando un trabajo por las mañanas. ¿Y sabes de dónde me han llamado para una entrevista?

—¿De dónde?

—¡De mi tienda de discos favorita!

—¿La que está en la calle Tallers?

—¡Sí, esa!

—Desde luego, ahí encajas como un guante. A ver si tienes suerte, entonces.

—Ya toca una poca, ¿no? —Sonrío mientras mastico un bocado de salmón. Desde luego que ya le toca—. Así que este mes tengo un montón de tiempo libre. Tanto que he empezado a dibujar otra vez.

—¿En serio?

Vik es una auténtica artista dibujando. Si no le hubiese tocado un padre cavernícola y una madre que tiene demasiado miedo para defender a su hija, hoy probablemente estaría trabajando para alguna editorial, en vez de tener que mendigar cualquier trabajo para llegar a fin de mes.

—Sí. Nada concreto, pero me apetecía un montón.

—Eso ya es un primer paso.

—¡Ah! Y he hecho una amiga nueva.

La miro, sorprendido, y me sonríe orgullosa. No puedo evitar que mi expresión cambie y se muestre escéptica y precavida.

—Tranquilo. Ya sé lo que estás pensando. Pero esta está tan jodida como yo con sus padres, y ya sabes lo que une un buen trauma familiar.

—¿Dónde la has conocido?

—¡En casa! Es la vecina del segundo. Nos conocimos ayer cuando me la encontré hecha una magdalena sentada en las escaleras de mi puerta.

Así que la invité a tomar una infusión y acabamos charlando toda la tarde.

Hoy no nos veremos porque se ha ido a casa de su tía para poder estudiar para un examen, pero hemos quedado en vernos el fin de semana.

—Hablando de examen —digo, recordando que tengo obligaciones laborales—, mañana les he puesto el primer parcial a mis alumnos.

—¿Ah, sí? Será mejor que no te quite mucho tiempo hoy, entonces. Tendrás que prepararlo.

—No te preocupes, ya lo tengo listo.

—Entonces, cuéntame. ¿Qué tal tú de chicas?

Miro a mi hermana y arrugo la nariz. La idea de hablar de chicas con Vik no me acaba de convencer.

Cada vez que lo hacemos y terminamos hablando de sexo me siento incómodo.

¡Es mi hermana pequeña! Por mucho que ya tenga veintitrés años, la sigo viendo como la niña que se colaba en mi cama por las noches para que le contase historias de miedo.

Pero sin necesidad de palabras, soy capaz de leer perfectamente el mensaje implícito en la cara con la que me está mirando: “si tú quieres que yo te cuente las cosas, tú también tienes que hacerlo”.