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MEL
Llevo toda la tarde intentando descifrar los apuntes de Cata, metida en el pequeño estudio de mi tía Nanni. Mi cerebro parece estar nublado y no soy capaz de concentrarme por mucho que lo intento.
Después de unas cuantas tazas de la infusión contra la ansiedad paternal —así es como Vik y yo decidimos bautizar a su mejunje—, anoche llamé a mi tía y me vine a dormir a su casa.
Lo último que quería era volver a ver a mi madre.
De hecho, sigo sin querer. La sola idea de tener que volver a casa después de la discusión de ayer me revuelve las tripas.
Para empeorar las cosas, David no dio señales de vida hasta esta mañana, cuando por fin se iluminó y le dio por preguntarme cómo estoy.
La que sí me escribió fue Cata, para contarme que tenemos examen parcial de Ética mañana. Genial.
Ayer no pegué ojo en toda la noche. Esta mañana estaba tan cansada y tan “descolgada” como mi gorro, así que, tras no ser capaz de mantener los ojos abiertos en clase, cogí mis cosas y me vine a casa de Nanni.
Cata me ha pasado la mitad de sus apuntes y hemos acordado que cada una se preparará una parte y así completamos entre las dos.
No es la primera vez que lo hacemos. Creo que he perdido la cuenta de la cantidad de exámenes que hemos copiado la una de la otra en los últimos tres cursos.
Tras una siesta mañanera, llevo ya varias horas intentando memorizar conceptos, pero mi cerebro no da para más.
Escucho la puerta de la entrada, que me indica que mi tía ha vuelto. A los pocos segundos, siento unos nudillos en la puerta del estudio y Nanni asoma su cabeza.
—¿Qué tal va? —pregunta. Yo resoplo de frustración por toda respuesta—. Así de mal, ¿eh? —Asiento—. Venga, descansa un poco. He traído tiramisú. Necesitas hacer una pausa.
—¿El de la pastelería de abajo? —pregunto al tiempo que me levanto como un resorte. Mi tía sabe que es mi favorito.
Veo que saca el tubo del puzle y pongo los ojos en blanco, aunque sé que lo necesito.
No conseguiré centrarme nada en el examen si no consigo sacarme al menos una parte de la bola que tengo en el estómago.
Y, aunque la infusión de esa nueva amiga improvisada ayudó, mi tía Nanni es quien mejor sabe hacerlo.
Lo desenrollamos sobre la mesa de centro y nos arrodillamos a su alrededor sobre la mullida alfombra del salón.
Nuestro avance en el dichoso mapamundi es dolorosamente lento.
Hemos conseguido completar todo el marco y parte de los dibujos que hay en las esquinas, aunque todavía nos faltan un montón de piezas en todas ellas.
Yo ya me he cansado de buscarlas y he empezado a buscar los bordes de los círculos que conforman las dos esferas del mapa.
Engullo una cucharada enorme de tiramisú que me lleva directa al séptimo cielo por un glorioso instante, y bajo de golpe para volver a mi triste realidad y ponerme a buscar piezas.
—¿Has hablado con David? —pregunta mi tía rebuscando entre las piezas.
Como siempre, directa al centro de la diana.
—Me escribió esta mañana para preguntarme cómo estaba.
—¿No hablaste con él ayer?
Niego con la cabeza. No. No hablé con él porque no me llamó, ni me mandó ningún mensaje. Nada.
—¿Y qué hablasteis esta mañana?
—No mucho. Le dije que había dormido aquí, contigo, y que aún estoy nerviosa. Así que hemos acordado esperar unos días a que la cosa se calme un poco. Este fin de semana va a irse al pueblo con Fer, así que nos veremos la próxima semana.
Mi tía me observa en silencio. Yo lo noto por el rabillo del ojo, porque no soy capaz de mirarle a la cara.
—¿Y tú qué opinas de todo esto? ¿De todo lo que ha pasado entre vosotros desde ayer?
—Después del escándalo que le montó mi madre ayer, es normal que esté de los nervios.
—Esa pieza no va ahí, Mel.
—¿Qué? —balbuceo, sacada de mis pensamientos. Mi tía señala al tablero, y me doy cuenta de que llevo un rato intentando encajar una pieza en un agujero en el que no entra.
—Me parece que no me has contestado a la pregunta. Y esto solo funcionará si eres completamente honesta conmigo y contigo misma.
La voz de mi tía no ha sonado recriminatoria. Solo sincera. Incluso comprensiva.
Suspiro, porque sé que tiene razón.
—Me duele que no se haya interesado por cómo estaba hasta esta mañana, sabiendo que ayer me dejó atrás con mamá hecha una furia.
A veces, me da la sensación de que no le importo.
Igual que el día que me puse enferma en Valencia.
Me dejó sola toda la noche para irse de fiesta, sabiendo que me quedaba atrás echando hasta los hígados.
Apenas nos vemos, y cuando por fin quedamos es para irnos de fiesta con sus amigos a tomar por culo.
Pareciese que en Barcelona no hay buenos sitios para salir, que tenemos que ir siempre a Girona, cuando sabe que no me hace mucha gracia ir de discotecas.
Y cuando por fin estamos los dos solos, parece que solo soy buena para echarme un polvo, porque no hay manera de que tengamos una conversación constructiva.
Como ayer, por ejemplo. Resulta que siempre se lleva a sus amigos a la nieve con sus padres.
Y cuando se me ocurre preguntarle que cuándo me va a llevar a mí, tengo la sensación de que no sabe ni por dónde salir con las excusas.
Y ahora me pregunto si es que le da vergüenza que su familia sepa que está saliendo con una pobre, o si es que ya sabe que ellos no me van a aceptar de antemano.
Después de la traca que acabo de soltar, cojo aire y miro a mi tía, casi con miedo. Ella me está observando con calma. Entonces, la veo sonreír, extrañada.
—¡Fíjate! Sí que has conseguido avanzar —me dice.
—¿Qué? ¿Cómo que he avanzado? Sigo igual de perdida que antes.
—El puzle —señala.
Miro hacia abajo y me doy cuenta de que, mientras soltaba mi monólogo, he conseguido terminar uno de los dibujos del mapa, el de la esquina derecha.
—Oh, ¡lo he terminado! ¡Es verdad! —digo satisfecha, pasando la mano por encima.
—¿Lo ves? Ya nos queda menos —dice la energía positiva personificada—.
Y puede que sigas igual de perdida, pero es la primera vez que te escucho decir en voz alta lo que te preocupa.
Y me da la sensación de que es la primera vez que te dices lo que sientes de verdad a ti misma también. ¿O me equivoco?
La miro con cara de circunstancias y niego con la cabeza.
—Pero tampoco quiero ser injusta con él. Sé que la ha cagado varias veces, pero luego tiene otros momentos en los que es muy cariñoso. Y tenías que ver cómo se puso mi madre con él ayer.
—¿Tienes miedo de que tu madre lo haya asustado? ¿De que no luche por la relación por no tener que lidiar con ella?
—Creo que yo en su lugar estaría flipando después de algo así. ¿Tú no? —pregunto a mi tía, devolviéndole la pelota a su tejado.
—Desde luego. Sabine puede dar auténtico miedo. Bien lo sé —contesta.
—Pues, ¿qué panorama nos queda ahora si mi madre no lo quiere ni ver a él, y seguramente sus padres no me quieran ver a mí?
—Uno no muy agradable —confirma mi tía—, pero no olvides que la pareja sois vosotros, y no tenéis que cargar con los errores ni las ideas de vuestros padres.
Podría decirte que, si os queréis, eso debería ser suficiente, pero la realidad es que no lo es.
Una pareja se forma con la atracción, pero se solidifica con el trabajo duro por ambas partes.
En vuestro caso, hay muchos cimientos que reparar y construir todavía.
La pregunta es, ¿crees que él merece la pena de verdad?
Me quedo pensativa, mirando al puzle sin siquiera verlo.