–19–
MEL
Los ecos de la pelea con mi madre resuenan en mi cabeza como si acabase de escucharlos.
—¡No quiero que ese chico vuelva a poner un pie en mi casa!
—¿Crees que con eso conseguirás evitar que salga con él?
—¿¡Cómo puedes estar tan ciega!? Creí que había criado a una hija más inteligente.
Ese hijo de puta ya te puso los cuernos una vez, ¡¿y tú vuelves con él?
! ¿En serio crees que te quiere? Te dejará tirada a la primera de cambio en cuanto las cosas se os pongan un poco complicadas.
¡Y créeme que lo harán! Así es la vida, Melania. ¡Lo has visto en tu propia casa!
—Yo no soy como tú, ¡y David no es como papá!
Mi madre me mira llena de rencor.
—No, no eres como yo. Honestamente, tenía la esperanza de que fueses más lista, ¡pero veo que me equivoqué! Eres una inocente que prefiere ponerse una venda en los ojos y arrastrarse sin dignidad ninguna antes que reconocer que su madre tiene razón.
—¿Y tú quién eres para juzgarme a mí? ¿Acaso lo has hecho tú tan bien como para darnos lecciones al resto?
Mira dónde y con quién vives. Lo único que quieres es alejarme de todos y tenerme debajo de tu falda para toda la vida, para no quedarte completamente sola.
¡Yo no pienso arruinarme la vida como tú!
Todo pasó a cámara rápida. La imagen de David saliendo de casa a toda prisa mientras mi madre lo insultaba y le gritaba de todo aún me hace arder el estómago, pero las últimas palabras de mi madre se me han atravesado en la garganta, haciendo que me cueste hasta tragar saliva.
Casi tanto como las que yo le había dicho.
Estoy sentada en los últimos escalones de mi edificio, a oscuras.
Al principio, el sensor de movimiento captaba mi presencia de vez en cuando y las luces se encendían.
Pero hace un rato que estoy encogida, y ya se me han acabado hasta las lágrimas, así que solo me acompañan las luces de emergencia.
Lo prefiero así. En este momento solo quiero estar sola. Completamente sola.
La mera idea de tener que volver a la casa de mi madre me asfixia. Porque esa ya no es mi casa. Hace mucho que no la siento así.
Los únicos momentos en los que estoy tranquila en ese piso son cuando mi madre está fuera, trabajando.
Y después de lo que ha pasado hoy, no creo que pueda volver a tener esa sensación jamás.
Es la casa de mi madre. Son sus normas. Allí yo no tengo voz.
Ni siquiera la he tenido sobre mis propios estudios, sobre mi futuro.
Y ahora también quiere quitarme el derecho de decidir de quién me enamoro o con quién me voy a la cama. Siento que no puedo respirar.
Escucho la puerta de la entrada al fondo y me tenso de inmediato.
La luz de la escalera se enciende y yo me quedo a la espera.
Los pasos van subiendo por las escaleras.
Tras un rato, me doy cuenta de que han pasado de largo del segundo.
No consigo relajarme hasta que se acercan lo suficiente como para percibir en su sonido que no es mi madre.
Tengo la esperanza de que se detengan en el tercero, pero para mi desgracia, continúan subiendo.
A los pocos segundos, una cabeza con dos moños de colores negro y rojo aparece por el rellano de la escalera y da un respingo al advertir mi presencia.
Es una chica que no había visto nunca en el edificio, pero creo haber escuchado a mi madre decir que había vecinos nuevos en el cuarto y que eran chicas jóvenes.
Me mira con expresión vacilante, cosa entendible, porque debo de tener un aspecto bastante patético, sentada en la fría escalera de piedra, con los ojos enrojecidos y hundidos.
Yo me aprieto más contra la pared para dejarle espacio y desbloquear aquel incómodo encuentro.
Pero, tras unos segundos, me doy cuenta de que sigue ahí.
Alzo la vista y me encuentro con su mirada, que encierra un poco de lástima y una sorprendente cantidad de empatía.
—Déjame adivinar. ¿Un tío? —me pregunta, esbozando una leve sonrisa.
—Mi madre —contesto, devolviéndole la expresión con un suspiro.
Ella alza ambas cejas y deja escapar el aire entre sus labios estirados.
—Uf… No sabes cómo te entiendo —resopla—. Si yo te contara…
Las dos nos miramos compartiendo una expresión de mutua comprensión. Ella sube algunos escalones y se detiene otra vez justo a mi lado.
—De hecho, ¿te apetece entrar? Soy malísima preparando café, pero tengo una colección entera de infusiones. Seguro que entre ellas hay tila.
La observo, un poco sorprendida por la invitación.
Debe tener más o menos mi edad. Va vestida completamente de negro, con mitones en los brazos, una gargantilla de cuero, un montón de aros en las orejas y otro en la nariz.
Vamos, un estilo completamente opuesto al mío.
Y aun así, hay algo en su mirada que me resulta…
cálido. Y antes de que me pare a pensar en lo que estoy haciendo, mi boca habla sola.
—Vale.
Me levanto como por inercia, pensando que no debería meterme en casa de una desconocida. Ni siquiera sé su nombre. Pero en aquel momento me apetece estar con alguien que no me conozca de nada y que no creo que vaya a juzgarme de entrada.
Ella abre la puerta y me invita a pasar, haciéndome un gesto hacia la cocina.
Su piso tiene más o menos la misma distribución que el de mi madre, así que no voy a perderme.
Las diferencias me despiertan una curiosidad lógica.
La veo dejar su bolso y sus llaves en la entrada y me quito mi slouchy de lana negro, intentando que parezca un gesto de cortesía.
—Siéntate —me invita—. Mejor en la otra silla.
Esa está un poco floja. Mi hermano casi acaba en el suelo hace un par de semanas —me cuenta, divertida, mientras rebusca en su alacena—.
Efectivamente, tengo tila. Pero también tengo una mezcla explosiva para los nervios que me preparo yo misma.
Suelo tomármela cada vez que escucho hablar de mi padre, cosa que me provoca urticaria.
Lleva valeriana, tila, pasiflora, malva y azahar.
Es mi mezcla para casos agudos de «estoy harta de que mis padres me jodan la vida”.
—Creo que el mío es un caso agudo —confieso.
—Ya me lo parecía —responde guiñándome un ojo, y sacando un pequeño bote cilíndrico de cartón rígido.
La observo mientras hierve agua y prepara la infusión en la tetera.
—Solo llevo un mes viviendo aquí —dice sacando dos tazas del armario—, pero me da la sensación de que no es la primera vez que te sientas aquí arriba a oscuras.
Suelto una mezcla entre carcajada y suspiro y sacudo la cabeza en negación.
—Ni la segunda —confirmo.
Se sienta en un taburete frente a mí y las dos esperamos en silencio a que la infusión esté lista. Entonces ella coge la tetera y la sirve en las dos tazas.
—Ya sé que no me conoces de nada —dice mientras se echa un buen chorro en su taza—, pero si te sirve de algo, la experiencia me dice que a veces es bueno hablarlo con alguien de fuera.
Los de dentro están demasiado implicados.
Y, por desgracia —añade sonriendo y abriendo mucho los ojos—, en esto tengo mucha experiencia.
—Entonces supongo que sabes que una no llega hasta este punto por haber discutido una tarde.
Ella sonríe.
—Claro que no. Venga, prueba la infusión. Verás como te ayuda a poner tus pensamientos en orden.
Soplo sobre la superficie de la bebida para enfriar su temperatura y doy un primer sorbo. Su sabor es apenas perceptible, pero agradable. Y el calor parece empezar a relajar esa espina que siento atravesada en la boca del estómago.
—Está bueno —digo.
—Te lo dije. Es magia —responde ella, dando un sorbo al suyo—. Por cierto, soy Victoria. Pero puedes llamarme Vik.