–18–
NICO
La noche se ha quedado estupenda. Casi hasta diría que prometedora.
La temperatura es agradable para estar a mediados de noviembre.
Sé que no va a durar. Mañana entra un aire frío y hará que tengamos que volver a sacar el abrigo, y eso es otro motivo más para aprovechar hoy.
Así que me pongo mi cazadora de entretiempo y bajo las escaleras de mi edificio a saltos, disfrutando de mi propio buen humor.
Cojo el metro hasta Drassanes y recorro el último tramo de la Rambla hasta llegar a Colón.
Al otro lado de la calle, distingo la melena rubia de Anabel a punto de cruzar el puente hacia el Maremagnum así que, tan pronto el semáforo se pone en verde, hecho a correr tras ella para alcanzarla.
Me detengo a su lado, y le sonrío, hasta que se da cuenta de mi presencia. La cara se le ilumina al verme.
—¿Cuánto hace que me vienes siguiendo? —me dice, fingiendo estar ofendida.
—Desde que saliste de casa. Me estoy convirtiendo en todo un acosador profesional —bromeo—. Qué va, te he visto de lejos al cruzar el semáforo y casi me dejo los pulmones con la carrerita. ¡Me estoy haciendo mayor!
Anabel parpadea con una mirada condescendiente y se cruza de brazos.
—Si tú te estás haciendo mayor, ¿eso en qué me convierte a mí?
—Eso no cuenta. Tú estás estupenda —le digo, marcándome un cumplido.
Ella sonríe complacida y, por un segundo, tengo la sensación de que hay cierto coqueteo en su expresión.
Entonces me pregunto si mi comentario no habrá sonado también demasiado coqueto.
Espero que no. No lo pretendía. ¿O sí? Últimamente, estoy que me salgo.
Esto se me da de puta pena. Creo que he pasado demasiado tiempo en sequía y ya no soy capaz ni de distinguir un flirteo de un piropo.
Desde luego, creo que tengo que ponerle remedio y volver a practicar.
Pero solo practicar. Creo que no estoy preparado para volver al ruedo de las relaciones estables todavía.
Y, desde luego, dentro de ese ruedo personal no hay espacio ni para alumnas ni para compañeras de trabajo.
Por muy atractivas que puedan ser unas u otras. Mejor no cruzar esa raya.
—Te veo de muy buen humor —observa Anabel.
—Lo estoy —confirmo—. Hoy me he dado cuenta de que me he convertido en un muermo de profesor. Como alumno, habría aborrecido mis propias clases.
—¿Y eso es bueno? —pregunta ella, sorprendida, con una carcajada sarcástica.
—No. Lo positivo es que me he dado cuenta pronto y que estoy a tiempo de enmendar mi error.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo vas a hacerlo?
—Todavía no lo tengo del todo claro, pero por lo pronto les he puesto un examen parcial pasado mañana.
Ella me mira sin creérselo y vuelve a reírse.
—¿Un examen? Pues sí que tienes tú métodos radicales. A tus alumnos seguro que les ha encantado la idea, vamos —exclama, sin dejar la ironía de lado.
—Quiero ver con qué se han quedado hasta ahora para tener una idea de hasta dónde la he cagado —aclaro, mientras saludo a Biel y Lucas, que nos esperan en la entrada del Maremagnum.
—¡Si a mí me parece buena idea! Mételes caña —dice Anabel antes de darle dos besos a Biel.
—¿A quiénes les vas a meter caña? —pregunta mi amigo mientras me pasa el brazo por los hombros.
—A mis alumnos. Hoy les he dicho que el viernes tienen examen —le cuento mientras entramos en el centro comercial y nos dirigimos al restaurante para cenar.
Biel me arrastra unos metros para atrás mientras Anabel y Lucas charlan distraídos y me susurra al oído.
—¿No lo estarás haciendo para ver si aparece el corderito?
Pongo los ojos en blanco y le dirijo una mirada cargada de reproches.
—Deja de decir tonterías.
—¿Sabes que Anabel es su tutora de Proyecto?
—¿En serio? —exclamo sorprendido. Biel sonríe enseñándome todos los dientes, como si le acabase de reafirmar en algo. Sacudo la cabeza, mosqueado—. ¿Y a mí qué más me da? Biel, no seas liante.
—Y tú no intentes engañarme, porque te conozco mejor que tú mismo. En la discoteca te la comías con los ojos hasta que supiste quién era.
—Joder, porque tengo ojos en la cara y es guapa. Y se ve que llevo demasiado tiempo sin comerme un rosco, pero para mí las alumnas están fuera del radar. —De pronto, una idea se cruza en mi cabeza—. ¿Tú te has liado con algún alumno?
—¡No! —exclama Biel ofendido. Pero entonces se queda pensativo por un instante y esboza una sonrisa cómplice—. Bueno, al menos no mientras eran alumnos —aclara.
—Entonces deja de pincharme con eso.
—¿Y Anabel? Ella no es una estudiante.
Me quedo un poco sorprendido por la pregunta. A ver si va a resultar que todos estaban malinterpretando mis cumplidos hacia ella.
—¿Anabel? No, es una compañera de trabajo. Mejor no mezclar.
—Pues chico, es una pena, porque a la legua se ve que le gustas.
—¿Qué? No, qué va. Solo somos amigos, nada más. Y más porque era amiga tuya que mía.
—¿Qué dices? Anabel no había accedido a salir conmigo de marcha hasta que tú apareciste en el cuadro.
—¿En serio?
Biel asiente, halagado por la atención que despierta. Sacudo la cabeza en negación.
—Aunque así fuera, no. Es una mujer interesante, pero la verdad es que no me atrae lo suficiente como para complicarme la vida a propósito.
—Tú lo que necesitas es echar un polvete sin compromiso —concluye Biel, a lo que yo asiento.
—Exactamente, Biel, exactamente. Pero sabes que yo no soy muy de eso…
—Entonces necesitas una amiga con derecho a roce…
—Pues ya sabes, si conoces a alguna, preséntamela.
Biel sonríe y cabecea hacia el restaurante, donde Anabel acaba de girarse para buscarnos con la vista. Le dedico una mirada desaprobadora y sacudo la cabeza.
—Vamos a cenar, anda. Que tengo hambre.
—¡Eso intento! Que comas, hermano, que te veo muy hambriento —me dice dándome un abrazo y un beso en la mejilla.
Finjo que me limpio y le doy un empujón amistoso, caminando hacia el restaurante. La verdad es que, al menos por el momento, Anabel no me interesa de esa forma. Pero supongo que no está de más saber que hay opciones…