Bajo todos tus sombreros –17–
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MEL

Salgo corriendo de la boca del metro con una sonrisa en la cara. David me espera al otro lado de la calle, devolviéndome la misma expresión.

Hoy él tiene la tarde libre, así que yo he aprovechado mi no-asistencia habitual a la clase de Ética de los miércoles para estar con él. Mi tía Nanni y sus frustrantes sesiones de puzle tendrán que esperar, porque hoy Melania está feliz de poder pasar un rato con su chico.

Lo abrazo y lo saludo con un beso espectacular, antes de enganchar mi brazo en el suyo para caminar juntos hacia mi casa. Mi madre trabaja hasta tarde, así que no suele llegar hasta casi las ocho, lo que significa que tenemos la casa para nosotros solos.

Tras servirnos unos refrescos, nos sentamos juntos en el sofá.

En las últimas dos semanas no hemos podido vernos mucho.

David se tuvo que ir con su familia unos días alrededor de Todos los Santos, y desde que volvió solo nos hemos visto una vez en el piso que comparten Fer y Laura.

Eso significa que tengo ganas de hacer de todo con él.

Es obvio que él también. Apenas puede quitarme las manos de encima, pero yo tengo ganas de charlar.

No quiero que nuestra relación sea solamente sexo y nada más.

Así que le sujeto las manos y le doy un beso con cariño.

—Espera, cielo. No hay prisa. Casi nunca tenemos tiempo a solas. Me gustaría poder hablar contigo también de vez en cuando, sin aprovechar para quitarnos la ropa los pocos segundos que tenemos.

Me mira como si acabase de castigarlo, pero sostengo mi mirada, alzando las cejas. Pone los ojos en blanco y sonríe.

—Está bien… —cede—. ¿De qué te apetece hablar?

—De cualquier cosa. Cuéntame qué tal fue el viaje con tus padres —propongo, girándome hacia él, mostrando mi interés.

—Bien. Lo típico. Preferiría haberme ido contigo —añade, dándome un beso en el cuello.

Me estremezco, pero me alejo un poco para detener el posible avance.

—¿A dónde fuisteis? ¿A la nieve?

—Sí. Creo que ya te he contado alguna vez que mis padres tienen un piso en Andorra.

—Sí. Tiene que ser precioso eso.

—Está guay.

—Me encantaría verte hacer snowboard . Me parece tan peligroso… ¿Te has caído alguna vez?

—Pfff, incontables. Es la forma de aprender. Ahora ya no suelo caerme, pero Fer es un desastre. Ya se ha hecho un par de esguinces y se rompió un brazo.

Me acerco a él y me recuesto contra su brazo, sonriéndole.

—¿Y a mí cuándo me vas a llevar? —le pregunto.

—¿A dónde? ¿A la nieve?

—Claro.

— Babe , ¡tú no sabes esquiar! —ríe.

—De eso se trata. En algún momento tendré que aprender, ¿no? Si te gusta tanto ir, tendré que ir empezando. ¿Y qué mejor profesor que tú?

En esta ocasión soy yo quien le doy un beso cariñoso en el cuello, y es él quien se aparta ligeramente.

—Con lo patosa que eres tú, te romperías una pierna el primer día.

Y yo no voy a permitir que te pase nada malo.

—Me aparta el pelo de la cara y me mira casi como si fuese una niña a la que hay que explicarle las cosas—.

No tenemos que hacerlo todo juntos. Puedo irme a esquiar con mis colegas y luego irme contigo a la playa.

—Ya, pero cuando nos vamos a la playa también te traes a tus colegas —replico sin poder evitar el tono molesto, cruzándome de brazos.

David pone los ojos en blanco y eso me cabrea todavía más.

—Eso ya te lo expliqué. No seas así.

—Pues si no es a la nieve, otra cosa. ¿No crees que es hora de que conozca a tus padres?

—¿A mis padres?

De pronto, lo veo a la defensiva.

—Cielo, empezamos a salir juntos hace más de dos años.

Yo te presenté a mi madre y a mi tía casi al principio de la relación.

Entiendo que tú quisieras ir más despacio, pero ya no somos unos niños de instituto.

Si esto va en serio, deberíamos empezar a avanzar, ¿no crees?

Debería conocer a tus padres antes de que decidamos dar otro paso. Ir a vivir juntos, por ejemplo.

— Babe …

Lo noto nervioso. Muy nervioso. Y eso empieza a ponerme más nerviosa a mí. Se echa un poco para atrás en el sofá y veo que no sabe qué decir. Una parte de mí se está deshaciendo por dentro.

—¿Es que no quieres algo serio conmigo…?

Me aterra tanto la respuesta a esa pregunta que mi voz es casi un susurro cuando la hago. David relaja su expresión y me coge la cara entre las dos manos, dándome un beso.

—No seas tontita. Mira dónde estamos. En tu casa.

¿Qué es lo primero que he hecho al enterarme de que tenía la tarde libre?

Llamarte para venir a pasarla contigo. ¿En serio crees que no quiero estar contigo?

—Aparto la mirada, pero dejo que sus palabras me alivien porque lo necesito—.

Me he pasado meses suplicando que me dieses otra oportunidad.

Claro que quiero. Pero este año he empezado a trabajar en la empresa de mi padre y estoy muy estresado. Mi familia es muy… exigente.

—¿Crees que no les pareceré suficiente? —digo, sintiéndome fatal por dentro.

David se rasca la cabeza, incómodo, y yo me siento aún peor.

—No, no es eso —dice, volviendo a cogerme las mejillas entre las manos—.

Estoy seguro de que te adorarán tanto como yo.

—Me lo dice, pero yo no estoy segura de que se lo esté creyendo—.

Pero no es un buen momento. Es mejor esperar un poco.

No tenemos prisa. Tú tienes que centrarte en terminar tu carrera, yo en mi trabajo, y lo único que nos tiene que preocupar además de eso… es esto.

Me atrae hacia él y me da un beso de esos para enmarcar en una postal.

Uno de esos que empieza suave, como una nube de algodón, y que va subiendo en intensidad porque te derrite toda y te rindes.

Cuando se termina, me deja con sed y dispuesta a cambiar de tema porque acabo de recordar que es nuestra primera tarde juntos a solas en mucho tiempo y no quiero gastarla en una pelea.

—¿De acuerdo? —me pregunta en un susurro, apoyando su frente contra la mía.

—De acuerdo —asiento, mordiéndome el labio inferior y sonriendo.

David vuelve a besarme y siento su brazo rodeándome.

Esta vez no me aparto. He extrañado poder hablar con él, pero también he extrañado esto.

Cuando las palabras no terminan de funcionar, las caricias pueden ayudar a suplir esa necesidad de expresarnos cariño.

Y yo necesito sentirlo. Necesito sentir que lo que hay entre nosotros arde.

Necesito arder. Así que abro mi boca y dejo que su lengua haga su trabajo.

La temperatura sube y enseguida nos hace quitarnos las camisetas.

Su mano izquierda se posa en mi muslo y no tarda en deslizarse bajo mi falda.

Él se inclina sobre mí para acomodarme de forma que me permita relajarme.

Noto sus dedos acariciándome sobre la braga, intentando colarse entre el hueco que dejan mis muslos apretados.

La sensación me arranca un gemido. David tira de la braga y las yemas de sus dedos me rozan directamente sobre la piel, mientras sus dientes me hacen cosquillas en el cuello.

—Abre las piernas, Mel… —susurra en mi oído.

Su aliento sobre mi oreja me pone la piel de gallina y, como un autómata, obedezco.

Toda su mano se cuela bajo mi braga, dejándola tan tirante como húmeda.

Al contrario que mi boca, que se ha resecado de repente.

Me paso la lengua por los labios y cierro los ojos, concentrándome en las sensaciones que despiertan los dedos de David entre los pliegues de mi sexo.

Entonces, escucho un sonido que no encaja en aquel momento íntimo. Un tintineo, seguido de un sonido pesado y sordo. Algo que no debería estar. El último sonido que me gustaría escuchar en aquel momento. Unas llaves girando dentro de una cerradura. La puerta de la entrada abriéndose.