–16–
NICO
Abro mi portátil mientras los alumnos van entrando y se van acomodando. Al igual que hice en las últimas tres clases, escaneo a los estudiantes de forma disimulada, intentando reconocer a la chica con la que me encontré en Girona hace un par de semanas.
El miércoles siguiente a aquel encuentro tuve ardor de estómago durante toda la hora y media que duró la lección, solo de los nervios por encontrármela después del pequeño incidente. Pero ella no vino. Ni tampoco a las dos clases siguientes.
O al menos, yo no la reconocí.
Es cierto que son muchísimos alumnos y es difícil identificar a nadie entre ellos. En especial porque seguro que no va tan arreglada a diario como iba ese día. De cualquier manera, tampoco parece que hoy vaya a asomar su cara bonita por el aula.
Tengo que reconocer que la idea me produce el mismo fastidio que alivio.
Mientras explico la teoría de los Stakeholders , no puedo evitar fijarme en las caras de abstracción y hastío sembradas por toda la clase, como si fuese un campo de girasoles plantados en la costa oeste escocesa esperando a que una ráfaga de viento se los lleve lejos y los libre de aquella sombría tortura.
De repente tengo un flashback y me veo a mí mismo sentado en esta sala diez años atrás, escuchando la lección de Introducción al Derecho de la empresa de boca de Almunia, y haciendo esfuerzos mastodónticos por no quedarme dormido.
En una de aquellas clases recuerdo perfectamente haber tenido el pensamiento de que, si algún día terminaba siendo profesor, no me convertiría en el muermo de Almunia, sino que seguiría los pasos de Xargay, que conseguía convertir una asignatura tradicionalmente soporífera como lo es Historia de la Economía en dos horas de pura fascinación.
Y aquí estoy, una década después, mirando las caras somnolientas desde el otro lado.
Me paro delante de ellos y los miro en silencio, y eso los alerta.
Los veo abrir los párpados y prestarme más atención de la que he recibido en el mes y medio que llevamos de curso.
Incluso veo algún codazo aquí y allí avisando a los despistados que probablemente ya estaban en los reinos de Morfeo más que en los de la Ética empresarial.
Los miro y me pregunto cuánto han aprendido en las últimas semanas.
¿Cuánto he logrado enseñarles con mis discursos unidireccionales y repetitivos?
Este es mi primer año, mi primera promoción.
¿Es esta la base que pretendo sentar para el resto de mi carrera como profesor universitario?
Creo que veo la respuesta bastante clara.
Lo que no veo tan clara todavía es la alternativa.
Pero al menos, sé cómo comprarme tiempo.
—Os tengo una buena noticia y una mala. ¿Cuál queréis primero? —anuncio.
—¡La buena! —corea la mayoría, con excepción de algunos pocos previsores.
—Hoy acabaremos la clase antes. Podéis recoger vuestras cosas e iros a casa —les digo.
Escucho algún aplauso y algún grito de celebración, pero muchos de ellos, especialmente en las primeras filas, me observan desconfiados.
—¿Y la mala? —pregunta una de esas chicas precavidas.
—El viernes tenemos examen parcial.
Como esperaba, la clase estalla en protestas.
Los desconfiados son los que menos se quejan, pero se han quedado blancos.
Las quejas se mezclan con las preguntas desesperadas que tratan de hacerme cambiar de opinión, o al menos de encontrar pistas que les ayuden a capear el huracán que les acabo de soltar encima.
Intento apaciguarlos con un gesto de los brazos y el barullo decrece hasta permitirme hablar.
—No os alarméis. Esto no es un castigo. No es solo un examen para vosotros, sino también una prueba para mí mismo, para poder saber cuánto habéis aprendido hasta ahora y cómo enfocar el resto de la asignatura.
—¿Pero qué nos entra?
—¿Será tipo test o a desarrollar?
—¿Podemos traer los apuntes al examen?
—¿Cuenta para la nota final?
Las preguntas esperables se suceden y yo intento contestar a las más lógicas mientras me pongo la chaqueta con calma y recojo mis cosas.
—Entra todo lo que hemos dado hasta ahora.
Todavía no sé cómo estará planteado, si será tipo test o con preguntas a desarrollar.
Puede que ambas. Todo cuenta para la nota final, desde los exámenes o trabajos que se propongan hasta la asistencia —remarco—.
Y no. Evidentemente, no podéis traer los apuntes al examen.
Camino hacia la salida seguido por una marabunta que no deja de lanzar preguntas mezcladas con gemidos de protesta.
—¡Nos vemos el viernes! —exclamo haciéndome oír por encima de las voces con una sonrisa, antes de salir.
Finalmente, el barullo se queda atrás y yo inspiro profundamente, hinchando mis pulmones de aire fresco. Y sonrío.