–15–
NICO
Desde la distancia que nos separa puedo ver a la chica con la que he tenido uno de esos tropezones mágicos.
La observo con atención y no puedo evitar sentir una pequeña punzada de envidia por el chico que la está abrazando en ese momento.
De cerca, su sonrisa es absolutamente arrebatadora, pero vista en conjunto es aún mejor.
Tiene unas piernas espectaculares. Y creo que todavía siento cosquillas en mi mano derecha, que ha tenido la fortuna de tocar una teta hoy de forma tan gratuita.
Parece que mis hormonas han decidido que ya es hora de volver al trabajo, después de las largas vacaciones que se han tomado tras la ruptura con mi exnovia, hace ya nueve meses. Bien, ya las echaba de menos. Lástima que esta ya esté pillada.
Doy un trago a mi copa, echándole un último vistazo resignado y, cuando me doy la vuelta, veo que Biel me mira con una expresión traviesa dibujada en su cara. Algo me dice que aquella sonrisa no me conviene.
—¿Qué? —exclamo.
Se acerca a mí y cabecea hacia la chica.
—¿Tú qué te traes con el corderito? —me susurra.
—¿Qué corderito? ¿De qué hablas? —contesto.
—El corderito —repite señalándola con la mirada—. La chica que te echó el café encima el primer día de clase.
En ese momento siento que se me han helado hasta los huevos.
—¿Cómo que la chica…? —balbuceo, mirándola—. No, venga ya. No es esa chica.
—Oh, sí, sí que lo es, darling —asegura Biel—. Está un poco diferente con el maquillaje y sin su colección de sombreritos, pero te aseguro que es ella. He sido profesor suyo en varias asignaturas y este año vuelvo a serlo. La veo en clase dos veces por semana. Es la misma chica.
La miro a ella y a Biel. Y otra vez a ella, y otra vez a Biel, que alza las dos cejas y me sonríe asintiendo.
Me paso la mano por toda la cara, nervioso.
Mi mente repasa toda la interacción a cámara rápida y, casi por instinto, sacudo mi mano derecha, como si me hubiese dado cuenta de que tengo una araña enorme en ella.
Una maldita araña que se llama vergüenza.
—¿Qué te pasa? —pregunta mi amigo, divertido.
Esta vez me tapo la cara con ambas manos y cuando mis ojos lo miran por encima de ellas, me doy la vuelta y me alejo hacia la salida, seguido por él.
—Joder, Biel… ¡Le he tirado los tejos a una alumna! —confieso susurrándole a gritos, de los nervios—. No solo eso. Joder, ¡le he tocado una teta! ¡Le he tocado una teta a mi alumna!
Biel me mira como si no se lo creyese y oculta la risa que está a punto de explotar detrás de su mano.
—¿Cómo que le has tocado una teta? ¿Cuándo te has convertido en un pulpo, que no me he enterado?
—No es eso, joder. —Estoy tan alterado que no dejo de soltar tacos, algo que no es muy propio de mí, ni siquiera hablando con Biel—. Se ha tropezado con el escalón, se me ha echado encima y… su teta se ha caído en mi mano.
Mi amigo me mira con una condescendencia de manual y lo comprendo. Hasta yo he escuchado lo ridícula que ha sonado mi explicación. Pero es la pura verdad, aunque diez minutos atrás no me pareció tan malo disfrutar el infortunio de aquel accidente.
—¡Te lo juro! Joder, ya me conoces. Sabes que no voy por ahí sobando a las mujeres sin su permiso. Fue un accidente.
—Bueno, pues si fue un accidente, ¿para qué te comes tanto la cabeza? —rebate, quitándole hierro al asunto.
—PORQUE ES MI ALUMNA.
Y porque he dicho que era mona. Y hoy le he tocado una teta por accidente.
Y luego he intentado ligar con ella. Y luego he pensado que su novio tiene suerte de poder besar ese cuello y tocar esas piernas.
No lo digo en voz alta, pero los pensamientos se atropellan en mi mente como un maldito tren que no consigo que frene.
—¿Y qué tal la textura? ¿Tiene buena firmeza? —pregunta Biel, alzando las cejas y dándome un codazo cómplice.
Lo miro con expresión incrédula. ¿En serio me acaba de hacer esa pregunta?
—Tiene veintipocos años, ¡¿tú qué crees?!
Mierda, ¡¿y yo por qué cojones le respondo?!
—Uh, así que firmes y suculentas. Como un brioche recién horneado.
—¡Biel! —exclamo.
—¿¡Qué!? No me mires así. Yo no soy el que le ha sobado la teta a una alumna…
—Lo miro como se mira a un amigo que está a punto de clavarte un puñal en la espalda.
Me quedo observándolo con un palmo de narices y me tapo la cara preguntándome qué me llevará antes a la tumba, mis meteduras de pata o los líos en los que me mete Biel—.
¡Relaja! Venga, Nico, que soy yo. Admite que la chica te gusta.
—Puede que me llamase la atención cuando no sabía que era mi alumna. Y especialmente esa alumna. La que me llamó borrego a la cara. Además, ya has visto que tiene novio.
—Y vaya novio —dice Biel rodando los ojos hacia el lado y torciendo el gesto—. Toda una joyita, el niño.
—¿Lo conoces? —le pregunto extrañado.
—Es amigo de un vecino nuestro. Los que tienen el chalet espectacular ese en la cima de la calle. Y los dos son igual de gilipollas. Unos cavernícolas con pasta. No sé qué hace con ese. Bueno, sí lo sé. Está bueno y tiene pasta. La fórmula es fácil.
Suspiro y asiento.
—¿Ves? Te lo dije. Una ricachona consentida…
Afirmo. Una parte de mí se siente hasta apenada, pero la otra se ha quedado un poco más tranquila. Esa chica acaba de perder el encanto de golpe y eso hace que me sienta mucho menos culpable por el malentendido.
—Venga, vamos a por una copa —digo, recuperando el buen humor.