–14–
MEL
Llevamos una hora en la discoteca y yo estoy que me subo por las paredes de los celos.
¿Qué demonios me pasa? Yo nunca he sido una chica celosa.
Pero David parece un maldito Relaciones Públicas.
Cada vez que nos movemos por la discoteca de una zona a otra, lo para una chica cada pocos metros para colgársele del cuello y saludarle con voz chillona y un par de besos demasiado exagerados.
Sé que no soy la única que tiene ojos en la cara. Está bueno y además el cabrón lo sabe. Él hace lo posible por dejar claro que está conmigo, pero de una forma u otra siempre siento que termino echada a un lado.
Detesto los celos. Odio verlos y odio aún más sentirlos. Así que, al final, me canso de tanto desfilar de barra en barra conociendo al catálogo de posibles exligues de mi novio y decido que no voy a amargarme toda la noche otra vez.
—¿Te vienes conmigo a bailar? —le digo a Laura.
—¡Claro, vamos!
Las dos nos cogemos de la mano y cambiamos de dirección rumbo a la pista de baile.
La discoteca está atestada de gente. Esa noche toca un dj que al parecer es muy popular, y debe de serlo por la cantidad de pirados que han venido a verle. No es mi estilo de música, pero para hacer el ganso, me sirve.
Laura y yo intentamos encontrar un hueco y nos ponemos a bailar.
O al menos, lo intentamos, porque no paramos de recibir empujones y codazos de los que están alrededor, aunque alguno va tan colocado que creo que no se da cuenta ni de dónde está.
Me empiezo a agobiar enseguida y un vistazo a Laura me confirma que ella también.
—Vamos un poco hacia atrás, que parece que hay menos gente allá —me dice.
Yo asiento con vehemencia y me dispongo a atravesar la marabunta de frenesí que hay a nuestro alrededor.
Al fin, la densidad de gente por metro cuadrado se reduce lo suficiente como para poder respirar al tiempo que bajan también los decibelios y podemos escucharnos sin tener que gritarnos como posesas al oído.
Me doy la vuelta para comprobar si Laura aún me sigue y, en ese momento, mi pie derecho pierde el contacto con el suelo.
No me había dado cuenta de que había un escalón y me precipito como un saco de patatas hacia adelante.
Todo pasa en cuestión de segundos. La persona a la que casi derribo sin pretenderlo reacciona a tiempo para evitar que los dos nos caigamos al suelo y me agarra como buenamente puede.
Me quedo medio suspendida en el aire, con el vestido enrollado a la altura de la vergüenza, esa que estoy mostrando prácticamente entera mientras doy todo un espectáculo.
Cuando no he terminado de preocuparme por lo que estoy enseñando, me doy cuenta de que la mano de mi víctima barra salvador tiene todavía agarrada mi teta derecha, mientras con el brazo sostiene todo mi cuerpo para que no me caiga.
Instintivamente, desvío la mirada desde esa mano masculina hasta su cara y nos miramos en medio de toda aquella confusión.
Le dedico una mirada inquisitiva, a la que él reacciona, me pone en pie de un tirón y aparta la mano de golpe, casi como si le hubiese dado un calambrazo.
—¿Estás bien? —me pregunta, agarrándome de los hombros.
—Estoy bien —contesto, recolocándome la falda y la poca vergüenza que me queda debajo.
—Perdona por… —balbucea señalando mi pecho.
Le sonrío para intentar quitarle importancia, aunque por dentro me siento abochornada.
—Fue culpa mía por tropezarme. Creo que tengo que darte las gracias. Habría acabado estampada en el suelo.
Me sonríe otra vez y no puedo evitar fijarme en su boca. No es tan guapo como David, pero tiene unos labios increíblemente seductores y una sonrisa magnética. En su cara hay algo familiar, aunque no sabría decir qué es. Me quedo embobada mirándole.
—Normalmente no suelo saludar así —dice—. Te prometo que no volveré a meterte mano. A menos que tú quieras, claro —añade en voz baja con una sonrisa de picardía.
Me doy cuenta de que ha extendido su mano hacia mí, ofreciéndola.
De pronto en mi mente se enciende la bombilla.
¡Joder! ¡El borrego!
Mis ojos se abren como platos y puedo sentir cómo mi cara se vuelve más roja que la nariz de Rudolf. Mi lógica entra en bloqueo, así que pongo el piloto automático y rezo por salir airosa de esa situación. En un impulso, aprieto su mano y la sacudo, devolviéndole el saludo con una risa nerviosa.
—Me alegro de escuchar eso —contesto—. No sería muy ético, ¿eh?
Pfff, Melania, mal empezamos.
—No, desde luego que no —responde él, sonriendo para disimular su expresión un tanto confusa—. ¿Me dejas que te invite a una copa?
Dios, me arden tanto las mejillas que creo que voy a entrar en combustión. ¿Mi profesor me está tirando los tejos? ¿Qué demonios pasa? ¿Hay una cámara oculta? ¡Soy su alumna!
Espera, espera. Esto solo puede significar una cosa.
¡No lo sabe! ¡No se acuerda de mí! Lo que significa que mi plan de no dejarme ver por sus clases para que se olvide de mi cara y poder aprobar la asignatura en el examen, ¡está dando resultados!
Pero cada segundo que paso frente a él en este momento pone en riesgo ese anonimato y, por tanto, mi potencial aprobado. Tengo que desaparecer YA.
—Lo siento, tengo que irme. Me están esperando. ¡Chao!
Mi mezcla entre justificación, rechazo y despedida sale tan precipitada de mi boca que lo deja descolocado.
Probablemente no sea la mejor idea, pero en aquel momento no se me ocurre nada mejor, así que me doy la vuelta y empujo a Laura, que lleva un buen rato observando sin decir nada, hacia los lavabos de la discoteca.
—¡Joder, joder, joder! —exclamo cuando por fin entramos.
—¿Qué pasa? ¿Quién era ese tío?
—¡El borrego!
—¿El borrego?
La expresión de Laura es de lógica estupefacción.
—Mi profesor. ¡Es mi profesor en la universidad!
—¿Ese tío es profesor en la universidad? Vaya con el bombón. Es un partidazo —dice Laura, sonriendo.
—Tía, ¡mi profesor me ha tocado una teta!
—¡¿Qué?! ¿Cómo que te ha tocado una teta?
—¡Ha sido sin querer! Me he tropezado y le he caído encima. Él me ha agarrado para evitar que me cayese y… ¡Pues se le ha ido la mano ahí! ¡Yo qué sé!
Laura se suelta a reír a carcajadas. Yo, sin embargo, me muero de la vergüenza.
—Mujer, ¿qué vas a hacer? ¿Denunciarlo por acoso sexual?
—¿Qué? ¡No! ¡Claro que no! —exclamo—. Creo que ni siquiera sabe quién soy.
—Tampoco creo que fuera a servirte de nada. Por lo que se ve, es gay.
—¿Es gay? —pregunto, sorprendida—. ¿Cómo lo sabes?
—Porque conozco al que estaba con él. Un tal Biel.
—Yo también lo conozco. Es profesor mío en la facultad.
—Sus padres son vecinos de Fer y se conocen de vista. Todo el mundo sabe que ese es de la otra acera. Así que imagino que tu profe será su novio.
—No tenía ni idea —digo, pensativa—. Yo juraría que me tiró los tejos.
—Fijo que a ese le va de todo. Igual querían proponerte un trío. Ya sabes, el rollito profe-alumna…
La expresión divertida de Laura me da a entender que está disfrutando de la situación al máximo, pero yo estoy cada vez más abochornada. ¿Acaso mi facultad es un nido de perversión?
—Dejemos el tema —concluyo.
—Míralo por el lado positivo: si David se entera de esto se va a poner celosísimo. Puedes devolverle el favor por todas las babosas que se le han echado encima hoy —me dice.
La enfrento con expresión derrotada. Creí que había conseguido que nadie advirtiese mis celos, pero ya veo que no es así.
—¿Estás loca? Ni hablar. Además, con lo bruto que es a veces, es capaz de ir a recriminárselo.
Ya tuve un encontronazo con ese profesor a principio de curso, pero creo que no sabe que soy yo.
Y así quiero que se quede. Lo último que necesito es tener que tirarme un año más en la carrera por su mierda de asignatura.
—Vale, vale. No hay problema. Anda, refréscate un poco, que te has quedado pálida.
Me miro al espejo y resoplo. Me echo un poco de agua en la cara y me asiento el pelo y la ropa. Cuando salimos, nos encontramos con David y Fer, que nos estaban buscando.
— Babe , ¿dónde andabas? Llevamos un rato buscándoos.
—Nos fuimos a bailar. Como estabas tan ocupado saludando a todas tus fans, no quise interrumpir y fuimos a divertirnos un poco.
David me mira con una seguridad aplastante y esboza una sonrisa seductora. Me coge del brazo y tira de mí, rodeándome desde la espalda y dándome un húmedo beso en el cuello.
—¿Estás celosa? —me susurra al oído.
—No.
Sí. Pero lo odio. Odio los celos. Y no los tendría si él no me hubiese dado motivos.
Y ya no me refiero a dejar que lo babosee media discoteca, sino a ponerme los cuernos hace casi un año.
Esa es la verdad, pero no puedo decirlo en voz alta porque entonces nuestra frágil estabilidad se iría a pique.
Poco a poco. Pieza a pieza.
—Sí que lo estás —dice apretándome entre sus brazos y mordiéndome el lóbulo de la oreja—. Me gusta cuando te pones celosa.
Resoplo y pongo los ojos en blanco. Mi mirada se pierde entre la gente y se tropieza de nuevo con él. Con el profesor de Ética que hace un rato tenía mi teta derecha en su mano. Me pongo colorada al darme cuenta de que me mira, sonriendo, y aprieta los labios en una señal resignada.