Bajo todos tus sombreros –13–
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NICO

Miro mi reloj de pulsera por tercera vez, más impaciente por el hambre que empiezo a tener que porque lleguemos realmente tarde.

Biel sale al fin de su cuarto hecho todo un pincel, y hace su desfile delante de mí.

—¿Qué tal estoy? —pregunta, en actitud coqueta.

—Hecho todo una Cenicienta, pero vamos ya, que me está entrando un hambre de caballo.

Nos subimos a mi coche y conduzco hasta el centro de Girona. Biel me ha invitado a pasar el fin de semana con él en casa de sus padres. He estado allí cientos de veces, así que ya son como de la familia.

En realidad, yo sé que esta invitación en particular tiene otra intención.

Quiere que yo conozca a su nuevo novio y ver mi reacción.

Él ha sido mi mejor amigo desde hace años y lo quiero con locura, pero se enamora de cada gilipollas que a veces me pregunto qué demonios tiene en esa cabeza.

Aunque el problema más bien suele ser que solo piensa con la cabeza de abajo.

En eso nos parecemos todos los hombres, da igual si nos van los tíos o las tías.

Hace varias semanas que está saliendo con un chico nuevo, Lucas.

Lo raro es que apenas me ha hablado de él, más allá de decirme que han quedado varias veces, lo que en su diccionario de soltero picaflor ya significa un gran compromiso de por sí.

Así que intuyo que la cosa va en serio, y la falta de datos me genera curiosidad.

Además del novio de Biel, también se nos ha unido Anabel. Sus padres tienen una torre [2] en Tordera y nos ha convencido para salir de marcha por Girona después de la cena.

Tras aparcar el coche a un par de calles del restaurante donde hemos quedado, la vemos esperando junto a la entrada.

La observo con más disimulo que el repaso exagerado que le da Biel, pero con el mismo pensamiento: está muy guapa.

Se ha alisado su melena rubia y lleva un vestido negro por encima de la rodilla, con poco escote pero elegante.

No parece ir muy recargada de maquillaje, pero lo que lleva es acertado.

No es una mujer espectacularmente guapa, pero veo que sabe sacarse partido.

—¡Chica! ¡Estás que lo rompes! —exclama Biel, dándole un abrazo y arrancándole una sonrisa.

—Estás muy guapa —le digo yo en un tono más calmado, dándole dos besos.

—Gracias por los cumplidos. Vosotros no estáis nada mal tampoco. Esperamos a alguien más, ¿no?

—Sí —asiente Biel—, y por ahí viene.

Me giro en la dirección en la que mira y veo a un chico apurar el paso hacia nosotros.

No puedo evitar sorprenderme y lo observo con renovada curiosidad cuando se detiene frente a nosotros, nos saluda con una sonrisa nerviosa y le da un beso en los labios a Biel.

No se parece en nada al resto de sus exnovios, que solían ir hinchados de esteroides.

Mientras entramos al restaurante, Biel me mira de reojo y sé que está como un flan.

No sé si Lucas es consciente de que esta noche Biel lo ha traído a pasar un examen y yo voy a ser el examinador.

Asumiendo mi rol, me siento frente a él y al lado de Anabel, dejando que la parejita comparta el otro lado de la mesa.

Pedimos un montón de raciones de todo tipo para compartir entre todos y yo inicio la conversación en forma de preguntas disimuladas dirigidas a saber más de Lucas. A cada respuesta no puedo dejar de sorprenderme más.

Lucas es programador informático, practica la esgrima histórica y es adicto a los juegos de rol y a pintar figuritas de Warhammer 40k, afición que ambos compartimos. Cuando yo le digo que a mí también me encanta, Biel suelta una carcajada sarcástica.

—Créeme, Nico, tu colección parece una cabaña construida con palos al lado del Palacio de Versalles que este tiene montado en casa —dice, señalando a su novio.

—¿En serio? —pregunto entusiasmado con renovado interés—. Venga, enséñame, que soy masoquista y me gusta sufrir.

Me muestra algunas fotos de su móvil donde puedo ver un enorme sótano reformado y completamente lleno de estanterías y vitrinas, que se rifan las paredes con réplicas de espadas de todo tipo.

—Nunca he entendido ese tipo de aficiones, la verdad —dice Anabel, encogiéndose de hombros.

—¿Dónde demonios vives para tener tanto espacio? —pregunto sin poder evitar que la envidia sana me corroa.

—En una casa en Vallcanera, a unos veinte kilómetros de aquí. Podéis pasaros mañana si os apetece y hacemos una barbacoa.

Miro a Biel casi suplicando y él sonríe complacido.

—Creo que Nico se ha puesto más cachondo porque lo invites a su casa de lo que lo hice yo —contesta con picardía—. Y a él ya lo has invitado en la primera cita. Debería ponerme celoso.

—Cómo te gusta hacer el papel de señorita ofendida —le digo a mi amigo, sacudiendo la cabeza, antes de volver a centrar mi atención en su novio—. Tengo que decir que eres el primer gay friki que conozco.

—Que tú sepas —contesta Lucas mirándome con las cejas alzadas y sonriendo antes de comerse un calamar a la romana.

Anabel parece sorprendida por mi comentario, un poco tensa.

Sin embargo, Biel es mi mejor amigo desde hace quince años y entre nosotros no hay remilgos.

Fui la primera persona con la que él salió del armario y el que lo defendió a puñetazos cuando empezaron a acosarlo en el instituto un par de años más tarde.

Si algún día se casa, no me cabe duda de que yo seré su padrino.

Entre nosotros nunca hemos necesitado caminar sobre cáscaras de huevos para hablar del tema, así que tampoco voy a hacerlo con quien ha elegido como pareja.

—También es verdad —reconozco.

—Los frikis no dejan de ser otros «bichos raros” a ojos de la sociedad.

Yo supe que me gustaban los chicos desde la guardería, pero mis padres hicieron todo lo posible por reprimir todos esos detalles que veían y que les avergonzaban.

Yo no entendía por qué estaba mal, pero tenía la sensación de que así era, por lo que aprendí a esconderme y a representar un papel.

Creo que en eso todos los gays me entenderán.

—Veo que Biel levanta las cejas y suspira, dándole la razón—.

Cuando tenía trece años, descubrí el mundo del rol y me flipó.

Me junté con un grupo de Girona y para mí fue todo un descubrimiento.

Todos los que estaban en ese grupo, sin excepción, eran en mayor o menor medida el bufón y saco de boxeo de sus clases.

Pero allí eso quedaba atrás. Dejábamos de ser el payaso , el cuatro ojos , el empollón o el marica para ser un mago, un guerrero, un cazador o un paladín.

Cuando nos sentamos alrededor de esa mesa, da igual que en la vida real seas gay o te dediques a criar gallinas.

Te metes en la piel de tu personaje y solo importa pasárselo bien con una buena historia.

Y ese personaje a veces es el único que nos permite ser nosotros mismos, el que podríamos ser sin toda la mierda con la que tenemos que lidiar en la vida real.

La mesa se queda tan en silencio por un instante que tengo la sensación de que hasta el resto del restaurante se ha callado.

Yo miro a Biel, que me está observando de hito en hito, y le dedico un ligero arqueo de ceja, algo casi imperceptible, y para rematarlo dejo que mi boca muestre algo parecido a una sonrisa esquiva.

Sé que lo estoy poniendo aún más nervioso.

Me gustaría decirle que ya tengo más que claro que no debería, pero prefiero hacerlo sufrir un poco más. Así somos los buenos amigos.

—Vale, creo que ahora lo entiendo un poco mejor —dice, por fin, Anabel.

Terminamos el resto de la cena en un tono mucho más distendido y, después de un par de copas de sobremesa, a Biel y Anabel se les antoja ir de marcha a una discoteca, así que cogemos el coche y conducimos hacia el suroeste de la ciudad, donde hay una gran sala de fiestas que se ha vuelto muy popular.

Según bajamos, Biel se pega a mí y me agarra del brazo.

—¿Vas a tenerme en ascuas toda la noche? —me murmura mientras los otros dos cogen sus abrigos del maletero.

—Estoy tentado —respondo con una sonrisa. Biel exagera una mirada dolida y me aprieta el brazo—. ¿Por qué te importa tanto mi opinión? ¿No estás seguro?

Lo veo resoplar y me arrastra para que nos adelantemos y nos alejemos un poco de los demás.

—Es que somos tan diferentes…, pero me gusta mucho.

—¿Y tú y yo no somos diferentes?

Sonríe y pone los ojos en blanco, asintiendo.

—Biel —le digo poniendo mi mano sobre su hombro y mirándolo con seriedad—, era hora de que te echases un novio decente.

Es un tío de puta madre, así que NO LA CAGUES CON ÉL —digo, remarcando las últimas palabras.

Le suelto y le sonrío—. Si no me fuesen las tías, creo que hasta me lo quedaría yo —bromeo.

Biel vuelve a hacerse el ofendido.—Espero que el día que decidas probar el pescado, yo sea el primero en tu lista, mon amour —responde.

Lucas y Anabel se acercan y dejamos la conversación y las bromas para entrar a la discoteca.