Bajo todos tus sombreros –12–
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MEL

Al igual que he hecho en el último mes, me salto la clase de Ética y Responsabilidad Social y voy a ver a mi tía.

Después de mi cagada monumental durante el primer día de clase con el profesor nuevo, la única táctica posible que se me ocurrió fue la de desaparecer literalmente de su vista hasta los exámenes para intentar que se olvide de mi cara y no darle motivos para que se aprenda mi nombre.

Tal vez así tenga una oportunidad de pasar desapercibida y aprobar la asignatura.

Así que aprovecho que esa clase está antes del parón de la comida y los miércoles y los viernes como con Nanni.

Mi tía me abre la puerta con una jarra de agua en la mano y me mira entrecerrando los ojos.

—El fedora de ala ancha… —dice, llevándose la mano libre a la barbilla en un gesto pensativo—. No sé muy bien cómo interpretar este.

Por dentro, me río. Creo que yo tampoco sé muy bien cómo interpretarme últimamente. Supongo que por eso vengo tanto a ver a mi tía. A ella se le da mucho mejor que a mí hacerlo, aunque a veces me fastidie.

La mesa del comedor ya está puesta para las dos y en el centro hay un par de cajas de pizza apiladas de su trattoria italiana favorita.

Mi tía Nanni detesta cocinar, y además de no gustarle, se le da fatal.

Así que nunca cocina. La única comida casera que prueba es la que le manda mi abuela cuando va de visita a su casa.

Eso sí, es toda una sibarita y casi nunca la verás comer comida basura.

Incluso las pizzas tienen que ser buenas.

Afortunadamente para ella, se lo puede permitir.

Y yo me aprovecho cuando estoy con ella porque sé que no le importa.

En casa de mi madre casi nunca nos permitimos el lujo de comer fuera.

Aunque tampoco me voy a quejar de cómo cocina mi madre. Sería injusto.

—¿Me la has pedido con piña? —pregunto, dejando mi gorro y mi chaqueta en el perchero.

—Sí. Y ya me lo puedes agradecer. Juraría que cada vez que pido una pizza para ti, puedo escuchar a un italiano retorcerse en su casa. No sé cómo te puede gustar eso.

—Me gusta y punto. Los italianos pueden retorcerse lo que quieran —contesto sentándome a la mesa—. Hoy comemos temprano, ¿no?

—Es el dichoso ayuno que estoy haciendo. ¡Me muero de hambre!

—Por mí, bien. La verdad es que yo también tengo hambre, y esa hawaiana huele de maravilla.

Las dos nos sentamos a la mesa juntas y cada una se corta su pizza en porciones.

—¿Qué tal las clases? —me pregunta mi tía dando un bocado.

—Lo normal.

—¿Ya te han asignado profesor para el Proyecto Fin de Carrera?

—Sí, me ha tocado la que yo había pedido, por suerte. Anabel.

—Menos mal que no te tocó el borrego —dice mi tía guiñándome un ojo.

El comentario me hace soltar una carcajada tan inesperada que casi me atraganto con el bocado.

—El borrego es un profesor nuevo, no puede ser tutor para los proyectos todavía. O al menos eso creo.

—¿Sigues saltándote sus clases?

—¿Qué crees que es lo que estoy haciendo aquí ahora mismo?

—¿Estás segura de que vas a poder sacarla así?

—No va ni la mitad del curso a su clase. Es una chorrada de asignatura. Haré como todo el mundo: pedir apuntes, presentarme al examen y listo. He hecho un trato con Cata: ella va a Ética y yo voy a Gestión de empresa familiar y nos intercambiamos los apuntes.

—Bueno, supongo que sabes lo que haces —concluye mi tía—. ¿Y de lo otro?

Se queda mirándome expectante, mientras da un mordisco a su comida para disimular.

—¿Te refieres a David?

—¿Hay alguna otra cosa que te preocupe?

Pongo los ojos en blanco y resoplo, terminándome el trozo que estaba comiendo de un bocado y masticando con frustración. Cuando por fin trago, apoyo ambos brazos sobre la mesa y me quedo mirando al plato.

—Pues no sé qué decirte, la verdad. No sé ni cómo estamos. Él actúa como si estuviésemos de maravilla.

—Pero tú no tienes la misma sensación —dice Nanni completando mi frase, y mirándome con expresión perspicaz.

Me rasco la cabeza, aprieto los labios, y al fin, sacudo la cabeza, confundida.

—No lo sé. No sé si son imaginaciones mías o qué es lo que me pasa.

Mi tía se queda mirándome durante un rato y entonces nos sirve otro trozo de pizza a cada una.

—Comamos primero, y luego hablamos. Se piensa mejor con el estómago lleno.

Terminamos de comer en silencio y, cuando ya estamos llenas, me levanto a recoger los platos mientras mi tía nos sirve un poco de helado de limón en unas copas.

Vuelvo a sentarme ante la mesa, ya limpia, y observo con curiosidad a mi tía mientras rebusca algo en el armario del salón.

Saca una caja rectangular bastante ancha y la trae, dejándola en el centro de la mesa, delante de mí.

La miro confusa al ver que es un puzle con una imagen de un mapamundi antiguo.

—¿Y esto? —le pregunto, extrañada.

—He pensado que podíamos hacerlo entre las dos.

—¿¿¿Dos mil piezas??? ¡Y además es prácticamente del mismo color! ¡Esto es imposible!

—Es difícil, pero no imposible. Creo que nos va a costar mucho al principio pero, poco a poco, iremos haciéndolo.

La miro y entrecierro mis ojos cuando me doy cuenta de que está hablando de algo más que el puzle.

—¿Es algún tipo de terapia? —le pregunto, suspicaz.

—Puede —responde con una leve sonrisa.

Sin esperar a mi respuesta, abre el puzle y vacía la bolsa de piezas sobre la mesa. Son tantas y tan parecidas que mi cara no puede ocultar el desánimo.

—Al menos podrías haber elegido un puzle más chulo, ¿no?

Mi tía me mira sorprendida.

—¿No te parece bonito? ¿A quién demonios le parece feo un mapa antiguo?

—No es que no sea bonito… —digo intentando justificarme—, pero cuando lo terminemos, ¿tú lo pondrías en tu pared? Porque yo no. No es de mi estilo para nada.

—Todavía no lo hemos empezado y ya estás buscándole sitio en la pared —rebate Nanni—. De momento, vamos a ver si conseguimos encontrar todas las esquinas. Y mientras las vamos buscando, cuéntame qué es lo que te pasa con David.

Cojo la caja interior del puzle y empiezo a remover piezas, seleccionando las de la esquina para apartarlas. Intento organizar mis pensamientos para darles forma.

—A veces siento que somos demasiado diferentes en algunas cosas.

—Ser diferentes no es necesariamente malo.

—Lo sé.

—Pero tener opiniones contrarias en ciertas cosas significa el final de cualquier relación, tarde o temprano —añade.

—¿Como qué cosas? —pregunto, nerviosa.

—Pues si queréis tener hijos o no, si uno no respeta la religión del otro aunque no la comparta… incluso la forma de ver el sexo.

Me paro en seco y le dirijo una mirada condescendiente, cargada de sarcasmo.

—Te estás refiriendo a las infidelidades, ¿no?

—No necesariamente —aclara mi tía, apuntándome con la punta de una pieza que acaba de encontrar—.

Hay personas que no son compatibles en la cama.

Hay otras que no quieren renunciar a tener relaciones sexuales con otras personas, aunque estén en pareja, y sería perfectamente aceptable mientras ambos estén de acuerdo en las condiciones de esa relación.

El sexo en una pareja es una balanza que debe estar equilibrada.

Ninguno debe recibir más de lo que da. Si una de las personas quiere tener una relación abierta, la otra también debe poder elegirlo si lo desea.

Si una de las personas quiere realizar ciertas fantasías dentro de la pareja, también debe estar dispuesta a participar de las fantasías de la otra persona.

—Bueno, nosotros todavía no hemos hablado mucho de tener hijos, pero por algunos comentarios que ha hecho aquí y allá, creo que él da por sentado que algún día los tendrá.

Y yo tampoco me niego, aunque desde luego no quiero tenerlos ahora.

Y la religión… creo que ninguno de los dos somos muy religiosos.

Aunque sus padres sí lo son, pero nunca le he escuchado nada de ir a misa.

—¿Y en el sexo? ¿Crees que sois compatibles?

—Pues hasta el momento no he disfrutado en la cama con ningún otro como lo he hecho con él, así que supongo que sí.

—¿Supones que sí?

Percibo un tono desconfiado en mi tía.

—Sí, supongo que sí. Es que tampoco tengo tanto con qué comparar. No tengo tu palmarés —replico con una sonrisa cómplice.

—El que no hayas disfrutado con otros no significa que el sexo con él sea lo máximo.

Tienes veinticuatro años y, como a cualquier chica de su edad, a veces te entra un calentón y te has permitido hacer tus experimentos, pero te conozco.

No eres el tipo de chica que disfruta con un chico diferente en la cama cada fin de semana.

Necesitas confianza para poder relajarte.

Y el único chico con quien has estado el suficiente tiempo como para poder tenerla es David. Pero…

—Pero él traicionó esa confianza —termino la frase—. Y por eso ahora no siento lo mismo que antes cuando nos acostamos juntos.

—Exacto. Tienes que volver a construirla. Poco a poco. Pieza a pieza. Así —dice encajando por fin la primera esquina en su compañera.

Me sonríe orgullosa por lo redonda que le ha salido su lección y yo asiento.

—El problema es que siento que tengo poca paciencia en este momento —admito—. Y lo de la dichosa desconfianza me está obligando a hacer cosas que no quiero hacer.

—¿Como irte a ver un partido de fútbol a Valencia? —dice mi tía, recordando el horrible puente que pasé hace dos semanas.

—Y como irme a Girona esta noche —cuento, poniendo los ojos en blanco.

—¿A Girona? ¿Y qué se os ha perdido en Girona?

—Quieren ir a una discoteca que hay allí. Ya habíamos ido alguna vez el año pasado. No sé por qué les gusta tanto aquel sitio. Con la de sitios chulos que hay en Barcelona, y tenemos que darnos una paliza en el coche para ir hasta allá.

—¿Pero os quedáis a dormir?

—Sí. Los abuelos de Fer tienen una casa allí. Volveremos mañana al mediodía, supongo.

—¿No te apetece ir?

—Para nada. Estoy cansada y no me gusta demasiado el ambiente de aquella discoteca.

—No vayas. Quédate y nos vamos al cine. —Aprieto los labios en una línea fina que se estira en una sonrisa lastimera y mi tía, cómo no, lee perfectamente el mensaje—. No te apetece ir, pero quieres ir. —Asiento—. Porque tienes miedo de que se líe con otra si no vas…

Escondo mi cara bajo mis manos, avergonzada. Aparto un poco mis dedos y miro a mi tía con miedo.

—¿Ves a lo que me refiero?

Ella asiente.

—Si quieres que tu relación con David funcione, tienes que encontrar la forma de recomponer esa confianza —dice mientras une otras dos piezas del marco del puzle—. Poco a poco.