–11–
MEL
Camino sobre el bordillo de los estanques que serpentean alrededor de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, sintiendo que el vino de la cena se me ha subido un poco a la cabeza.
Me detengo y miro mi reflejo. Me he puesto un vestido corto de tela brillante en color azul marino, y las bailarinas negras, que eran lo único que le pegaba un poco.
En mi plan original para este fin de semana, no necesitaba más que calzado cómodo para ir de visita turística, o absolutamente nada para estar tirada en la cama, así que tuve que adaptarme.
Laura me ha alisado el pelo y así, estirado, ya me roza la clavícula.
Me siento rara sin alguno de mis gorros, pero a David le encanta, y a mí me gusta cómo me mira.
Me están repitiendo los mejillones y los langostinos que comimos durante la cena. A Fer y a Cubi se les antojó una mariscada y, aunque yo no soy demasiado amiga del marisco, al menos Laura y yo nos libramos de volver a limpiar y cocinar.
Nos dirigimos al club nocturno que hay en el Umbracle, al lado del Museo de las Ciencias.
La verdad es que el lugar es espectacular.
Nunca lo había visto en persona y ahora tengo todavía más ganas de visitarlo durante el día y poder disfrutarlo como cualquier turista.
Más le vale a David que me consienta al menos en eso.
Yo ya he cedido en el fútbol y la disco.
Pasa poco de la medianoche cuando llegamos.
Nos sentamos en una mesa y pedimos unas copas.
Laura y yo nos animamos con un cocktail .
Está delicioso, pero al segundo trago siento que la acidez del mismo no acaba de encajar bien con los langostinos que están nadando dentro de mi barriga, así que decido no seguir bebiendo.
Salimos a bailar un poco, pero mi sensación de mareo sigue.
Voy al baño y me refresco un poco la cara y las muñecas esperando que sea suficiente.
— Babe , estás algo pálida —me dice David al verme volver del baño.
—La verdad es que no me encuentro demasiado bien —confieso—. Creo que la cena me ha sentado mal.
—¿En serio? Joder, babe , qué faena. Voy a buscarte una botella de agua fría. Seguro que te ayuda con las náuseas, ¿quieres?
Asiento y le sonrío, agradecida.
El agua fría ayuda, pero no hace milagros y a los quince minutos estoy en el baño echando los mejillones, los langostinos y creo que hasta parte del hígado por el retrete.
Me lavo las manos y me miro en el espejo, asustándome de mi propia palidez.
Cuando salgo del baño, busco a David, que está con Fer y Laura.
—Cariño, no me encuentro bien. Necesito meterme en la cama. ¿Puedes llevarme de vuelta a la casa?
Incrédula y molesta, lo miro con expresión interrogante al ver que se debate.
—La verdad es que tienes muy mala cara, Mel —observa Laura—. Deberías llevarla.
Si mi interior no estuviese en modo centrifugado, se lo agradecería infinitamente. Al fin, con su intervención, David parece recapacitar y recordar aquellas prioridades de las que hablaba anoche mientras me quitaba la ropa.
—Claro, babe . Vamos, te llevo a casa.
En la casi media hora que tardamos en llegar a la finca, David se muestra atento, dándome apretones cariñosos en la mano y en la rodilla, y acariciándome la frente sudorosa.
Yo apenas puedo contener las ganas de vomitar, y me paso el viaje dando sorbitos pequeños de agua fría.
Tan pronto llegamos, corro al primer baño con el que me topo y vuelvo a soltar otra tanda de marisco.
La bilis me irrita la garganta y me hace saltar las lágrimas.
David está detrás de mí y no sabe muy bien qué hacer.
Lo siento nervioso por mí. Me frota la espalda, hasta que al fin, tiro de la cadena y me lavo la boca, la cara y las manos.
Me ayuda a quitarme el vestido y me pongo el pijama. Aunque hace calor, yo me meto en la cama con escalofríos. Él me tapa, me arropa, y se agacha en cuclillas a mi lado.
—¿Necesitas que te traiga algo? —me dice, acariciándome el pelo.
—¿Podrías traerme un trapo de cocina limpio mojado en agua fría?
—Claro, ahora mismo.
Lo escucho salir y oigo ruido de cajones a lo lejos, y luego el grifo del fregadero. Al poco rato, él entra con el trapo. Me lo pongo sobre la frente como mi madre me hace siempre que tengo una gastroenteritis y noto algo de alivio.
Suena el teléfono de David y lo veo coger la llamada y salir del cuarto. Acierto a escuchar que el que llama es Cubi, pero después no escucho mucho más porque David baja la voz. Algo no me da buena espina en esa llamada.
Lo cierto es que Cubi no me acaba de caer demasiado bien.
Fer es tolerable y Laura es maja, pero el tercer mosquetero del grupo no me inspira demasiada confianza.
Para empezar, es el típico chulito que se cree un machito con las tías y además está acostumbrado a mirar a la gente por encima del hombro.
Cuando conocí a David me llamó la atención que, para provenir de una familia de dinero, él nunca me trató como si fuese menos que él, y mucho menos como si yo no fuese más que una posesión por la que pagar dinero o peor aún, una cazafortunas.
Pero Cubi hace algún comentario de vez en cuando que hace que se me tense la columna.
A veces no entiendo mucho por qué David y él son tan amigos, con lo diferentes que parecen en el fondo.
Pero es verdad que hay dos David diferentes: el que está conmigo y es tierno, atento y seductor, y el que está con sus amigos, y se convierte en un orangután desconsiderado.
Ahora mismo necesito que sea el primero, y esta llamada me pone nerviosa.
Al cabo de un rato dejo de escuchar su voz y oigo sus pasos acercarse.
—¿Te encuentras mejor? —me pregunta acuclillándose frente a mí.
—Más o menos igual.
—¿Necesitas algo más?
—No. Así está bien —contesto agradecida, intentando esbozar una sonrisa aún en mi cara de cadáver.
—De acuerdo. Cualquier cosa, me llamas, ¿vale?
—¿Vas a ver la tele? —le pregunto—. No la pongas muy alta o no me escucharás si te llamo.
—No, tontita. Al teléfono. Me llamas al teléfono —dice, riendo—. Me vuelvo a Valencia con los otros.
Lo miro como si no lo hubiese escuchado bien.
—¿Que vuelves a dónde?
Mi mirada incrédula y obviamente decepcionada lo hace vacilar, pero en un segundo, vuelve a mostrar la misma seguridad de siempre. Me pone un dedo en la nariz y me aparta un mechón de la frente.
— Babe , no puedo dejarlos sin coche. Tengo que ir a buscarlos.
—¿Y no pueden venirse en taxi?
—El taxi hasta aquí es una pasta, Mel.
—Son tres, y que yo sepa, los tres están forrados de pasta.
—Seguro que no tardaremos mucho. Además, he hablado con Cubi.
Sabes que está estudiando Medicina. Dice que tiene toda la pinta de ser una indigestión, porque te han sentado mal los langostinos.
Según él, con todo lo que has vomitado, seguro que ya los has echado todos fuera y enseguida te quedas dormida como un bebé.
Ya verás. Por la mañana estarás como nueva. Y mañana hacemos lo que tú quieras.
Ahí está. El dichoso Cubi de las narices. Se podía meter su opinión médica por donde le quepa.
—¿Solo vas a buscarlos? —pregunto, cauta.
—Solo a buscarlos.
Me da un beso en la frente y se pone en pie, guiñándome un ojo antes de salir.
Escucho el motor del coche y las ruedas sobre la gravilla, y a los pocos minutos, la casa se queda totalmente en silencio.
No vuelve a la hora. Ni tampoco a las dos horas, ni a las tres.
Lo sé porque necesito otras tres visitas al retrete hasta que el último resquicio de marisco sale de mi organismo y por fin dejo de vomitar.
Para cuando por fin me quedo dormida de puro agotamiento, son las siete de la mañana y ellos todavía no han regresado.