Bajo todos tus sombreros –10–
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NICO

Vik me señala el edificio en el que está su nuevo piso y encuentro aparcamiento a apenas veinte metros de la entrada.

Un auténtico milagro que solo se explica por el puente.

El día festivo sin duda saca a la gente de sus casas.

Cosa que a nosotros en este momento nos viene de perlas.

Me bajo del coche y, mientras mi hermana va directa a abrir el maletero, yo miro alrededor.

La zona no me gusta lo más mínimo. Es cierto que mi hermana ya no vivía precisamente en la mejor calle de Barcelona, pero esta todavía me gusta menos.

Salta a la vista que es un barrio trabajador muy humilde.

—Bueno, tienes buenas conexiones cerca —digo, intentando ser positivo—. Desde Fabra i Puig puedes llegar a tu trabajo en media hora de metro.

—Será solo en lo que busque otro curro. En cuanto encuentre algo por aquí, ya no tendré que ir.

—Creía que estabas contenta con tus compañeras.

—Estoy contenta con ellas. Son gente de puta madre —dice Vik mientras saca una caja del maletero—, pero necesito desaparecer de allí. Ya sabes…

Sí. Ahora ya lo sé. No quiere volver a ver las pintadas hechas frente a su casa o su trabajo llamándola «puta”.

No quiere tener que volver caminando a casa mientras la insultan, ni tener que cobrar en caja a esas mismas chicas poniéndoles buena cara.

Está harta de todo eso y quiere cortar por lo sano.

Y, aunque me parece injusto, también me parece bien. Vik no se merece pasar por todo eso.

—Veamos tu nuevo palacio entonces —digo tras coger un par de cajas y cerrar el maletero.

La sigo hacia la entrada y veo con desánimo que, no solo es un edificio viejo y bastante poco cuidado, sino que además no hay ascensor.

—Dime que es en el primero —suplico.

—Lo siento, hermanito —dice Vik chasqueando la lengua—. En el cuarto. Ya sabes, ¡me ahorro el gimnasio!

—¿Para qué quieres tú ir al gimnasio?

—Para poder seguir dándote una paliza cuando nos peleemos —contesta Vik guiñándome un ojo.

Suelto una carcajada y me armo de paciencia, pensando en todas las cajas que hemos dejado todavía en el coche, pero alegrándome de que ella no tenga que traer todas sus cosas caja por caja en el metro.

Me gusta verla de mejor humor. Creo que nuestra charla de ayer la ha ayudado.

Ojalá sea así. Ojalá le haya servido para comprender que no está sola, que estoy aquí.

Creo que, después de nuestra conversación, ella durmió mejor que nunca y fui yo el que apenas pegó ojo.

Pero no me importa. Prefiero que sea así, y que hoy mire a la vida con ganas renovadas, con la sensación de un nuevo comienzo.

Cuando abre la puerta de la vivienda, se me cae el alma a los pies.

Aquel piso dice de todo menos nuevo comienzo positivo .

La sensación de claustrofobia es inmediata, al igual que el olor a tabaco rancio que desprenden las paredes.

Es un piso pequeño, sucio y con muebles destartalados, y para ser la planta más alta, aquel recibidor se me antoja condenadamente oscuro.

—¿Quién se ha muerto aquí? —murmuro por lo bajo a mi hermana.

Vik me da un codazo y sacude la cabeza.

—No seas malo.

—Joder, Vik, en serio. Esto está un poco… —no soy ni capaz de terminar la frase.

—Solo necesita un poco de cariño.

—Más que cariño, necesita un buen polvo para quitarle todo el que tiene.

Mi hermana se ríe a carcajadas con mi comentario.

—Pues por lo que me cuesta el alquiler, estoy más que dispuesta a echarle todos los polvos que hagan falta para adecentarlo.

—¿Estaba así cuando lo viste?

—En realidad, no lo vi. Lo vio mi amiga. Era el único piso que le alquilaban sin pedirle un contrato indefinido, tres meses de fianza y un aval, y más aún teniendo un bebé.

—¿Un bebé? ¿Tu amiga tiene un bebé?

—Es madre soltera, sí.

—Vik… ¿Tú sabes dónde te estás metiendo?

—Nik, no empieces. Necesito esto. Necesito este cambio. Puede que no sea lo mejor, pero al menos me ha dado la oportunidad de empezar de cero.

—Desde luego, esto es empezar de cero… —susurro—. ¿Por qué no te vienes a vivir conmigo? Sabes que tengo un cuarto de sobra. No es muy grande, pero comparado con esto, mi piso es un hotel de cinco estrellas.

—¿Tu habitación friki? —exclama mi hermana, incrédula—. ¿En serio vas a sacrificarla por mí? ¡Venga ya!

—Por Dios, Vik, que es en serio.

—Tú detestas vivir con alguien. Y mucho más con una mujer —dice, soltando una carcajada.

—Tú no eres cualquier mujer. Eres mi hermana.

—Te agradezco la oferta, pero no —responde con rotundidad—. Sabes que te meterías en un buen lío con papá.

—Me importa tres pimientos lo que piense o diga papá. Es mi casa y hago en ella lo que yo quiero. Además, no tendría ni que enterarse.

—¿Para que se presente allí un día y me lo encuentre?

No, gracias. Te agradezco mucho la oferta, en serio.

Me ayuda saber que, si las cosas se ponen todavía peor, tengo un sitio donde caerme muerta.

—Pongo los ojos en blanco—. Pero tengo que hacer esto sola, Nik.

Necesito demostrarme a mí misma que puedo salir adelante sin ellos.

—¿A ti misma o a papá? —pregunto.

—A los dos —responde ella, sin dudarlo.

Resoplo y me encojo de hombros, derrotado.

—Está bien, como tú quieras. Pero creo que a partir de ahora vamos a cenar más en mi casa. Esta luz de morgue me corta hasta el apetito —digo echando un vistazo a la cocina.

Tardamos casi una hora en subir el resto de las cosas y, para cuando terminamos, los dos estamos con la lengua fuera.

Nos dejamos caer en una de las antiguas sillas del comedor, que cruje y se mueve peligrosamente de lado a lado bajo mi peso.

Me agarro a la mesa temiendo que voy a terminar en el suelo de un momento a otro, y le envío una mirada suplicante a mi hermana.

Ella se ríe, sube y baja los hombros y me enseña todos sus dientes en una sonrisa de oreja a oreja.

—Tanto ejercicio me ha abierto el apetito —digo.

—Todavía no tengo nada aquí, lo siento —contesta Vik—. Mañana por la mañana me pondré a limpiar a fondo la cocina y haré la compra. La próxima vez que vengas tendré algo.

—En realidad, sí tenemos —digo, recordando.

Voy hasta la entrada y cojo la bolsa que me dio mi madre, y que subí sobre la última caja.

—Mamá te ha mandado todo lo que ha sobrado de la coca, que es casi toda. —La veo fruncir el ceño al agarrar la bolsa—. Está de vicio.

—¿Has ido a comer con ellos? —Asiento, sin decir nada. Sé que tiene hambre, y por un día el estómago vence al orgullo. La veo levantarse e ir a coger un cuchillo a la cocina—. ¿Y qué tal? — pregunta sin mirarme mientras corta un par de pedazos.

—Igual de mal que siempre, así que no vale la pena hablar de ello —respondo—. Ah, sí. Mamá también me ha dado esto para ti.

Saco el sobre del bolsillo de mi chaqueta y se lo tiendo. Vik titubea.

—¿Es dinero?

Asiento.

—Me ha contado que lo ha estado ahorrando haciendo encargos de costura y pasteles para vecinas a espaldas de papá.

Como ya me imaginaba que haría, Vik se levanta y resopla nerviosa, rodando los ojos.

—No quiero su maldito dinero —bufa, malhumorada.

—Le dije que no lo querrías —afirmo. Ella se detiene y me mira, expectante.

—¿Y qué dijo?

—Que lo sabía, pero que te lo trajera de todas formas.

—Se queda mirándonos a mí y al sobre por tandas, con los brazos en jarras—.

Cógelo, Vik. Guárdalo, quémalo, úsalo… haz lo que quieras con él.

No intento justificarla, pero sabes que mamá no lo tiene fácil.

Hace lo único que cree que puede hacer por ti porque te quiere.

—Si me quisiera, no habría dejado que papá me tratase como me trató, ¿no crees?

Su comentario me duele en el alma.

—Algunos no queremos como debemos, solo como sabemos…

Mi hermana me mira largamente, y entonces coge el sobre y lo guarda en el bolsillo de su chaqueta sin decir ni una palabra.