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MEL
Desde la ventana de la cocina veo a los chicos tirarse en bomba al agua, mientras termino de secar los platos que Laura está lavando.
Desgraciadamente, en esta preciosa villa hay piscina, pero no hay lavavajillas.
Lo que sí hay son dos chicas que han cocinado y ahora están limpiando y recogiendo mientras ellos se relajan y se divierten.
La verdad es que eso me toca bastante las narices.
Si mi tía Nanni estuviese aquí, los sacaría del agua por la oreja para que viniesen a hacer su parte.
Pero en vez de la tía Nanni está Laura, que soltó una carcajada y me rebatió con un « mujer, ¿pero cómo van a limpiar los chicos?
» cuando dije que les tocaba a ellos recoger después de comer.
Son cuatro contra una, así que termino ayudándola por no dejarla sola a ella con todo y por no armar más problema del que ya creé ayer durante el viaje.
—Bueno, creo que esto ya está —dice Laura dejando al fin el trapo doblado y estirado sobre el grifo—. ¿Te apetece un cafecito y nos sentamos en la terraza? —me pregunta.
—Vale.
Voy a buscar mi sombrero de fieltro en color hueso, nos preparamos un café rápido y salimos a la mesa que hay en el porche, a la sombra.
Fer se da cuenta y saluda a Laura con una sonrisa.
Yo observo a David y a su tableta de chocolate y tengo la sensación de que mi entrepierna se ha calentado de golpe más que el café que estoy a punto de tomarme.
—¿Habéis hecho las paces, entonces? —me pregunta Laura con una sonrisa de complicidad.
—No estoy nada contenta con lo que ha hecho —reconozco—, pero tampoco quiero estar enfadada con él durante todo el puente.
Después de la noche de ayer, me resultaría imposible seguir enfadada con él. Aunque preferiría estar repitiéndolo en este momento y no tener que callar mis gemidos por miedo a que nos escuchen sus amigos, pero no se puede tener todo en esta vida.
—Tía, es normal que te haya sentado mal. Si Fer me lo hubiese hecho yo también le habría montado el pollo —dice Laura—. Pero son tíos. Son egoístas por naturaleza. No dan para más. No les pidas más. Y David te quiere mucho.
—¿Tú crees? —le pregunto, sonriendo un tanto avergonzada.
—¡No veas la turra que nos dio contigo hasta que volviste con él!
En el pasado, las cachas de mi culo estarían aplaudiendo de felicidad al escuchar eso, pero supongo que ya no soy tan inocente como lo era al principio y me he vuelto más cauta. Y también más exigente.
—Si tantas ganas tenía de que volviese con él, ¿no debería estar deseando estar a solas conmigo y no llevarme con sus amigos a ver el fútbol?
—Y estoy segura de que era así —afirma Laura—.
Pero tenían las entradas compradas desde hace meses, Mel.
Imagínate que tú hubieses reservado un viaje a Madrid con tus amigas para ver a Imagine Dragons en concierto este fin de semana.
¿Lo habrías cancelado una semana antes solo porque volviste con David?
El comentario de Laura me deja pensativa.
—Supongo que tienes razón —admito—. Pero yo no le habría hecho una encerrona. Lo habría invitado a venir con nosotras sin ocultarle a lo que íbamos.
—Claro que sí —dice Laura con firmeza—, porque tú eres una tía. Ya te lo he dicho, los tíos son un poco gilipollas y no saben hacer las cosas bien.
Suspiro y la miro asintiendo con cara de circunstancias. Teniendo en cuenta que mi padre tampoco fue el mejor modelo de hombre, es posible que no le falte razón.
Miro a Laura de reojo y, por primera vez desde ayer, no me disgusta tanto que ella esté aquí.
Nos conocemos desde hace casi dos años, cuando empecé a salir con David.
Fer y él son amigos desde la infancia, y ellos son pareja desde que estaban en el instituto, así que ella vino en el pack .
Aunque tenemos formas bastante distintas de ver ciertas cosas, admito que, si tengo que relacionarme con los amigos de David a menudo, prefiero tener una aliada.
Y tras la pequeña conversación que acabamos de tener, quizá intentar intimar un poco más con ella no sea tan mala idea.
—Bueno, ¿habéis hablado algo esta mañana de qué vamos a visitar esta tarde?
—¿Visitar? —ríe Laura—. Lo único que vamos a visitar esta tarde es la piscina y la hamaca para echar una siesta. ¡Hay que guardar energía para la noche?
—¿Para la noche? ¿Vamos a salir?
Creo que mi cara muestra mi decepción.
—¡Pues claro! No vamos a venir a Valencia y no salir de fiesta.
En ese momento, escucho el tono de mi teléfono, que he dejado en la cocina, y me levanto contenta de tener una excusa para dejar la terraza.
Cuando veo el nombre de “Nanni” en la pantalla, me entra tanto ansiedad como alivio a partes iguales.
A veces pienso que mi tía es medio bruja y tiene un don especial para percibir cuando me pasa algo.
Descuelgo y me encierro en la habitación, sentándome en la cama con las rodillas pegadas al cuerpo.
—¿Cómo es que todavía no me has enviado ninguna foto de la playa, ni de la paella que os habréis comido hoy?
Resoplo y miro al cielo, dejando caer la cabeza entre mis rodillas para ocultar mi bochorno.
—Porque no hemos salido de casa en todo el día, ni siquiera para comer.
—Uh… ¿Habéis estado de folleteo todo el rato, guarrines? —pregunta mi tía, haciéndome reír.
—¡Qué más quisiera yo! Pero la sesión de guarrineo se terminó alrededor de las once de la mañana, cuando Laura y yo nos pusimos a cocinar y limpiar mientras los chicos se lo pasan en grande en la piscina.
Por un instante se hace el silencio.
—¿Cómo que Laura y los chicos…?
—Resulta que no veníamos solos al viaje.
David tenía reservada esta escapada con sus amigos desde hacía meses para ver el partido del Barcelona contra el Valencia.
—No debería contarle tanto. Cuanto más le cuente, más difícil me va a ser conseguir justificar por qué no lo mando a la mierda otra vez, pero estoy acumulando decepciones y mi boca habla sola—.
De eso me enteré ayer cuando los vi en el coche.
Y hoy quieren dormir la siesta y ponerse a remojo porque por la noche nos vamos de fiesta.
¡Planazo! —exclamo, sarcástica, fingiendo entusiasmo—.
Hemos conducido cuatro horas para hacer exactamente lo mismo que haríamos en Barcelona.
—Mi tía me escucha en silencio—. No me apetece una mierda salir de fiesta.
Pero la idea de quedarme en casa y dejarle ir solo…
Dejo la frase en el aire, esperando la reprimenda lógica. La retahíla de «te lo dijes» que, después de todo lo que acabo de soltar, yo misma me diría. Pero los comentarios ácidos no llegan. De hecho, no llega nada. Mi tía sigue callada.
—¿Nanni…? ¿No vas a decirme nada?
¿No vas a decirme que si voy a salir de fiesta con David y sus amigos, aunque me apetece tanto como darme un tiro en el pie, es porque no me fio de dejarle salir solo y que vuelva a ponerme los cuernos?
—No, cielo. Creo que ya tienes suficiente como para que yo eche más leña al fuego —dice, al fin—.
Me pediste que respetase tu decisión de volver con David y voy a hacerlo, aunque no esté de acuerdo y crea que te estás equivocando.
Pero si te equivocas, tienes que ser tú la que se dé cuenta.
Solo quiero que sepas que estoy aquí si me necesitas.
En ese momento se me escapa una lágrima, pero sonrío al mismo tiempo.