Bajo todos tus sombreros –8–
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NICO

Al menos, la falta de conversación ayuda a comer más rápido y la comida no se estira más de lo necesario. Para cuando termina el desfile, nuestros platos están vacíos.

Mi padre es uno de esos hombres tradicionales que exige el respeto máximo en su casa.

Claro que para él, la forma de conseguirlo es a través de la intimidación, el miedo y, si es necesaria, también la fuerza.

Durante toda mi infancia y juventud, ese miedo funcionó conmigo de la misma forma que lo había hecho con prácticamente toda nuestra familia, hasta que con el paso de los años me di cuenta de que el temor nunca genera respeto, solo traumas, rencor y odio.

Y, sin embargo, aquí sigo. Sentándome a su mesa, callado, bajo su techo y sus reglas.

¿Que por qué lo hago? Tal vez sea por la fuerza de la costumbre. Tal vez por ese invisible lazo sanguíneo que nos empuja a mantener en nuestra vida a personas que son un auténtico veneno para nosotros. Tal vez incluso por la presión social.

Sé que lo hago por la mujer que se sienta en aquel momento a mi derecha y que hace veintinueve años me parió, quedando atrapada en esa mierda de vida que ha tenido que vivir.

Mi hermana y yo hemos sido su única luz. Hace tres años que perdió a mi hermana. Si yo también me voy, ¿qué le queda a ella?

Pero entonces me levanto para ayudar a mi madre a recoger la mesa y mi padre me envía una de esas miradas que de niño me hacían temblar y me dice que me siente y deje que mi madre recoja la mesa, que no tiene otra cosa que hacer y es su trabajo.

Y yo me siento, y veo cómo mi madre me envía una nerviosa sonrisa de agradecimiento y desaparece en la cocina cargada de platos sucios.

Creo que, tal vez, en realidad siga aquí porque soy un cobarde. Y la idea me produce ardor de estómago. Una quemazón que se mezcla con la que todavía siento después de la conversación de anoche con Vik.

En realidad, esta vez mi padre no tuvo nada que ver con lo que le está pasando a mi hermana, pero eso es lo que tiene el odio.

En cuanto se siembra, no hace más que crecer, enredándose en todo lo demás, aunque no tenga nada que ver.

Y ahora mismo no puedo evitar sentir que mi hermana no sería tan desgraciada si tuviese a toda su familia apoyándola, cubriéndole la espalda en vez de dándosela.

Mi madre trae café y una coca de azúcar recién horneada que me endulza el mal humor y suaviza el ambiente. Siempre ha sido una cocinera estupenda.

Nos sirve en las tazas y corta la coca, en silencio.

—¿Te apetece jugar una partida de cartas después del café? —pregunta mi madre.

La miro y me siento mal porque quedarme en aquella casa un minuto más de lo necesario es lo último que me apetece, pero sé que ella estiraría cualquier visita al máximo con tal de no tener que quedarse a solas con su marido.

Casi puedo leer esa súplica en sus ojos, detrás de esa sonrisa maternal que siempre tiene para mí.

—No puedo, mamá. Tengo que ir a ayudar a Vik.

El aire de la habitación parece congelarse después de mi respuesta. Puedo ver que mi madre contiene la respiración. El ceño de mi padre se frunce tanto que el espacio entre sus dos cejas canosas desaparece por completo. Me mira fijamente, como si acabase de insultarle.

—¿Y tú a qué tienes que ir a ayudar a esa?

Respiro hondo. La rabia que se había suavizado con la coca vuelve a aflorar otra vez y me da ese punto de valentía que sale de vez en cuando, en esos momentos en los que me siento un poco hasta los cojones de la situación.

— Esa es mi hermana, y tu hija, aunque finjas que no existe. Vuestra hija —añado con firmeza mirando a mi madre, que baja la cabeza para ocultar los ojos húmedos—. Y voy a ayudarla con la mudanza porque se ha cambiado de piso.

—¿Ha encontrado un piso mejor?

Miro a mi madre, sorprendido de que ella también haya encontrado el valor para entrar en esta conversación y reconocer ante su marido que todavía tiene una hija.

—No sé si es mejor. Todavía no lo he visto —respondo—. Pero es más barato.

—A saber dónde ha ido a meterse esa muerta de hambre. En cualquier pocilga —masculla el anfitrión de la casa.

—No tendría que estar en cualquier pocilga si no la hubieses echado de casa —rebato.

Mi padre me mira con los ojos muy abiertos, aprieta los dientes y da un puñetazo sobre la mesa que hace saltar las tazas. Aun sin mirarla, sé que mi madre está temblando.

—Cuando el alambre se tuerce demasiado ya no hay manera de arreglarlo —sentencia mi padre—. Lo único que se puede hacer es cortar de raíz.

Le mantengo la mirada durante un instante que se me hace eterno hasta que las ganas de soltarle un puñetazo a mi propio padre se vuelven insoportables. Sin dejar de mirarlo, me tomo el resto del café, dejo la taza en su sitio y me levanto con calma.

—A mí me gusta el alambre tal y como está. Y ten cuidado, no vaya a ser que de tanto tensar alambres, se te rompan por la base y te quedes sin ninguno.

Mi padre se pone rojo de ira. Se levanta y me enfrenta como si estuviese a punto de darme un guantazo.

Hace quince años, me habría caído una auténtica somanta por una contestación así.

No me cayeron, porque jamás la di. No como mi hermana, que siempre supo cómo pelear por lo suyo.

Pero las cosas han cambiado. Ya no soy un niño y ambos sabemos que ya no me gana en fuerza.

Así que da otro puñetazo a la mesa, desparramando todo el café, y sale del salón hecho una furia.

Miro a mi madre, que se ha levantado también del susto y aprieta un trapo de cocina entre las manos, y a los pocos segundos escuchamos un portazo al final del pasillo.

—Tengo que irme —digo, caminando hasta el vestíbulo y cogiendo mi chaqueta.

—Espera, cariño —pide mi madre, que me sigue. Me toma por el brazo y baja la voz—. ¿Cómo está tu hermana?

—Podrías verlo tú misma si fueses a verla —le contesto sin poder evitar que mi réplica suene a recriminación.

Ella aparta la mirada, pero veo su expresión llena de culpabilidad.

—Sabes que no puedo, cielo.

Culpabilidad y miedo. El maldito miedo que ha hecho que nadie, ni esposa, ni hermanos, ni tíos, ni padres, ni siquiera yo, que soy su hijo, hayamos hecho nada por frenar los caprichos de mi padre durante años.

Todos lo han dejado hacer y deshacer con un «ya sabes cómo es tu padre».

Y ahora todos pagamos las consecuencias.

Suspiro y me pongo la chaqueta.

—Vik está bien. Podría estar mejor, pero ella es más fuerte que ninguno de nosotros.

Mi madre sonríe con los ojos enrojecidos y veo que le tiembla el labio.

—Sí que lo es. Es la más valiente, mi niña —susurra. Me aprieta la mano, sujetándome—. Dame un minuto, cielo.

Antes de que pueda replicar, desaparece hacia el interior de la casa y, por un instante, tengo la esperanza de que va a coger su chaqueta para acompañarme a ver a su hija, al fin, después de tres años sin atreverse a hacerlo a pesar de que no verla la tenga destrozada.

Pero entonces aparece con una bolsa que huele a coca de azúcar.

—Llévale esto —dice, cediéndomela—. Y esto también.

Siento que me mete algo en la mano, cerrando mis dedos alrededor. Veo que es un sobre abultado.

—¿Es dinero? —le pregunto en voz baja.

—Lo he ganado haciendo arreglos de costura y pequeños encargos de un par de vecinas a las que les encantan mis postres. Tu padre no sabe que lo tengo —me susurra mirando hacia la puerta del salón.

—Mamá… —empiezo, suspirando—. Sé que lo haces con la mejor intención, pero Vik no lo aceptará.

Ella aprieta los labios, sonríe y asiente, pero me cierra los dedos alrededor del sobre.

—Lo sé. Pero llévaselo. Por favor.

Asiento y guardo el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta.

—Llamaré a la tía Dora para que venga a hacerte compañía esta tarde. No quiero que te quedes sola con él.

Le doy un beso en la mejilla y me voy. Cuando la puerta se cierra a mis espaldas, siento un enorme alivio, como cada vez que bajo esas escaleras desde que no era más que un crío.