Bajo todos tus sombreros –7–
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MEL

Llegamos a Valencia ya de noche. La mayoría del viaje ha transcurrido en un silencio tenso, hasta que Cubi ha debido de cansarse y ha empezado a hablar de lo que podíamos hacer este fin de semana.

A mí eso no ha hecho más que recordarme los planes que yo tenía a solas con mi novio y que nunca llegarán a realizarse, pero al menos ha tenido el detalle de no mencionar el dichoso partido de fútbol.

Yo los he escuchado debatir y proponer cosas sin gana ninguna de intervenir. De vez en cuando, intentaban que participase y me preguntaban qué me parecía, pero yo me limité a gesticular con la cabeza o contestar con algún monosílabo.

Así que, cuando por fin llegamos a la casa de alquiler, paso por completo del tour grupal de la propietaria y me encierro directamente en uno de los dormitorios, arrastrando mi maleta detrás.

El dormitorio es bonito, pero en este momento ni siquiera me apetece alegrarme por eso.

Hay una especie de armario-perchero abierto cerca de la ventana, así que me quito mi sombrero y lo dejo con cuidado sobre la balda baja.

Me siento en la cama y lo observo allí, solitario, sintiéndome tan sola como él.

Ni siquiera me inmuto cuando escucho la puerta del dormitorio abrirse y volver a cerrarse, y los pasos que siguen y que se detienen a un par de metros de mí.

— Babe .

Giro la cara hacia él con una expresión que ha ido acumulando quejas durante cuatro largas horas.

—¿Desde cuándo tenías las entradas del partido de fútbol? —le pregunto a bocajarro—. Y no me mientas, porque puedo dejarte en evidencia fácilmente.

Él suspira y pone expresión lastimera.

—Desde hace tres meses…

Exhalo y aprieto los labios, torciendo la cara de la rabia.

— Babe , cuando compré las entradas, tú y yo no estábamos saliendo.

Cuando el otro día me dijiste que necesitábamos pasar más tiempo juntos…

me asusté —dice arrodillándose delante de mí y poniendo su mano en mi rodilla—.

Creí que si me iba con mis amigos a ver el fútbol durante todo el puente del Pilar te lo tomarías muy mal.

Así que se me ocurrió que, si tú también venías, podríamos aprovechar y pasar más tiempo juntos, ¡como tú querías!

Lo miro sintiendo que los ojos se me humedecen, pero no sé si es de frustración o de qué rayos es.

—Claro que quería que pasáramos más tiempo juntos. A SOLAS. Si al menos me lo hubieses dicho, yo lo hubiese entendido. Y habría podido decidir si me apetecía estar cuatro días enteros con tus amigos o prefería hacer planes con mis amigas, y así los dos nos lo pasaríamos bien.

—¿Y qué planes ibas a hacer con tus amigas? —exclama riendo. No me gusta su tono—. Babe , ¿en serio crees que yo iba a aguantar sin verte todo el puente? ¿Ahora que por fin me has dado otra oportunidad?

Se coloca de rodillas frente a mí y abraza mis caderas con sus manos, atrayéndome hacia él y obligándome a mirarle. Sus ojos verdes me atraviesan. Estoy enfadada… pero está tan guapo con esa mirada de súplica… ¡Qué difícil es esto!

—Eres mi novia y te adoro. Quiero tenerte conmigo todo el rato.

Da un tirón a mis caderas y me hace caer encima de él. Grito por el susto y me quedo sentada sobre sus piernas, a horcajadas.

—¿Y para qué me quieres tener contigo todo el rato mientras estás de cachondeo con tus amigos? ¿O en el partido? ¿De adorno? Sabes que no me gusta el fútbol.

—No tenemos que estar todo el rato con ellos.

—Al fin, algo que quiero escuchar—. Podemos hacer algún plan los dos solos.

Irnos a la playa, a dar un paseo… o levantarnos más tarde…

—añade frotando su nariz contra mi cuello antes de darme un lametazo húmedo y terminar chupándome el lóbulo de la oreja derecha.

Se me pone la piel de gallina. El capullo sabe muy bien que eso me pierde.

—¿Cómo de tarde…? —gimo, cediendo.

—Muy tarde.

Siento sus dedos bajo la camiseta en mi espalda.

Me atrae hacia sí y me hace perder el equilibrio.

Así que mi mano se detiene sobre esos abdominales de hierro.

Sí, soy débil. Él me aprieta contra su entrepierna y lo siento duro contra mis bragas.

Me muerdo el labio al notarme mojada. Joder, soy muy débil.

Le agarro la cara con ambas manos y lo beso con hambre. David ha sido el chico más «besable» con el que he estado nunca. Al menos, eso no ha cambiado desde la primera vez que salimos. Sigue besando de muerte. Y lo sabe, el muy capullo.

—A ver si va a ser que te has enfadado porque lo que querías era que te follase a todas horas… —susurra sobre mi boca. Será capullo. Capullo, capullo, capullo.

—¿Tú qué crees, capullo? —digo sintiendo la boca reseca por tanta fricción bajo mi sexo.

Puedo notar cómo sus labios se estiran en una sonrisa ladeada mientras yo aprieto los míos contra ellos, antes de dejar que su lengua me asalte otra vez.

Sus manos se pierden bajo la falda de mi vestido y siento sus dedos clavándose en mis nalgas.

Eso me pone a cien. Su boca se separa de la mía, pero no me da tiempo a protestar.

Va directa a mi escote. Me quita la chaqueta y, con un gemido ansioso, me baja las tiras del vestido y del sujetador para permitirle llegar a donde los dos queremos.

Jadeo y tiro de su camiseta, pero mis manos dejan caer la tela tan de golpe como él se separa de mi pezón al escuchar los golpes en la puerta.

Nos giramos hacia ella justo a tiempo para ver la cabeza de Cubi asomar. Lo miramos desde el suelo. Mi probable expresión acalorada y nuestra postura le da una idea inmediata de lo que acaba de interrumpir y sisea con cara de remordimiento.

—Siento interrumpir —dice—. Estamos pensando en pedir unas pizzas. Queríamos saber si os apuntáis.

Yo me giro hacia David y ladeo la cabeza arqueando las cejas, en un gesto callado que pretende expresar: «¿ves lo que te decía?». David acaricia mis muslos y sonríe.

—Ahora mismo no nos apetece y queremos descansar un poco —le dice a Cubi—. Pero dejadnos una pizza por si más tarde nos entra hambre, ¿vale?

—Entendido —dice su amigo guiñándole un ojo, antes de cerrar la puerta tras él.

Miro a David, gratamente sorprendida.

—Te lo he dicho. Sigues siendo mi prioridad, babe —dice antes de volver a derretirme con un beso—. Pero será mejor que cerremos esa puerta con llave.