–6–
NICO
Me asombra la cantidad de gente que entra en un supermercado en los últimos cinco minutos antes del cierre.
Probablemente, yo también lo he hecho alguna vez, y en este momento me siento mal por ello.
Las trabajadoras no tienen la culpa de que tú no hayas sido lo suficientemente previsor.
Espera a mañana. Pero mañana es festivo, así que la cosa se complica.
Y eso significa que hay muchos, muchos despistados de última hora.
Me tomo una caña en la terraza de enfrente mientras veo a una de las cajeras echar por fin la persiana y espero pacientemente a que las luces del súper se vayan apagando. Cuando al fin las veo salir, apuro el resto de un trago, me levanto y cruzo la calle.
Me dirijo hacia la chica de pelo negro salpicado de mechones rojos cuyo rostro exhibe al menos siete u ocho piercings entre nariz, lengua y orejas.
Ella no me ve, ensimismada en la música que suena en sus auriculares.
Me da la espalda y echa a andar. Acelero el paso y le tiro de uno de los dos moñitos en los que se recoge su pelo.
Se da la vuelta con el puño completamente alzado y yo, adelantándome a su movimiento, lo esquivo y alzo las manos en señal de paz.
Su expresión cambia al verme y me muestra esa sonrisa que me encanta en ella, mientras se quita los cascos.
—¡Nik! ¡Serás imbécil! —exclama abrazándose a mí—. Un día de estos te voy a acabar dando.
—Si no lo conseguiste en tus veintitrés años de vida, ¿qué te hace pensar que lo vas a conseguir ahora?
—La esperanza es lo último que se pierde. ¿Qué haces aquí?
—Acompañar a mi hermana pequeña a casa, no sea que a algún descerebrado le dé por atacarla y acabe en el hospital.
—¿El descerebrado o yo?
—El descerebrado, por supuesto —afirmo, guiñándole un ojo con complicidad mientras le paso un brazo por el hombro y le doy un beso en la frente—. ¿Tiene su Majestad planes para esta noche o me deja invitarla a cenar?
—Como si mi vida social fuese tan activa.
Los pocos amigos que tengo se han ido de escapada, pero una servidora tiene que quedarse a producir y servir a la comunidad, aunque me paguen una miseria, así que una cena gratis me vendría de perlas —dice Vik—.
Eso sí, estoy demasiado cansada y sucia para ir a ningún sitio.
Y mañana me espera un día intenso. Si no te importa, ¿podríamos pedir para llevar y cenamos en mi casa?
Sin poder evitarlo, le dirijo una mirada incómoda que ella sabe leer a la perfección.
—Tranquilo, Lena no está. Se ha ido a Sevilla a pasar el puente con su familia —aclara.
Respiro aliviado y le sonrío. Su compañera de piso es también una de sus compañeras de trabajo, y tiene un pequeño enamoramiento conmigo que es demasiado evidente como para que yo lo ignore.
Opto por esquivarla todo lo que puedo porque me hace sentir como un dónut recién sacado del horno cada vez que me ve.
—Hecho. ¿Qué te apetece cenar? Tú eliges.
—¿Lo que yo quiera?
—No me vayas a pedir langosta que todavía no he cobrado mi primer sueldo —le advierto.
—¿Te da para sushi?
—Venga —accedo.
Llamo a un japonés de la zona y voy pidiendo mientras caminamos hasta su casa, que está a unos veinte minutos de su trabajo.
—¿Por qué has dicho antes que mañana te espera un día intenso? ¿No hacéis festivo en el supermercado?
—Sí, el súper cierra mañana. ¡Y menos mal! —responde mientras abre la puerta.
Nada más entrar al piso, me encuentro de bruces con varias cajas de cartón apiladas cerca de la entrada.
En un vistazo rápido al cuarto de mi hermana descubro otras tantas esparcidas por el suelo y sobre la cama, mezcladas con ropa estirada sobre el edredón.
Tanto las estanterías como el escritorio y las paredes, normalmente repletas de libros, adornos, velas, bisutería y demás, están completamente vacías.
Me doy la vuelta y la miro arqueando una ceja.
—¿Te mudas? ¿Cuándo pensabas decírmelo? —le pregunto.
Vik da un largo suspiro y me mira desde abajo, con esos ojos que hacen que, por un instante, vuelva a parecer la chiquilla asustadiza que se refugiaba detrás de mi manga a la salida del instituto.
—Ha sido algo de última hora —dice, al fin—. Me surgió una oportunidad hace un par de días y no me lo he pensado. Es una habitación más barata y, además… necesito salir de aquí.
La veo cerrar los ojos y apretar los párpados como si, al abrirlos, esperase aparecer en otro lugar. Me rompe por dentro verla así. Me rompe por dentro saber que mi hermana pequeña es tan infeliz. Y más aún no saber cómo ayudarla. Ni siquiera consigo que se abra del todo conmigo.
Por una parte, no puedo recriminárselo. No supe dar la cara por ella como tendría que haberlo hecho cuando mi padre la echó de casa hace tres años. Ni he sabido protegerla de muchas otras cosas. La verdad es que, como hermano mayor, soy un suspenso absoluto.
Y todo eso es lo que intento decirle con mis ojos. No sé si lo entiende o no, pero se abraza contra mi hombro. Le doy un apretón y ella alza la mirada y me sonríe. Tiene los ojos húmedos, pero como tan bien sabe hacer, convierte su tristeza en nostalgia con una sonrisa y se encoge de hombros.
Me armo de valor y decido no dejar pasar el momento.
—Sé que no tengo derecho, Vik. Debería haberte apoyado mucho más de lo que lo hice en su momento. Pero te quiero y ojalá confiases lo suficiente en mí para contarme lo que te está pasando. Sé que algo no anda bien. Lo intuyo. Y me mata no saberlo.
Ella se abraza a mí de nuevo, y esta vez no es un abrazo disimulado. Es un abrazo de esos que te dejan la huella en el cuerpo, de los que hablan de necesidad. Y yo le devuelvo el mismo abrazo. O, al menos, lo intento.
—Tú eres el único que me apoya siempre —musita—. Nik y Vik…
Le alzo la barbilla con cariño y le seco una lágrima silenciosa con el pulgar.
—Vik y Nik —replico, terminando nuestro eslogan personal.
Ella sonríe y resopla, intentando, sin conseguirlo, sacudirse la melancolía de encima.
—Necesito darme una ducha. ¿Te importa ir preparando la mesa para la cena? Tal vez, cuando tenga el estómago lleno, me resulte más fácil… ponerte al día.
—¿Me prometes no cambiar de opinión en la ducha? —suplico con los ojos.
—Te lo prometo.
Es lo máximo que he conseguido en mucho tiempo. Me vale.