–5–
MEL
Miro el reloj. Son casi las seis de la tarde.
Mi destartalada maleta de mano pesa más de lo que me gustaría, llena de los «porsis» que podrían amargarme el puente del Pilar.
Aunque —pienso sin poder ocultar una sonrisa traviesa—, si todo va bien, ¡espero no tener que usar ropa en todo el fin de semana!
Estoy esperando en la parada de autobús de la Avenida Meridiana, cerca de la estación de metro, donde siempre suele recogerme David. Llevo toda la semana deseando que llegue este día.
Desde que hemos vuelto, solo hemos podido quedar dos tardes y las dos me han dejado con un sabor un tanto agridulce.
No porque haya pasado algo malo, sino porque apenas hemos tenido tiempo para estar juntos, que es lo que tanta falta nos hace para trabajar en nuestra relación.
Durante el fin de semana, le confesé mis temores y, al día siguiente, David me propuso que nos fuésemos a pasar el puente a una casa en la playa, en Valencia.
Y eso me tiene pletórica. Me alegra saber que ambos estamos en el mismo punto.
Así que hoy me he saltado la última media hora de clase para poder llegar a casa temprano y preparar la maleta antes de que volviese mi madre del trabajo.
Me he puesto un vestido ligero con estampado blanco y azul y una chaqueta de punto beis por encima, y al fin puedo lucir con una sonrisa mi sombrero de fieltro de ala ancha en color hueso con una cinta de turquesas y abalorios.
Es una de mis últimas creaciones y todavía no había tenido ocasión de estrenarlo.
Sin duda, ¡una escapadita romántica a la playa lo merece!
Mi tía me llama por teléfono y me apresuro a cogerlo sin dejar de mirar la carretera.
—¿Ya estás de camino? —pregunta al otro lado de la línea.
—Todavía no. Estoy en la parada, esperando a que me recoja.
—¿Has avisado a tu madre?
—Le he dejado una nota diciéndole que mi amiga Cata me ha invitado a pasar el puente en su pueblo, en Burgos.
Una mentirijilla piadosa, pero muy necesaria para que, tanto mi madre como yo, podamos disfrutar de unos días libres en paz y armonía. Mi tía emite un ruido cantarín que me da a entender que no está de acuerdo.
—Más vale que no os pase nada por el camino, porque entonces sabes que me veré obligada a contarle dónde estás —me advierte.
—No va a pasar nada. David es un buen conductor —afirmo.
—¿Te olvidas de que me he subido en el coche con él un par de veces?
—Me aseguraré de que no le pise demasiado. No nos pasará nada —rebato, poniendo los ojos en blanco.
—¿Llevas condones?
—¡Nanni! —exclamo—. Sabes perfectamente que estoy tomando la píldora. No necesitamos preservativos —remarco con firmeza, alejándome un poco del resto de gente que espera en la parada y bajando la voz.
—Los preservativos no previenen solamente el embarazo, y a saber con quién habrá estado ese en los últimos meses.
Resoplo enfadada..
—Si vas a empezar con eso, te cuelgo el teléfono —advierto, seria.
—Lo sieeeento —dice mi tía—. No diré nada más. Solo quería desearte un buen viaje. Espero de verdad que lo disfrutéis. Os vendrá bien pasar un tiempo juntos.
—Sí, eso es lo que pienso yo. Tengo que dejarte que ya viene —anuncio viendo el Cupra León rojo de David al final de la avenida.
—De acuerdo. Diviértete y envíame alguna foto para darme envidia.
—¡Hecho!
Cuelgo y no puedo evitar ponerme a saltar de la emoción.
Las alas de mi sombrero aletean conmigo, como si se alegrasen por mí.
Sin embargo, a medida que el coche se acerca y distingo las siluetas de otras tres personas dentro del auto, siento que mi entusiasmo se esfuma por momentos.
Con el mal presentimiento de que no es un «os acerco hasta allí de paso que voy a recoger a mi novia», reconozco a Cubi y Fer, los mejores amigos de David, y a Laura, la novia de Fer.
Cuando el coche se detiene delante de mí, me quedo congelada en el sitio, que viene siendo a la altura de la puerta trasera derecha. David se baja del coche y lo veo acercarse con una sonrisa. No estoy segura de si mi cara se ha quedado pálida o me estoy poniendo roja.
—Buenas tardes, preciosa —dice levantando el ala de mi sombrero y estampándome un beso en los labios—. ¿Estás lista?
La confusión me hace balbucear.
—Eh… sí… —contesto mientras él coge mi equipaje y va hasta el maletero.
Al abrirlo, mis peores temores se confirman. Allí hay tanta cosa que mi maleta no cabe por ninguna parte.
—¿Te has traído todos tus sombreros? —bromea David.
Me acerco a él y hago esfuerzos por bajar la voz.
—No sabía que seríamos tantos. Si lo hubiese sabido, habría intentado traer algo más pequeño —digo intentando ser diplomática.
—No pasa nada, babe —rebate con una sonrisa llena de confianza—. Si mi chica quiere llevar una maleta grande, lleva una maleta grande —añade dándome otro beso, antes de quitar la ristra de maletas y mochilas para meter la mía debajo.
Lo observo mientras redistribuye el equipaje dándole algunas mochilas a sus amigos, que protestan por la falta de espacio dentro del coche.
En mi interior, siento un creciente calor que me sube desde la boca del estómago a las mejillas.
Las preguntas que no estoy haciendo empiezan a quemarme, pero sigo allí, paralizada, quieta y callada como una idiota, hasta que él cierra el maletero, me da otro beso y me invita a subir al coche.
En la parte trasera. Junto a Fer y su novia.
Como una autómata, me deslizo en el escaso hueco que queda al lado de Laura y los saludo con un comedido «hola» mientras me las arreglo para cerrar la puerta.
—¡Pues ya estamos todos! —exclama David poniéndose el cinturón—. ¡En marcha!
El coche se incorpora a la circulación y en pocos minutos ya estamos en la autovía en dirección a Valencia.
Los primeros minutos transcurren en tensión.
Cada vez que alguno de sus amigos se dirige a mí para preguntarme algo, contesto con monosílabos.
Para más inri, sus preguntas son más que reveladoras.
—¿Qué, Mel? ¿Lista para darlo todo el sábado? Te habrás traído una bufandita o algo —dice Cubi desde el asiento delantero, ese en el que yo debería estar sentada en este momento.
—¿Una bufandita? —pregunto, sin salir de mi confusión—. ¿Es que vamos a la nieve o qué?
—¿A la nieve? —ríe Laura a mi lado—. No, mujer. Cubi se refiere a una bufanda del Barça. ¡Para el partido!
—¿El partido? —repito mirando a David por el retrovisor.
Sus ojos se encuentran con los míos. Lo veo mantener el contacto visual y arqueo las cejas en una pregunta silenciosa que cualquiera entendería a la perfección.
Por toda respuesta, aparta su mirada y se pasa los dedos por los labios, un gesto que sé que hace cuando algo lo pone nervioso.
—¡El fútbol! —exclama Fer—. Vamos a darle una paliza a esos valencianos en su propio campo.
—¿Es que David no te ha dicho nada? —pregunta Laura en voz baja.
—Pues se ve que no —murmuro conteniendo mi voz, antes de girar el rostro y perder mi vista en el paisaje.
El creciente cabreo que tengo por dentro me impide entablar conversación.
Para mí, en aquel coche sobran tres personas y, sin embargo, tengo la sensación de que la que sobra soy yo.
Cuantos más kilómetros avanzamos, más aumentan mis ganas de gritarle a David que salga de la autovía y me deje en la primera estación de tren.
En un instante, mi deseada escapada romántica ha sido sustituida por unos días encerrada en una casa con mi novio y sus amigos, con la única finalidad de ver un partido de fútbol. ¡De fútbol!
No puede importarme menos el dichoso partido. Detesto el fútbol. Nunca me ha gustado. Y tampoco me gusta el orangután en el que David se convierte cuando lo ve con sus amigos.
—Pongamos algo de música —dice David, intentando relajar el ambiente—. ¿Qué quieres escuchar, babe ? —pregunta, mirándome a través del retrovisor.
—¿Ahora mismo? Una explicación —le espeto, sin poder contenerme, enfrentando su mirada—, pero como imagino que de eso no tienes, me vale con Izal.
En el coche se hace el silencio. Uno de esos silencios pesados, que casi se pueden cortar con un cuchillo. Ese mismo cuchillo que yo siento clavado en mi espalda.
David resopla y sube el volumen de la música. Yo miro por la ventana y, de pronto, tengo la sensación de que las alas de mi sombrero parecen tan caídas como mi estado de ánimo.