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NICO
Termino de dar cuenta de mi bocadillo de tortilla mientras observo el ir y venir de la gente alrededor.
Cuando apenas me quedan un par de bocados para terminar, Biel irrumpe en la cafetería a su estilo, estruendoso pero elegante.
Lo veo buscarme con la mirada y, cuando al fin me ve, su expresión se relaja.
En un par de zancadas, lo tengo sentado enfrente.
—Siento llegar tarde —dice entre resoplidos, quitándose su americana azul marino—. El primer día todo el mundo quiere charlar. Ya sabes, tengo que cuidar a mis fans —añade con un deje exagerado.
—No pasa nada. Pide ya, porque igual te quedas sin comida —le advierto mirando el reloj—. De paso pídeme un café con leche, anda.
Lo veo acercarse a la barra mientras termino el bocadillo y, para cuando vuelve a sentarse, yo ya me estoy limpiando.
—Bueno, cuéntame —dice, dejándose caer sobre el respaldo de la silla en actitud relajada—, ¿qué tal ha ido tu primer día?
Muevo la cabeza trazando la forma de un infinito y me encojo de hombros.
—He sobrevivido —concluyo con una sonrisa.
—¿Y eso? ¿Los nervios? Te vi bastante tranquilo esta mañana —responde Biel, sorprendido.
Estoy a punto de contestar cuando capto algo unos metros más atrás.
Una joven acaba de entrar y se dirige a una mesa en la que hay un grupo pequeño de estudiantes terminando su comida.
Me quedo mirando aquel sombrero verde oliva con el que hoy me he topado muchas más veces de las que habría querido.
Ella se queda de pie junto a una de las chicas y le dice algo, sonriendo, al tiempo que le da un libro.
Observo cómo su compañera le ofrece asiento al otro lado de la mesa.
La veo resoplar y colocarse el pelo detrás de la oreja en un gesto dubitativo.
Entonces alza la cabeza y nuestras miradas se cruzan.
Sus ojos se quedan fijos en mí, paralizada por unos instantes.
Está demasiado lejos como para distinguirlos a la perfección, pero mi mente rebobina hasta esta mañana y recuerda aquel ceño fruncido que me dejó con un palmo de narices tras llamarme burro a la cara.
Sin ser muy consciente de lo que hago, decido continuar el juego y me acomodo en la silla sin apartar mi vista de ella, dejándole muy claro que, en este momento, tiene toda mi atención.
Mis labios se estiran en una leve sonrisa cuando advierto el rubor en su cara.
La he puesto nerviosa. Tal vez no debería sentirme tan satisfecho por eso, pero la verdad es que sus mejillas coloradas me complacen, al igual que la rapidez con la que se despide de sus compañeros para dirigirse a la salida, observándome de reojo.
Yo la sigo con los ojos sin ser capaz de borrar mi infantil sonrisa triunfal de la cara, a pesar de ser consciente de que me estoy portando como un auténtico crío.
Cuando la puerta se cierra tras ella, vuelvo a la realidad de mi mesa y mi mirada se cruza con la de Biel, que arquea una ceja dejándome claro que se ha coscado de toda mi silenciosa interacción.
—¿Vas a explicarme eso o tengo que pensar mal? —pregunta inclinándose hacia adelante y apoyando el codo sobre sus piernas cruzadas.
Si hay algo que le encanta es el cotilleo. Y yo no suelo darle mucho. A veces no sé por qué sigo siendo su mejor amigo con lo aburrida que es mi vida en comparación con la suya. Sacudo la cabeza y sonrío.
—¿Recuerdas la chalada que me tiró el café encima esta mañana? —digo. Biel asiente con la cabeza mientras da un mordisco a su sándwich completo—. Pues resulta que es una de mis alumnas en la clase de Ética.
Biel deja de masticar, abre los ojos como platos y explota en una carcajada, haciendo esfuerzos para no atragantarse. Me mira y hace un gesto apuntando a la puerta por la que ella acaba de salir, emitiendo un gemido con melodía interrogativa mientras termina de masticar. Yo asiento.
—La misma —confirmo—. No sé cuál de los dos se ha quedado más de piedra.
Biel traga y se echa a reír mostrando todos sus blanquísimos dientes.
—Pobrecita —dice, para mi sorpresa—. Me imagino la cara de «tierra, trágame» que habrá puesto cuando te ha visto aparecer por la clase. ¡Vaya forma de empezar el curso! —Me dedica una mirada traviesa y sonríe—. ¿Vas a ser malo?
—¿Qué? No… —exclamo entre risas. Sacudo la cabeza y me tomo un momento para dar un buen sorbo a mi café—.
Para ser honesto contigo, esta mañana yo también tuve parte de la culpa.
Realmente solo fue un accidente, y yo reaccioné como un energúmeno, así que no le dejé muchas opciones.
Sería un cabrón si le cogiese manía y abusase de mi posición de profesor por una mancha en la camisa, ¿no crees?
—Nicolás, siempre tan correcto —contesta Biel, poniendo los ojos en blanco.
—Es mi primer día como profesor. ¿En serio crees que debería enzarzarme ya en una guerra con una alumna? —le pregunto con una mirada condescendiente.
—Sí, sí, tienes razón, como siempre —concede—.
Deberías dejarlo pasar. Pero lo otro sería muchísimo más entretenido —añade con una sonrisa cómplice antes de dar un buen mordisco a su sándwich—.
Por la forma en la que ese pobre corderito te miraba, no me extrañaría que no se dejara ver por clase en todo el semestre.
—No le conviene —digo—. Si piensan que mi asignatura va a seguir siendo la “María” de cuarto, van listos.
—¡Uh! ¡Dando caña desde el primer día! —dice Biel, con alegría, dándome un codazo—. Me gusta este lado suyo, Señor Costa. Vamos, que el corderito no va a dormir esta noche de los nervios, pensando que ya ha suspendido una asignatura nada más empezar el curso.
—¿La conoces? —pregunto, interesado.
—¿Al corderito? Ah, cierto. Acabo de recordar que te parecía mona.
—¡Biel! —protesto incómodo, mirando a mi alrededor con disimulo—. Joder, que es mi alumna. Me vas a meter en un lío. Y deja de llamarle así.
—No puedo. Sabes que soy único poniendo motes —rebate Biel, ignorando mi nerviosismo—.
Fue alumna mía en Marketing Estratégico, el año pasado.
Pero si te soy sincero, no sé ni cómo se llama.
En esta carrera tenemos tantos estudiantes cada año que solo llegamos a conocer a unos pocos.
A esa la reconozco, porque trae siempre algún gorrito cuco puesto —explica—.
Pero del resto, pasa bastante desapercibida.
No es muy participativa en las clases ni en otras actividades de la facultad.
—Una niña de papá, entonces —concluyo sin poder evitar cierto tono despectivo—. Por qué no me sorprende.
—¿Una niña de papá? —pregunta Biel, extrañado.
—Me la encontré en mi barrio así que todo pinta a que vive por ahí. No es una zona barata precisamente.
—Bueno, tú también vives ahí y no es que seas multimillonario —puntualiza. Yo pongo los ojos en blanco.
—Ya, pero el resto me lo dice su actitud. Tenías que ver cómo se rebotó. Esta no está acostumbrada a que le echen ninguna bronca.
—¿El Nico razonable vuelve a tambalearse? Hace un rato decías que tú habías tenido parte de la culpa. ¿Vuelves a tener sed de venganza? —pregunta Biel con una mirada sonriente que me envía sobre el vaso del que bebe.
—No voy a vengarme —aseguro—. Ni siquiera voy a darle más espacio en mi cabeza del que ya le he dado hoy. Pero, para que veas: una fashionista , pija y chalada. Esa chica es lo más opuesto que hay a mi tipo.
Biel arquea una ceja, se encoge de hombros y pide un café.