Bajo todos tus sombreros –3–
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MEL

Las carcajadas de mi tía son tan escandalosas que la gente sentada en el resto de las mesas de la terraza del restaurante donde estamos comiendo nos echan una mirada un tanto molesta.

—¡No puedo creerlo! —dice, lagrimeando de la risa—. ¿En serio le echaste el café encima a tu profesor?

—Y le llamé borrego… —añado echándome las manos a la cabeza y tirando del faldón de mi gorro de pescador—. Estoy muerta. Justo en mi último año de carrera.

—Mujer, igual no te reconoció —dice mi tía intentando calmarse.

—Me reconoció. Además de mandarme una indirecta clarísima, me mandó quitar el sombrero… Seguro que quería ver bien mi cara para tenerme fichada —me lamento.

—¿Es un viejo carcamal? —pregunta mi tía mientras le da un bocado a su filete de ternera.

—¡Qué va! Es el profesor más joven de ADE. Acaba de empezar este año. Me ha dicho Vane que era estudiante de nuestra facultad.

—¡Uh! ¿Está bueno?

Le envío una mirada sarcástica a mi tía.

—Es mi profesor —replico.

—Que yo sepa eso no lo convierte en un alien. Sigue siendo un hombre, ¿no?

Ruedo los ojos y sacudo la cabeza en un vaivén, dándole la razón a regañadientes.

—¿Entonces?, ¿está bueno o no?

—La verdad es que es mono —reconozco, haciendo memoria—. Si no fuese porque es un gilipollas, me alegraría la vista en las clases de Ética.

—¿Por qué dices que es un gilipollas? —pregunta mi tía sin dejar de masticar.

—¡Se puso como un energúmeno en el bar! —exclamo, como si fuese más que evidente.

—Mel, le tiraste café hirviendo encima, ¿cómo querías que se pusiera?

—¿Pero tú del lado de quién estás? —salto, un tanto irritada.

—Del tuyo, siempre —asegura mi tía con firmeza—, excepto cuando te equivocas —añade, con la misma seguridad.

Pongo los ojos en blanco y como mi ensalada aderezada con una buena dosis de frustración.

En el fondo sé que tiene razón, pero mi día ha ido de mal en peor y a estas alturas me cuesta un mundo ser lógica y admitir mi propia torpeza.

Mi estado de ánimo va pasando del enfado a la autocompasión, por lo que mis bocados son cada vez más lentos y desganados. Mi tía me mira de reojo y se da cuenta.

—No te preocupes. Tanto tú como ese maestro habéis tenido un mal día.

Si es un chico tan joven y ya es profesor universitario, seguro que es lo suficientemente maduro como para no guardarte rencor.

No querrá empezar su primer año teniendo problemas con ningún alumno.

Y además, con tantos que sois, no llegará a saber ni quién eres —dice mi tía intentando tranquilizarme—.

Y hablando de evitar problemas en los nuevos inicios…

¿Cuándo vas a contarle a tu madre que has vuelto con David?

—No hace ni veinticuatro horas que hemos vuelto, Nanni, ¡déjame respirar un poco! —digo, sintiendo que empiezo a quedarme sin aire del agobio.

—Te lo pregunto porque como decías que tienes tan claro que quieres estar con él… Sabes que, si la relación avanza, tarde o temprano tendrás que contárselo. Y no le va a gustar nada.

—Ya lo sé, pero no es ella quien tiene que decidir. Ya he estudiado lo que ella quería. Debería estar contenta con eso, ¿no? ¿Qué más le da con quién esté?

Mi tía me mira por encima de unas gafas imaginarias y no necesita ninguna palabra para hacerme poner los ojos en blanco otra vez. Sí, me estoy autoengañando. Sé de sobra que mi madre va a poner el grito en el cielo.

Hace ocho años, mi padre tuvo una aventura con otra mujer, por la que terminó abandonando a mi madre y con la que actualmente vive en Francia.

Después de eso, ella se volvió tremendamente desconfiada con los hombres y especialmente sensible a las infidelidades.

Así que me va a costar explicarle por qué he decidido volver con el exnovio que me puso los cuernos con una de mis amigas del instituto.

Prefiero no pensarlo demasiado, no vaya a ser que no me lo explique ni a mí misma.

—Por el momento, no necesita saberlo. Y más adelante, ya veré —concluyo—. Creo que ya hemos hablado suficiente de mí. Todavía no me has contado cómo te fue a ti con el bombero —digo deseando cambiar el foco de la conversación hacia otra víctima.

La sonrisa de mi tía me indica que a ella no le molesta lo más mínimo tomar el relevo.

—¡Oh! —exclama, llevándose la mano al pecho con una expresión de intensa felicidad—. ¡Qué hombre, Melania! Te aseguro que los bomberos no solo apagan fuegos. ¡También saben encenderlos!

Me río mientras la escucho hablar de su último encuentro amoroso.

No puedo evitar sentir un poco de envidia sana por la fogosidad con la que mi tía terminó aquella cita.

Era exactamente como me había imaginado que acabaría mi noche ayer.

En los últimos meses, he fantaseado varias veces con nuestra reconciliación, y con el sexo que vendría tras ella.

Sobre todo porque los otros tres chicos con los que me acosté desde entonces fueron una decepción total.

Y cada una de esas decepciones me acercó un poco más a la decisión de perdonar a David.

Porque con ninguno de ellos sentí algo ni remotamente parecido a lo que tenía con él.

Y, sin embargo, algo anoche no encajó tan bien como solía hacerlo antes.

Intento no pensar en ello recordando las palabras de mi tía: tiempo. Necesitamos tiempo para volver a construir esa confianza. Y estoy dispuesta a conseguirlo. Por el recuerdo de lo que tuvimos. «Y también por los abdominales que se ha marcado ahora», bromeo para mis adentros.