Bajo todos tus sombreros –2–
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NICO

Esta no era la forma en la que planeaba empezar esta mañana, pero la vida es así. Impredecible. Intento sacudirme el mal humor mientras abro la puerta de la facultad.

La algarabía propia del primer día de clases no decae en su interior, al contrario. La cafetería, abierta en mitad de aquel gran atrio rectangular al que dan las distintas aulas, está a rebosar, a pesar de que el grueso de los estudiantes está en el bar del edificio principal.

Veo a Biel sentado en una gran mesa junto a una mujer que parece tener nuestra edad. Verlo me relaja al momento. Es el efecto que tienen esos miembros de la familia que uno va eligiendo.

—¡Por fin llegas! —dice mi amigo con una sonrisa, haciéndole una señal al camarero para que se acerque—. ¿Qué te ha pasado? Jamás creí que Nicolás Costa hiciese pellas en su primera presentación como profesor universitario. Verlo para creerlo.

—Ni me lo recuerdes —contesto, abochornado, quitándome la americana y dejándola sobre el respaldo de la silla—.

Un cortado, por favor —pido al camarero mientras me siento—.

Me paré a desayunar en el bar de la esquina y una chica me tiró el café encima.

Tuve que volver a casa a cambiarme y a ponerme un poco de crema. Todavía me escuece toda la piel.

Para sorpresa de nadie, Biel se ríe a carcajadas ante la anécdota.

—¿Pero qué le hiciste?

—¿Por qué siempre piensas que he hecho yo algo? Era una desconocida. No le hice nada. La chica estaba en las nubes y se chocó conmigo al darse la vuelta.

—¿Estaba buena? —pregunta Biel con expresión interesada.

—Era mona —contesto mientras echo azúcar en el café—, pero era una loca descerebrada, y eso le quita todo el encanto. ¿Te puedes creer que me llamó borrego? ¿Después de tirarme el café encima? En serio, una chalada.

—Tu tipo, entonces.

Me paro a medio camino de dar el primer sorbo a mi café y mi expresión se contrae, frunciendo el ceño.

—¿Desde cuándo ese es mi tipo? —pregunto extrañado a Biel—. Todas mis novias han sido siempre chicas responsables y más bien tímidas.

—Y por eso las has dejado a todas —responde Biel con un gesto de obviedad, sonriendo. Pongo los ojos en blanco y doy un sorbo a mi café.

—Y hablando de chicas responsables, aunque no tan tímidas —dice, volviéndose hacia la mujer que está sentada a su lado—, te presento a Anabel. Va a ser compañera tuya este año.

Dejo la taza sobre el platillo y me levanto a dar los dos besos de rigor a la mujer a la que llevaba un rato observando por el rabillo del ojo.

—Disculpa que haya sido tan descortés —digo, sonriéndole. No quiero quedar como un soberbio con mis compañeros en mi primer día—. ¿Tú también das clase en ADE?

—Así es —dice ella volviendo a sentarse—. Imparto Gestión de proyectos.

—Además de ser otra de las tutoras para los de Proyecto Fin de Carrera —añade Biel cruzando una mirada resignada con ella. Él también va a ser uno de los tutores, además de impartir una de las optativas de Marketing .

—¿Llevas mucho tiempo como profesora? Pareces muy joven —le digo, marcándome un cumplido disimulado que le provoca una sonrisa complacida.

—En realidad, este es mi tercer curso, pero me ha tocado pringar. En cuanto a lo de que parezco joven… no sé qué decirte.

—Esos modales, Nico. Ya deberías saber que no se pregunta la edad a una mujer —interviene Biel con un gesto condescendiente que me hace sentir ligeramente abochornado. Ella se ríe, rebajando la tensión. Tiene una sonrisa agradable.

—No te preocupes, no me molesta —dice.

—Anabel es de mi quinta —añade Biel—, ¿verdad?

—Acabo de cumplir los treinta y cuatro. ¿Intuyo que tú también tienes más o menos la misma edad que nosotros? Biel me ha dicho que os conocéis desde el instituto.

—Sí, aunque no íbamos en el mismo curso.

Nico es un yogurín. Aún no ha cumplido los treinta —dice Biel con cierto tono burlesco.

Él es tres años mayor que yo—. Nos conocimos en las clases extraescolares de ajedrez.

A mí se me daba de pena pero mi padre insistía.

Y para Nico lo que enseñaban en clase no era suficiente.

Con decirte que cuando él estaba en primero de carrera se colaba como oyente en algunas de nuestras clases de cuarto sin que el profesor se enterase.

Anabel suelta una carcajada incrédula y me mira como si fuera un bicho raro.

—Qué aplicado —dice ella en un deje admirado—. ¿Y qué haces cuando no estás estudiando? ¿Te reservamos silla aquí en los descansos o vas a seguir colándote en otras carreras?

—No más carreras. —Hago un gesto rotundo con la mano—. Creo que ya he tenido suficiente de estudiar. Y sobre todo de pagar. Es hora de ir llenando la cuenta de ahorros.

—Pero cuando te ingresen el primer sueldo nos vamos de copas, ¿eh? —dice Biel.

—¿Yo también puedo apuntarme? —pregunta Anabel con una sonrisa.

—Claro, darling —responde mi amigo.

Ella me mira directamente, y su mirada me hace intuir que está pidiendo mi permiso para unirse a la celebración, así que asiento con la cabeza mientras me bebo el resto del café.

—Pero no pienso invitaros a todos, o me dejaréis la cuenta temblando nada más cobrar —advierto.

—Tacaño —murmura Biel.

—Aprovechado —respondo en voz alta, arqueando una ceja.

Ambos sonreímos.

Charlamos un rato más para hacer tiempo hasta que Biel se despide para dar su primera clase del curso.

Anabel y yo nos quedamos hablando un rato más.

Es una mujer de conversación fácil y pronto me doy cuenta de que ya ni siquiera recuerdo el mal humor con el que llegué a la facultad.

Si mi vida a partir de ahora se va a aderezar con una charla entretenida con Biel y compañeros como Anabel cada mañana, entonces no tengo nada de lo que quejarme.

Cuando dan las doce menos cuarto, me despido de ella y me dirijo al edificio principal. En diez minutos empieza mi clase: Ética y responsabilidad social.

Esta mañana estaba nervioso. Es mi primer día como profesor y por dentro lo siento como si fuese el primer día como estudiante.

Pero la facultad no puede resultarme más familiar y eso ayuda a aparentar una calma que no es del todo cierta.

Yo también he sido alumno aquí. Lo último que quiero es que los estudiantes me vean inseguro y me pierdan el respeto desde el principio.

Así que entro en la clase sin coger aire, como si lo hubiese hecho ya miles de veces.

—Buenos días —digo mientras recorro el pasillo con la mirada fija al frente—.

Disculpad que no haya podido estar en la presentación.

—Camino hasta mi mesa, la mesa del profesor, y dejo la chaqueta sobre el respaldo de la silla.

Solo entonces me permito levantar la mirada y barrer la sala, marcándome una sonrisa llena de confianza—.

Tuve un pequeño… —La sonrisa se congela en mi cara— percance.

Mis ojos se han clavado en un rostro de la quinta fila, oculto tras un gorro de pescador color verde oliva, bajo el que unas mejillas han adquirido un tono rojo intenso.

Ambos, rostro y gorro, se hunden lentamente en la silla, tratando de empequeñecerse y pasar desapercibidos, pero es tarde para eso.

Me doy cuenta de que la clase se ha quedado completamente en silencio. Aparto la mirada y echo a caminar alrededor de la mesa, sintiendo que la piel irritada por el café vuelve a arder otra vez. Debería empezar a dar la clase ya. Debería.

—Esta mañana me… tropecé… de camino a la facultad —digo, aunque no debería decirlo—.

Y me ensucié —aclaro con un aspaviento exagerado—.

Tenía que estar presentable, así que tuve que ir a cambiarme—.

Me detengo al lado de la silla y me apoyo en ella, cruzando una pierna en una pose más desenfadada de lo que debería—.

¡Qué le vamos a hacer! Es que soy un poco borrego a veces.

Unas manos menudas tiran del sombrero de pescador hasta que los ojos se ocultan totalmente, y solo se ven aquellas mejillas cada vez más rojas.

—Y hablando de estar presentable, os agradecería que no utilizaseis gorros dentro del aula.

Se hace el silencio y me doy cuenta de que mi mirada se ha quedado clavada de nuevo en la quinta fila.

Aquellas manos menudas deslizan el gorro verde oliva, que deja al descubierto una media melena castaña y unos ojos que, aunque están demasiado lejos como para poder distinguir su color, me miran como un cordero miraría al cuchillo del matarife.

En silencio, me siento y abro mi bolso, dándome cuenta con amargura de que he dicho que una de mis alumnas es mona. «Bravo, Nico. Estrenándote por todo lo alto».