Bajo todos tus sombreros
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–1–
MEL
¿Has tenido la sensación alguna vez de que deberías estar feliz, pero no lo estás y no eres capaz de explicarte por qué? ¿De que tienes un día de mierda aunque todo apunta a que deberías estar dando saltos de alegría?
Pues así es como me siento hoy. Y detesto esa sensación.
Por supuesto que no ayuda el haber discutido con mi madre antes incluso de un desayuno que no he llegado ni a tomar, aunque eso ya empieza a ser tan habitual que no suele ni descolocarme.
Y, para ser honesta conmigo misma, la discusión de hoy ha sido culpa mía y ni siquiera sé por qué.
Soy consciente de que la falta de café juega en mi contra, pero mientras miro el reloj con impaciencia, sentada en el vagón de la línea roja, no puedo evitar tener la sensación de que hoy, precisamente hoy, la falta de cafeína no debería importarme lo más mínimo.
Lo bueno de haber dado un portazo a las siete y media de la mañana, es que todavía tengo tiempo de tomarme ese café con la persona que suele surtir en mí el efecto contrario a mi madre: mi tía Nanni.
Así que me bajo en Sants y subo corriendo por la calle de Joan Güell murmurando maldiciones dirigidas al maravilloso sol mañanero del que, justo hoy, no me apetece disfrutar. ¿Por qué el tiempo nunca se pone de acuerdo con mi estado de ánimo? ¿Dónde están las nubes cuando se las necesita?
Me dirijo corriendo a la cafetería de la esquina a por dos cafés para llevar. Si en algo coincidimos mi tía Nanni y yo, además del nombre, es en que ninguna de las dos funciona como es debido sin el primer café de la mañana.
La chica que me atiende tiene una sonrisa de oreja a oreja.
Amplia, cálida, de esas que iluminan el bar y atraen las propinas.
Exactamente igual a la que yo debería tener.
Una sonrisa que diga: «Mírame, hoy empiezo el último curso de mi carrera y ayer eché el polvo de mi vida tras reconciliarme con mi guapísimo novio».
Debería. Pero en vez de eso, tengo el pelo sucio, llevo un gorro de pescador bajo un sol radiante y mis ojeras no gritan «sexo desenfrenado», sino «comedura de olla».
Así que, inmerecidamente, gruño a la chica cuando me dice el precio con expresión alegre y me dispongo a pagar.
Para cuando escucho su cantarín «que tengas un buen día», mis ganas de salir de allí son tan anchas como aquella luminosa sonrisa suya.
Me guardo la cartera, cojo los dos cafés y me doy la vuelta de golpe, mordiéndome la lengua para no soltar alguna bordería.
No he terminado de girarme cuando me choco de bruces con alguien y la tapa del café que todavía sostengo en la mano izquierda se abre, desparramando magma líquido y aromático sobre una impoluta camisa azul claro y, de paso, sobre mi mano.
Dejo escapar un grito de dolor y mis labios desaparecen en una línea fina que contiene la bomba atómica a punto de salir de mi boca mientras miro la cara del hombre que se sacude mi café de la camisa entre siseos.
Nuestras miradas se cruzan y, por un instante, se hace el silencio absoluto en la cafetería.
Un segundo en el que todo el mundo contiene la respiración.
En sus ojos castaños puedo ver exactamente el mismo cabreo que hay en los míos.
Intento aguantarme. En el fondo —muy en el fondo—, sé que yo he tenido parte de la culpa.
Gran parte. Quizá toda la culpa. La torpeza es tan común en mi día a día como lo son mis sombreros.
Pero hoy no soy razonable. No estoy de humor y no me he tomado mi café.
Ese mismo café que ahora está goteando desde una camisa, que ya no parece azul, hasta el suelo de la cafetería.
—¡¿Es que no miras por dónde vas?! —explota él, con la expresión contraída en una mueca acalorada.
—Lo siento… —murmuro, en un ejercicio de autocontención, mientras me chupo el café de la mano enrojecida—. Voy con prisa y…
—Son las ocho y media de la mañana, ¡todos vamos con prisa! —rebate él, interrumpiéndome—. Mierda, ¡mira cómo me has dejado la camisa! ¡Joder!
A medida que él añade más y más improperios a su retahíla, yo puedo sentir cómo el amargo sabor de boca que llevo notando toda la mañana se vuelve cada vez más ácido, y la ausencia del efecto calmante de esa cafeína que la camisa azul se ha tomado por mí empieza a acumularse.
—¡Maldita sea! Ahora voy a tener que ir a cambiarme y voy a llegar tarde. ¡Te habrás quedado a gusto!
Su expresión me reta directamente. «Oh, no, Melania».
Ahora sí que no. Es esa mirada. Esa mirada de regañina que tanto detesto.
La misma mirada que pone mi madre cuando me trata como a una adolescente que todavía no entiende las cosas.
Pero esta Melania ya no es una adolescente, aunque a su madre le cueste entenderlo.
Y esta Melania no se calla. Esta Melania… estalla.
—¡Pues sí, mira tú por dónde! ¡Me he quedado de puta madre! Sin café, eso sí, ya que se lo ha bebido la camisa de un borrego. Y por mucho que yo mire por dónde voy —le espeto abriendo la puerta—, ¡la carne de burro no es transparente!
Con la adrenalina que da el quedarse a gusto, subo a zancadas por la calle hasta llegar al portal de mi tía y llamo al telefonillo. Aunque tengo mi propia copia de la llave de su piso, prefiero timbrar, no vaya a ser que la interrumpa en algún escarceo y vea lo que no necesito ver.
Subo las escaleras hasta llegar a la segunda planta y me encuentro con unos ojos claros que me observan entre alegres y alarmados.
—¿Un bucket con el sol que hace hoy? —dice señalando mi gorro de pescador color verde oliva—. Esto debe de ser grave.
Mi tía me conoce mejor que nadie. Mejor que mi propia madre. Y sabe que mi elección de sombrero diaria no suele depender del clima ni del color de mi ropa, sino más bien de mi estado de ánimo. Así, aunque el tiempo no se ponga de acuerdo conmigo, al menos mi cabeza sí lo hace.
Llego a su altura y suelto un enorme resoplido, le dedico una mirada condescendiente y le tiendo el vaso que todavía porto en mi mano derecha.
—Aquí tienes tu café. El mío se lo eché encima por accidente a un gilipollas…
—Pasa, anda. Será mejor que te prepare uno, aunque no sea tan bueno como el del bar de abajo —me dice mi tía antes de coger el vaso y darme un beso en la mejilla.
—No tengo mucho tiempo. En media hora tengo la presentación del curso en la facultad —le aclaro mientras dejo mi enorme bolso de tela en el suelo y me dejo caer en la butaca.
Escucho a mi tía en la cocina darle un sonoro sorbo a su café, al tiempo que introduce una pequeña cápsula en su cafetera.
Mis manos se frotan nerviosas contra los brazos del asiento mientras espero a que venga.
Cuando lo hace, me tiende una taza y se sienta en medio del sofá a mi derecha, da un largo sorbo y me mira por encima del vaso.
—Después de la conversación que tuvimos ayer por la tarde antes de tu cita con David, di por sentado que ibas a volver con él, pero por la cara que traes, intuyo que entraste en razón en el último momento —dice terminando la frase con cierto tono interrogativo.
Le dedico una mirada molesta. Me sigue fastidiando que mi tía le tenga tanta manía a mi exnovio. Quiero decir, a mi novio.
—Pues sí, hemos vuelto —rebato con voz firme—. Ya sé que no te hace ninguna gracia, pero más te vale que te hagas a la idea.
Mi tía arquea ambas cejas a la vez.
—¿Y entonces por qué traes esa cara? Cualquier chica que acabase de empezar una relación con el chico del que supuestamente está enamorada, estaría flotando en una nube al día siguiente.
Me hundo contra el respaldo y tiro de mi gorro con ambas manos hasta que casi me cubre los ojos. Por qué. Eso me gustaría saber a mí. Porque yo tampoco lo entiendo.
—¿Es la regla? No me digas que te bajó la regla ayer y no pudiste echar el polvo de reconciliación.
Miro a mi tía con cara de protesta y me dan ganas de echarme a reír al ver más empatía en su expresión tras ese comentario de la que ha tenido en los cinco minutos que llevo en su casa.
—No, no es la regla —contesto.
—¿Pero no hubo revolcón?
—Sí, sí hubo revolcón. No es eso —digo, me levanto nerviosa y empiezo a deambular por el salón—.
En realidad, no sé qué es. Debería estar de buen humor.
He vuelto con David, por fin voy a terminar esta maldita carrera y después podré dedicarme a lo que me dé la gana.
Pero casi no he pegado ojo en toda la noche.
Y, claro, he discutido con mamá esta mañana.
—¿Qué mañana no discutes con tu madre?
Miro a mi tía y pongo los ojos en blanco en respuesta a su tono condescendiente.
—¿Cómo fue el polvo…? —pregunta ella con una leve sonrisa oculta en el elegante sorbo con el que deja su frase en el aire.
—Tienes que ver los abdominales que se ha sacado David —digo, recordando con un suspiro el momento en el que le quité la camiseta anoche—. No sé qué habrá estado haciendo en los últimos meses, pero ha dado resultado.
—Yo puedo hacerme una idea de lo que ha estado haciendo… —rebate mi tía disimulando la acidez de su sarcasmo en otro sorbo mientras aparta la mirada.
Ahí está, otra vez, el dedo en la llaga. En la herida de la infidelidad. Una herida que estoy intentando cerrar, pero mi tía se empeña en levantar la esquina de la tirita constantemente.
—Nanni… —protesto con firmeza—. Por favor. Acabo de volver con David y quiero dejar esa parte atrás. Me vendría bien tu ayuda y no que me lo estés recordando cada vez que tienes ocasión.
—¿Y no será que eres tú la que no puede olvidarlo?
Me quedo quieta, mirándola en silencio, intentando que mi cara no muestre la exasperación que siento.
Porque esa misma pregunta me la he estado haciendo yo toda la noche.
Porque ayer, después de meses en los que no he parado de suspirar por el sexo desenfrenado que David y yo compartíamos, me fui a dormir más fría que una noche en el desierto, con hambre y con la inseguridad de haber tomado la decisión correcta como tentempié de medianoche.
—Siéntate y tómate el café, anda —dice mi tía.
La obedezco. Me siento y casi vacío la taza del tirón, dejando que el aroma, el sabor y el calor de la bebida me relajen.
—Le quiero, tía… —digo con un hilo de voz.
—¿A él o a sus abdominales?
—¡Tía Nanni! —protesto—. Lo digo en serio. Lo he echado mucho de menos y lo sabes. Quiero que esto funcione.
—Vale, vale —dice ella, resoplando, antes de dejar su vaso sobre la mesa con ceremonia y adoptar su postura de psicóloga que está a punto de exponer sus conclusiones—.
Si quieres que tu relación funcione, vas a tener que trabajar en ella.
Los dos vais a tener que hacerlo. Es normal que no estés dando saltos de alegría como una muchachita enamorada.
Aunque lo quieras, lo vuestro ya tiene una historia pasada, en la que hay muchos momentos buenos que te han hecho extrañarlo, pero también dolor que hace que, consciente o no, entres en esta nueva fase con miedo.
Él traicionó tu confianza y, aunque le hayas dado otra oportunidad, esa confianza todavía no se ha reconstruido del todo.
Tendréis que ir poco a poco y trabajar en eso.
Los dos. Y además… —dice cambiando de postura y recostándose contra el respaldo del sofá—, ¿ya sabes qué es lo que quieres hacer cuando acabe este año?
Mierda, mi tía me conoce demasiado bien.
—Estudiar Diseño de Moda —digo intentando sonar convincente.
—¿Sigues con esa idea?
—Sabes que es lo que siempre he querido hacer. Si no estoy estudiándolo ahora mismo es porque mi madre se salió con la suya. En lo único en lo que se han puesto de acuerdo mis padres desde que se han divorciado es en cargarse mi futuro.
Mi tía me mira en silencio y me da un momento para que mi creciente frustración se asiente.
—¿Te ves con energía para estudiar otra carrera desde el principio?
—pregunta, al fin—. Sabes que esa carrera tendrá muchos gastos.
Tus padres accedieron a permitirte estudiarla si terminabas primero ADE, pero eso significa que tendrás que continuar viviendo con tu madre al menos durante otros cuatro o cinco años…
Le dedico una mirada lastimera y trago saliva. Sí, eso es exactamente lo que me temo. Y la sola idea me asfixia.