Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE V #9
97%

PARTE V #9

La besó. La nieve seguía cayendo. Detrás de ellos, Ranger resopló con aire de enorme paciencia, y en algún sitio, en el interior de la cuadra vieja, algo se movió en la paja: un caballo nuevo, o un gato, o simplemente el silencio de un lugar que ha estado esperando mucho tiempo y por fin tiene dentro a alguien.

Cuando se separaron, ella tenía copos en las pestañas y él, en el sombrero. Se quedaron un momento frente a frente, con las frentes juntas.

—Ethan. —Dime. —Me debes un baile. —¿En el pasto bajo? —No hay música. —Ya la he oído.

Clara se rió. Y entonces, a media tarde, bajo la nieve que caía sin viento sobre una cuadra vieja con el nombre de un caballo escrito en la puerta, Ethan Walker, que no bailaba nunca, tomó a la mujer a la que quería de la mano y se puso a tararear, desafinando, una cancioncilla sin letra que había aprendido en un porche.

Ella se unió. Bailaron despacio, sobre la nieve fresca, dejando huellas torcidas, hasta que se hizo de noche.

EPÍLOGO

* * *

La verja de Aguanieve tenía un cartel nuevo y una cadena nueva y un buzón con un caballo pintado a mano, y a las cuatro y veinticinco de una mañana de mayo, Clara Bennett cruzó el patio con un termo en la mano y la sensación de ser la persona más afortunada de la tierra.

Hacía poco más de un año que había llegado a Silver Creek con un Subaru agonizante, doscientos noventa y tres dólares y una maleta de cuadros desteñidos. No lo había planeado, pero lo había contado: un año y unas semanas, entre aquel aguanieve y esta luz.

El pasto bajo había cambiado. Todavía se llamaba así en la cocina de Margaret, pero ya no era un pasto.

Era un lugar. Tenía una cuadra de tablones lijados, con ocho boxes y una chimenea.

Un corral redondo nuevo, de postes de pino, que Ethan y Cole habían levantado en dos fines de semana con una torpeza tan cómica que Noah les había hecho un vídeo con el teléfono de Travis.

Un abrevadero. Una caseta de herramientas.

Y, bajo un álamo temblón, junto al arroyo, una cabaña de dos habitaciones que no era la de los peones, sino suya: construida, o mejor dicho reconstruida, durante el invierno, con ayuda de la cuadrilla entera y con un cerrojo que Clara no había echado ni una sola noche.

Había siete caballos. Dos eran de la casa: Juniper, que ya no era una yegua sino una compañera, y Aguanieve, que de potrillo se había convertido en un adolescente huesudo con una cabeza demasiado grande y la misma mirada que ella.

Cinco eran de otros. Un viejo castrado con miedo a las puertas.

Una yegua baya que había mordido a tres dueños.

Un potro de dos años al que nadie había visto levantar la cabeza.

Un percherón dormilón. Una poni de feria,

de dieciséis años, que había llegado en un remolque desde un circo de Idaho con el pelo en mal estado y los ojos de quien ha visto mucho.

Las personas que los habían traído se sentaban a veces en el borde de la valla a mirar. Clara no les decía nada. Les servía café.

Era lo que sabía hacer. Había cosas que no había salido como esperaba.

Julian no había vuelto a escribir. La orden de protección seguía vigente, y nadie había intentado quebrantarla, y en los días malos, que todavía llegaban, Clara lo recordaba como se recuerda una enfermedad superada: sin rencor, con respeto, con los ojos bien abiertos.

Beth había pasado la Navidad en Silver Creek y se había marchado llorándose con una bolsa de pasteles de Dolly.

Había prometido volver en verano. Había hablado mucho, durante aquellos días, con un vaquero alto y desgarbado llamado Travis Hale, y Clara, que veía lo que veía, no había dicho nada.

Ethan seguía yendo a Billings los jueves. A veces volvía callado. A veces no. Había aprendido a decir «tengo miedo» en voz alta, y Clara, a escucharlo sin hacer nada, y los dos aprendían, todavía, día a día, y no siempre bien.

Pero tenía sus noches. No todas. Había noches en que Clara dormía en su cabaña, sola, con la ventana abierta y la certeza de poder.

Había noches en que él cruzaba la nieve, o el barro, o la hierba, con un termo y una pregunta, y ella decía que sí o que no, y tenía derecho a decir las dos cosas.

Y había noches, la mayoría, en que era ella quien cruzaba, a oscuras, hacia la casa grande, por un camino que ya conocía con los ojos cerrados.

* * *

Esa tarde había fiesta.

No era una gran cosa. Era el primer aniversario, o más bien el primer año de algo que nadie sabía cómo llamar, y Margaret, que había decidido que los rituales se hacen para cumplirse, lo había organizado con una eficacia de general: mesas de caballete bajo los álamos, cuarenta platos de pollo frito, una tarta de ruibarbo de tres pisos, una nevera con cerveza y té helado y, en un extremo, una pila de cartas con una nota pegada: Hank. Hoy.

Había vecinos, y amigos, y gente que Clara no conocía y que la saludaba con una familiaridad extraña. Dolly lloraba en una silla de jardín. El viejo castrado se dejaba acariciar por tres niños. Noah, subido a un cubo, daba un

Epílogo

discurso que nadie había pedido sobre la importancia de las bisagras. Sarah, con un vestido de flores que le quedaba ridículamente bien, hablaba con Hank de caballos, y con Margaret de vacunas, y con Cole de nada.

Cole. Clara lo observó desde la sombra del álamo, con un vaso de té helado en la mano.

Estaba apoyado en una valla, con las manos en los bolsillos y el sombrero calado, y miraba a Sarah.

No hacía nada. Solo miraba, con una expresión que ella ya había visto en otra cara, en otro patio, hacía casi un año.

Sarah se acercó a él hacia las siete, con el vaso en la mano.

Hablaron. Fue una conversación corta. Clara no oyó las palabras, pero vio cómo él bajaba la cabeza, cómo ella le decía algo, cómo él asentía, muy despacio, sin mirarla.

Vio cómo Sarah se alejaba, hasta su todoterreno, y cómo se volvía un momento, una sola vez, con la mano en la puerta.