PARTE V #10
Cole no se movió. Se quedaron los dos así un segundo, a diez metros de distancia, uno con la mano en el coche, el otro con las manos en los bolsillos.
Después ella subió. El motor arrancó. Las luces traseras se perdieron por el camino de grava entre una nube de polvo dorado, y Cole siguió mirándolas, mucho tiempo después de que ya no hubiera nada que mirar.
Clara sabía lo que acababa de pasar. Lo supo por el modo en que Margaret, junto a las mesas, dejó de moverse un instante.
Por el modo en que Hank, de espaldas, se inclinó sobre su bastón.
Sarah había dicho algo, en una frase corta, y no era un adiós, pero se parecía.
Algo con una ciudad dentro. Un puesto en Bozeman.
Una oferta que tenía hasta junio para contestar.
Y Cole no la había seguido. Era un hombre grande y ruidoso al que nunca le faltaba una respuesta, y se había quedado inmóvil en un patio, viendo irse unas luces, sin hacer nada.
No es lo que Ethan habría hecho, pensó Clara. Ni lo que habría hecho hace un año.
Pero Cole no había aprendido todavía lo que su hermano sí. Que a veces quedarse quieto no es no hacer nada. Y que a veces, para amar a alguien, hay que acercarse, preguntando, antes de que se haya ido del todo.
Lo sabía ella. Aquel hombre todavía no. Se quedó mirando el polvo que bajaba. Era una historia, pensó, que no era la suya. Y que algún día alguien tendría que contar.
* * *
Se fueron los últimos a medianoche.
La casa de Margaret quedó en silencio, y los corrales, y la cuadra, y todo el valle con su inmensa quietud de mayo, bajo un cielo tan lleno de estrellas que parecía mentira.
Ethan y Clara se quedaron sentados en el porche del pasto bajo, en el escalón de la cabaña nueva, con una manta por encima de los hombros y una taza de café por cabeza.
No hablaron durante mucho rato. Era una noche tibia.
Olía a hierba, a agua, a madera recién cortada.
Desde los boxes llegaba un sonido tranquilo, de siete caballos durmiendo, y Cooper, que había decidido hacía tiempo de qué lado de la casa se vive mejor, dormía a sus pies con la barbilla sobre la bota de Ethan.
—Hace un año —dijo él. —Hace un año. —Llegaste con aguanieve.
—Y me quedé. —Y te quedaste. —Ethan sonrió a las estrellas—.
No me lo creo todavía. —¿Qué es lo que no te crees?
—Que lo hayas elegido. Todas las mañanas.
—La miró—. Cada vez que te veo cruzar el patio pienso: ha decidido volver. Hoy también.
—¿Y eso te parece raro? —Me parece un milagro. —No es un milagro, Ethan. —Clara apoyó la cabeza en su hombro—. Es una costumbre.
—¿Las costumbres no se eligen? —Se eligen cada día. —Cerró los ojos—. Es lo más difícil y lo más sencillo que hay.
Hubo un silencio largo, cálido. —¿Puedo? —dijo él, muy bajo, con la mano suspendida junto a su mejilla.
—Sí. La besó despacio, con una dulzura grave, de quien tiene toda la vida por delante y ningún miedo. Ella le puso las manos en el pecho. Sintieron cómo la manta resbalaba, cómo el aire fresco de la noche les llegaba al cuello, cómo
Epílogo
el corazón de él, bajo la camisa, latía con una fuerza tranquila, y Clara pensó: esto es lo que se siente cuando se llega a casa.
Se levantaron sin hablar. Cooper levantó la cabeza, los miró con el aire de quien lo ha visto todo, y volvió a apoyarla en la bota, ahora vacía.
La puerta de la cabaña se cerró con un golpecito suave.
No tuvo cerrojo. Dentro, a la luz de una sola lámpara, Ethan le quitó el gorro de lana y le soltó el pelo, que ya le llegaba por la cintura, con una atención que no había perdido en un año.
Le preguntó con la mirada. Ella dijo que sí con la boca, con las manos, con todo el cuerpo.
Se desvistieron despacio, sin prisa, entre risas bajas y besos largos, con la torpeza dulce de quien se conoce y se sigue descubriendo.
Hubo un momento en que ella le tomó la mano y se la llevó a los labios, y él, mirando la cicatriz casi invisible que le cruzaba la muñeca, la besó tres veces, sin decir nada, y ella no lloró, pero sonrió con los ojos muy brillantes.
La noche fue larga y fue suya. Cuando por fin el sueño los alcanzó, abrazados en una cama que ya no crujía, con el viento de mayo moviendo apenas las cortinas, Clara se quedó un momento mirando el techo de madera clara.
Pensó en una verja bajo el aguanieve. En un hombre con el sombrero goteando. En un cartel pintado a mano que decía LLAME ANTES.
Sonrió. Había llamado. Ahora lo sabía. Había llamado desde una cabina de Dakota del Norte, con la voz más firme que encontró, y alguien al otro lado había contestado, sin hacer preguntas, sin decir nada, y le había dejado un sitio.
No había nada más que decir. En algún lugar, entre las estrellas y los álamos, el arroyo seguía su camino.
Y en la oscuridad tibia de la cabaña, con la cabeza sobre el hombro de un hombre que dormía con una mano abierta sobre su espalda, Clara Bennett, que había llegado con una maleta, se durmió por fin en su casa.
Fin del libro 1