Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE V #7
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PARTE V #7

Hablaron de Jamie. Ethan le contó historias que no había contado nunca: la vez que el chico se escondió en el henil durante tres horas para no ir al colegio, la vez que curó a un perro atropellado en la cocina con unas pinzas de la ropa y un trapo, la vez que se quedó dormido sobre el lomo de Pepper, de pie, en mitad del prado.

Clara se rió. Lloró un poco. Preguntó cosas.

Él contestó, a veces despacio, a veces con la voz rota, y cuando se le acababan las palabras ella no decía nada, y el silencio, ahora, era de otra clase: un silencio con espacio dentro.

Hablaron de su madre. Clara le habló de la cuadra de Kentucky, de la canción sin nombre que cantaba entre box y box, de las manos fuertes y de la sonrisa cansada.

Le dijo que aquella canción era lo único que se había llevado de ella, y que la tarareaba en el corral redondo cuando tenía miedo.

Él la escuchó con los ojos cerrados. Cuando ella terminó, dijo, muy bajito:

—Tararéala otra vez. —¿La canción? —Es la música de Juniper. La tararearon los dos. Él desafinaba. Ella se rió hasta que le dolían las costillas.

No hubo besos. No hubo caricias. Hubo, sobre todo, esa cosa extraña, inmensa, que Clara nunca había conocido: la sensación de ser mirada sin ser pedida.

* * *

Margaret se lo contó un jueves de noviembre, mientras Ethan estaba en Billings.

Fue en la cocina, a las tres de la tarde, con la luz amarillenta del invierno entrando por la ventana y dos tazas de té humeando sobre la mesa de roble.

Margaret había cerrado la puerta. Había sacado de un cajón un papel doblado, que dejó a un lado sin abrir, y se había sentado con las manos sobre el regazo, derecha, serena, con la dignidad inmóvil de quien se dispone a enfrentarse a algo.

—Esto es largo —dijo—. Y no te va a gustar. —Ya me lo avisaste.

Margaret se lo contó sin adornos. El teléfono de la cocina, un día de finales de marzo.

Una voz joven con acento de Kentucky. Una hermana que sabía de caballos.

Una pregunta que no era una pregunta: «no le diga nada».

Dos días después, otra llamada, desde una cabina de Dakota del Norte, y una mujer que hacía tres preguntas con una voz muy bien controlada, y que ella contestó como si no supiera nada.

Cuando terminó, el té se había enfriado.

Clara no dijo nada durante un rato muy largo.

Lo que sintió no fue lo que había esperado sentir.

No fue rabia. Había ensayado la rabia en la cabeza, un par de veces, esperando verla llegar, y no apareció.

Lo que llegó fue otra cosa, más lenta, más grande, una ola que le subió por el pecho y se le quedó atravesada en la garganta.

—Sabías —dijo—. Todo este tiempo. —Todo este tiempo.

—Cuando me enseñaste a hacer el pollo. —Sí.

—Cuando me diste el vestido. —Sí. —Cuando dijiste: «te sienta bien la ropa que no te han elegido».

—Sí, hija. Clara se tapó la boca con la mano.

—No sé si hice bien —dijo Margaret, muy bajo—.

De verdad que no. Pensé mucho. Hay quien dirá que debí contarlo.

Que tuve que decirte: lo sé, estoy aquí.

Pero Beth me lo pidió, y yo pensé que...

—Respiró—. Pensé que quien llega con una maleta y trescientos dólares necesita que le dejen ganarse el sitio.

Que nadie la mire con lástima. Y quizá me equivoqué. Si es así, tienes derecho a odiarme.

Clara bajó la mano. Tenía las mejillas empapadas.

—Me dejaste ganarme el sitio —dijo. —Sí.

—Es lo que quería. Margaret no dijo nada.

—Es exactamente lo que quería. —La voz le tembló—.

Que nadie me dijera cómo hacerlo. Que nadie supiera.

Que fuera mío. —Se rió, llorando—. Y tú lo sabías, y no me lo quitaste.

Me dejaste el sitio y la ignorancia. Eso fue... —Se detuvo—. No sé cómo se llama eso.

—Tiene un nombre muy feo. —¿Cuál? —Cariño. —Margaret sonrió, con los ojos húmedos—. Del bueno. Del que no cobra.

Clara se levantó. Rodeó la mesa, se agachó junto a la silla de la anciana y le echó los brazos al cuello. Margaret olía a lavanda y a pan recién hecho y a algo más antiguo, y su cuerpo menudo temblaba un poco. Le puso una mano ligera en la espalda, como un pájaro que se posa.

—Gracias —murmuró Clara. —No me las des. —Te las doy. —Entonces las acepto. Se quedaron así un buen rato, en la cocina amarilla, con el té frío y el reloj marcando los minutos.

* * *

Ethan la invitó a cenar el último sábado de noviembre.

Lo hizo en el patio, a las seis de la tarde, con la nieve ya azul y las luces de la casa encendidas.

—¿Quieres cenar conmigo mañana? —dijo—. Cocino yo.

—¿Sabes cocinar? —Sé hacer una cosa. —¿Cuál?

—Tortitas. —¿Para cenar? —Es lo que hay.

Clara se rió. Fue una risa entera, de las que ya había dejado de reservarse.

—Sí. Lo hizo en la guarnicionería de la cuadra, que él había convertido en un comedor extraño y encantador: una manta de caballo extendida sobre dos balas de paja a modo de mesa, dos taburetes, una estufa de hierro que irradiaba un calor dulce, y sobre la manta, en un tarro de cristal, tres velas.

Había un plato de tortitas, grandes y desiguales, empapadas en jarabe de arce, con una montaña de mantequilla sobre cada una.

Tenía las manos manchadas de harina. Parecía tan orgulloso y tan aterrado que Clara tuvo que apartar la vista para no ahogarse de ternura.

—Están un poco quemadas. —Están perfectas.

—No es verdad. —No —dijo ella, sentándose—.

Pero son tuyas. Cenaron despacio. No había prisa.

Hablaron de caballos y de Margaret y de la forma en que Cole ponía la cara cada vez que alguien mencionaba el nombre de Sarah.

Fuera, en la cuadra, Willow resopló en su box, y junto a ella, con las patas largas y la cabeza erguida, Aguanieve, que ya no era un potro sino un niño larguirucho de siete meses, asomó el hocico por encima de la valla y los miró con una curiosidad escandalizada.

—Nos está juzgando —dijo Ethan. —Es lo que hacen los potros de esa edad.

—Lo sé. Tiene tu mirada. —La mía no es así.

—Sí lo es. Cuando he quemado algo. Clara se echó a reír con la boca llena de tortita.

Y mientras se reía, se dio cuenta de una cosa, de golpe, con una claridad casi física: llevaba semanas esperando el momento en que tuviera que decidir.

Y que ya lo había hecho, en algún sitio, sin darse cuenta, entre la nieve del corral y las tortitas quemadas.

No se lo dijo. A las ocho recogieron los platos, entre los dos, sin hablar, con una coreografía torpe de dos personas que se rozan sin querer. Él la acompañó hasta el porche de la cabaña, con las manos en los bolsillos, a la distancia exacta de un antebrazo.

—Gracias por la cena —dijo ella. —Gracias por venir. —Buenas noches, Ethan. —Buenas noches. Entró. Cerró la puerta. No echó el cerrojo. Se quedó un buen rato sentada en el borde de la cama, a oscuras, con una sonrisa estúpida.

* * *

Despertó a las cuatro y veinticuatro, como siempre, y abrió la puerta.

El mundo estaba azul. Tenía ese azul profundo, casi negro, de las horas antes del alba. Hacía un frío cortante. Las estrellas parecían cercanas, brillan-

tes, como clavos de plata. En la barandilla estaba el termo, junto a la taza de hojalata.

No se sirvió el café. Se sentó en el escalón, con una manta sobre los hombros, y esperó.

La luz llegó despacio. Primero fue un tinte de gris sobre las montañas, después un naranja pálido que tiñó la nieve de rosa, y después el sol, un borde de oro líquido asomando sobre la cresta, que de pronto lo inundó todo: los corrales, los tejados, el patio entero, cegador, glorioso, de una limpieza casi insoportable.

Era de día. Ethan salió de la cuadra con el sombrero en la mano. Cruzó el patio. Se detuvo a diez pasos, al pie del porche.

No dijo nada. Solo la miró. Clara se levantó. Dejó caer la manta. Bajó los dos escalones y cruzó la nieve hasta quedar frente a él, a un palmo, con el sol en la cara y los ojos muy abiertos.

—Es de día —dijo. —Sí. —Hay sol. —Sí. —Y no hay tormenta.

A él le tembló la boca. —No. —Dijiste que estarías aquí.

—Ella le puso una mano en el pecho, sobre la camisa, donde el corazón le golpeaba muy fuerte—.

En la cabaña. Hace cinco meses. Dijiste que si lo quería mañana, a la luz del día, con sol y sin tormenta, tú estarías aquí.

—Estoy aquí. —Lo sé. —Sonrió, con los ojos mojados—.

Me quedo. El silencio se hizo enorme. —No es por ti —siguió—.

Es por mí. Me quedo porque es mi sitio, porque lo he elegido yo, porque aquí hay una yegua que me espera y un pasto bajo con una cuadra vieja que quiero poner en marcha. —Respiró—. Y contigo. Si tú quieres.

—Quiero.

Lo dijo sin pensar, con una voz que no era voz, que era una cosa más antigua y más sencilla, y ella rió y lloró a la vez.

—Eso era lo que tenía que ser la respuesta —dijo—. Aunque no te hubiera preguntado nada.

Le puso las dos manos en la cara. Se puso de puntillas.

Y lo besó. Fue un beso distinto de todos los anteriores.

No fue el del aparcamiento, ni el de la cabaña.

Fue un beso de pie, en mitad de la nieve, a la luz de un sol que lo bañaba todo, con las narices frías y los labios calientes y el vaho de las dos respiraciones mezclándose entre ellos.

Fue un beso lento, sin urgencia, de quien no tiene miedo de que se acabe, porque sabe que habrá otro.

Era la primera vez. Y era la segunda primera vez, que a veces es mejor. Cuando se separaron, él tenía los ojos cerrados y las pestañas llenas de lágrimas.

—Gracias —murmuró. —No me des las gracias. —¿Qué te doy? Clara sonrió. Se quedó un momento mirándolo. Después se agachó, recogió la manta de la nieve, y cogió el termo de la barandilla.

—Un café —dijo—. Y el tiempo que quede.

* * *

El termo estaba en la barandilla del porche de la casa grande.