PARTE V #6
El corral redondo estaba blanco. La nieve cubría la arena y los tablones y el pomo de la trampilla, y el sol, que acababa de asomar sobre las montañas con un resplandor naranja, la hacía brillar como si estuviera hecha de cristal molido. A Ethan le dolía mirarla.
Clara llegó a las ocho en punto. Se subió a la valla, y se quedó sentada en lo alto, con los pies colgando y las manos en los bolsillos del abrigo. Dejó un hueco a su lado. Ethan se sentó en él, no muy cerca, no muy lejos, a la distancia exacta de un antebrazo.
Se quedaron un minuto largo, mirando cómo el sol trepaba por las crestas.
—Ayer me dijiste que si hacía falta, subías —dijo él, por fin—.
Y subiste. —Subió Juniper. —Subisteis las dos.
Ella no contestó. —Quiero empezar por lo que hice —siguió él—.
Con palabras concretas. Porque tú dijiste una vez que «perdón» sin nada detrás es una forma de pedir que te lo quiten de encima, y llevas razón.
—Respiró—. El lunes por la noche, en el porche, te prometí que no haría nada sin preguntarte.
Nada. Y el jueves, a las diez menos cuarto de la mañana, entré en Dolly's y enfrenté a Julian sin llamarte, sin esperar, sin pensar.
Rompió una mentira que Dolly estaba sosteniendo muy bien.
Le di la única cosa que le faltaba. Y después te lo conté en un patio, cuando ya no tenía arreglo.
Clara miraba al frente.
—No fue un impulso. Eso es lo que quiero que entiendas.
Me he pasado dos meses diciendo que fue un impulso, y no es verdad.
Es la forma en que llevo toda la vida haciendo las cosas: antes de preguntar, hago.
—Se frotó las manos enguantadas—. Y hay una cosa que no te conté de Jamie.
Que no le había contado a nadie hasta hace dos semanas.
Se lo contó. No fue largo. Fue la historia que había dicho en el vado, junto a su hermano, sin adornos, con las mismas palabras. La cocina a las cinco de la mañana. El chico con el sombrero en la mano. El «hoy no, quédate, no me estorbes». Lo que vino después.
Cuando terminó, el sol ya estaba alto, y ella no había movido un músculo. Pero tenía los ojos húmedos, y la mano derecha, que reposaba sobre el tablón, se había cerrado un poco.
—Decidí por él. —Ethan miró la nieve—. Lo llamé protegerlo. Y es lo que hice contigo, de otra forma, con otra cara. Lo que me dijiste en el patio... —Se le quebró un poco la voz—. Tuviste razón en la primera parte. No fue tu pasado el que me enseñó a hacerlo. Fue el mío.
—Lo sé —dijo ella, muy suave—. Ya me lo imaginaba.
—Y hay otra cosa. —Respiró hondo—. Te dije que lo había hecho porque te quiero.
Fue lo peor que podía decirte. Lo usé como excusa.
Y es verdad, Clara. Es la cosa más verdadera que sé.
Pero no voy a volver a decirlo hasta que esté seguro de que no lo digo para que me perdones.
Ella giró la cabeza. Lo miró por primera vez desde que se sentaron. —Eso es lo que quería oír —dijo. —¿Eso? —Eso. Que lo guardes. —Una lágrima le resbaló por la mejilla y la dejó estar—. Sigue.
—Hay cosas que he hecho. No para que me creas: porque había que hacerlas.
—Contó con los dedos, como quien repasa una lista—.
He hablado con Cole. Me ha enseñado los libros, todos, y desde hace dos semanas decidimos juntos cada número.
Tengo cita el jueves en Billings con una consejera que me recomendó Sarah.
—Hizo una pausa—. No es para arreglar lo nuestro.
Es para dejar de arreglar yo solo todo lo que me da miedo.
Voy a ir cada semana, aunque no me guste.
Y le he dicho a Margaret que se acabó callarse cosas para protegernos.
Que lo que sepa, que lo diga. Que lo que tenga que contarte, te lo cuente.
—Ya lo ha hecho. —¿Qué? —Me ha dicho que hay una cosa larga. Que es para sentarse con una taza. —Ella sonrió un poco—. Aun no.
Ethan asintió. —Y una cosa más. —Se bajó de la valla. Se quedó de pie en la nieve, frente a ella, con las manos a los costados—. Es una pregunta. Te pido que la tomes como pregunta y no como regalo, y que contestes lo que quieras.
—Dime. —Esta mañana he hablado con Cole y con Margaret.
El pasto bajo, el que da al arroyo de los Sauces, con la cuadra vieja y el corral de los mulos, no se usa desde hace doce años.
Nunca ha sido de nadie en concreto. —Respiró—.
Si tú quisieras, podrías ponerlo en marcha.
El programa. Lo que dijiste aquella noche en el porche: un sitio donde la gente trajera los caballos asustados.
Juniper, y los que vengan. Sin que yo sea tu capataz.
Sin tener que pedirme permiso para nada.
Con tu nombre en la puerta. Si no quieres, no pasa nada. Es solo una pregunta.
Clara se quedó inmóvil. El sol le daba de lleno en la cara, y en los ojos, que se le habían llenado de agua. Ethan vio cómo le temblaban los labios, y esperó. Lo más difícil del mundo era esperar. Se lo repitió por dentro, uno, dos, tres.
—No sé qué decir —dijo ella al fin. —No tienes que decir nada. —Lo digo igual. —Se limpió la cara con la manga—. Es lo más hermoso que me han ofrecido nunca. Y precisamente por eso, voy a tardar en contestarte.
—Vale. —No es un no. Es un... —Buscó la palabra—. Voy a pensarlo. —Vale. Se bajó de la valla. Quedó de pie frente a él, a un metro, y había una luz nueva en la nieve y otra en sus ojos, y los dos sabían que lo que venía ahora era la parte difícil.
—Todo eso está muy bien —dijo Clara—. Y es lo que necesitaba oír. Pero tengo una pregunta yo.
—Dime. —¿Qué vas a hacer la próxima vez que tengas miedo por mí?
No era una pregunta de trampa. Lo comprendió en su cara, en el modo en que ella la hizo, sin crueldad, con una curiosidad grave, de las que sirven para saber.
Pensó un buen rato. No quería contestar con palabras bonitas. —Te lo diré —respondió—. En voz alta. «Tengo miedo». Sin hacer nada. Y esperaré a que me digas qué quieres.
—¿Y si tardo tres días en contestarte? —Esperaré tres días. —¿Y si tardo una semana? —Esperaré una semana. —¿Y si lo que digo es que no puedes hacer nada, y resulta que pasa algo malo?
La pregunta cayó entre los dos como una piedra. —Entonces pasará algo malo —dijo él, despacio—. Y yo estaré ahí, y me dolerá. Y no seré yo el que lo haya decidido.
Clara cerró los ojos. Cuando los abrió, algo en ellos había cambiado. —Eso lo creeré cuando lo vea —dijo. —Vale. —No te perdono todavía. —Ya lo sé. —Pero te escucho. —Había un temblor en su voz, y una firmeza por debajo—. Y me ha gustado lo que has dicho. Todo.
—Gracias. —No me des las gracias. Dame tiempo.
—Todo el que necesites. Se quedó mirándola.
Quería tocarla, y no se movió. Quería decirle cien cosas, y no dijo ninguna.
Fue, tal vez, la cosa más difícil que había hecho nunca, y lo sabía; y también sabía que ella lo sabía, y que eso era, por el momento, lo único que tenían.
Clara se subió el cuello del abrigo. —Tengo que ir a ver a Juniper. —Claro. —Ha trabajado mucho. —Sí. Se volvió. Dio dos pasos sobre la nieve. Se detuvo.
—Ethan. —Dime. —El jueves. La consejera. —No se volvió—. Me gustaría que fueras. —Voy a ir. —Ya lo sé. —Una pausa—. Me gustaría que fueras de verdad. Aunque sea cuando duela.
Siguió caminando. Ethan la vio alejarse por la nieve, sola, recta, con el gorro de lana y los hombros sueltos, hasta que desapareció tras la esquina de la cuadra.
Se quedó un buen rato de pie, en mitad del corral blanco, con el sol en la cara y los ojos escociendo.
No le había perdonado. Pero le había dicho: me gustaría que fueras. Era lo más cerca que había estado nunca de algo que no sabía si merecía.
* * *
Clara se tomó el tiempo.
Fue lo más difícil y lo más sencillo que había hecho nunca: tomarse el tiempo. Dejar que los días pasaran, uno detrás de otro, sin forzarlos, sin apresurar ninguna conclusión, mientras la nieve se asentaba en el valle y el invierno iba cerrando poco a poco sus puertas.
Observó. Eso fue lo primero. Llevaba cinco meses observándolo sin saberlo; ahora lo hacía a conciencia, con la cabeza fría y el corazón a un lado, como se observa a un caballo antes de decidir si se va a montar.
Ethan preguntaba. Al principio fue raro.
Casi cómico. «¿Puedo ayudarte con el heno?
» «¿Quieres que revise las herraduras de Dusty, o prefieres hacerlo tú?
» «¿Te parece bien que Cole venga con nosotros a mirar el pasto bajo, o prefieres ir sola primero?
» Todo lo preguntaba con una gravedad escrupulosa, parado a dos metros, con las manos a la vista, y esperaba la respuesta con paciencia infinita.
A veces ella contestaba que sí. A veces que no.
Una vez, a propósito, dijo que ya se lo diría, y se fue, y él no volvió a preguntar hasta que ella misma se lo dijo, tres días después, mientras desayunaban.
Iba a Billings los jueves. Se lo dijo ella a Margaret, que no había preguntado: que él iba a la consejera, y que volvía con los ojos rojos y callado, y que después de la cena se quedaba un rato en el porche con Cooper, sin decir nada, mirando las estrellas.
Margaret asintió sin comentar. Esa semana puso un plato más de postre en la mesa, sin que nadie lo pidiera.
Hubo noches de porche. No eran como las de antes. Eran noches de frío seco, de aliento convertido en vapor, de mantas sobre los hombros y de un termo de chocolate caliente
que alguien tenía siempre a mano. Se sentaban a un metro, en el escalón de la cabaña, con Cooper entre los dos, y hablaban.