Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE V #5
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PARTE V #5

Llegaron al tramo malo a las cuatro y cuarto.

Una cornisa de roca, de unos cuarenta metros de largo, tan estrecha que apenas cabía un animal.

A la izquierda, la pared. A la derecha, el vacío, cuatro metros hasta una pendiente de grava y nieve.

Y encima, colgando sobre el borde, una cornisa de nieve acumulada por el viento, blanda, sospechosa, que Clara miró con los ojos muy abiertos y el corazón en la boca.

Se detuvo. Juniper también. Pasó un minuto largo. Dos. El viento rugía. La nieve seguía cayendo, y se acumulaba sobre los hombros de Clara y en las crines oscuras de la yegua. Detrás, el ganado mugía, inquieto.

Cole llegó a su altura.

—¿Es esto? —gritó. —Sí. —¿Se aguanta? —No lo sé. Hubo un silencio. Clara se quedó mirando la cornisa y pensó: si lo hacemos, y falla, mueren. Y si no lo hacemos, mueren de todas formas, de frío, aquí, en una hora.

No era una decisión. Era una cuenta. Una cuenta muy sencilla y muy terrible.

Miró hacia atrás. Ethan estaba allí. Al final de la fila, a lomos de Ranger, con una vaca delante a la que empujaba suavemente con el flanco.

Tenía la cara cubierta de escarcha, las pestañas blancas, los labios agrietados, y la miraba a través de cuarenta metros de nieve como si ella fuera lo único que existiera en el mundo.

No dijo nada. No gritó. No levantó una mano. Solo esperó. Y Clara supo, con una certeza clara e inmóvil, que si ella decía una palabra —pasamos, o no pasamos, o volvemos—, aquel hombre la cumpliría sin dudar, aunque le costara la vida.

Era una responsabilidad tremenda. Era la cosa más aterradora que le habían dado nunca.

Y, curiosamente, no le dio miedo. —¡De uno en uno! —gritó—. ¡Con medio cuerpo de distancia! ¡Nadie corre! ¡Yo paso primero con Juniper, y si aguanta, aguanta para todos!

—Clara —dijo Cole—. Si falla... —Si falla, soy yo la que cae. —Ni siquiera se volvió—. Cuenta hasta cien, y si no he llegado al otro lado, vais por el vado.

Apretó las piernas. Juniper puso una pezuña en la roca.

Fue la caminata más larga que Clara dio en su vida.

Cuarenta metros. Cada paso, un siglo. Bajo ella, la yegua temblaba de pies a cabeza, pero avanzaba, con las orejas tiesas y los ollares dilatados, un paso, otro, otro.

Por encima, algo crujió. Clara cerró los ojos.

No cayó nada.

Llegaron al otro lado. Clara se bajó de la silla con las piernas hechas de agua, con la cara empapada, sin saber si era sudor o nieve o lágrimas, y se giró.

—¡AHORA! Pasaron de uno en uno. Cole primero, a pie, llevando a su caballo del ronzal.

Después las vacas, una a una, con el cuello estirado y los ollares abiertos, desfilando como en una procesión.

Noah y Travis, a los lados, murmurando algo, quizá rezando.

Ciento sesenta y dos, que Clara contó sin darse cuenta, mientras la nieve seguía cayendo.

Ethan fue el último. Llegó al borde de la cornisa a lomos de Ranger, y se detuvo.

Clara lo vio mirar hacia abajo, hacia el vacío.

Lo vio respirar. Lo vio desmontar, despacio, y coger al alazán del ronzal, y echar a andar con la cabeza muy erguida y la espalda recta, sin mirar a nadie, paso a paso, metro a metro, con la nieve cayéndole sobre los hombros.

Cuando pisó la roca firme del otro lado, a un par de pasos de ella, levantó la cabeza.

Se miraron. Fue un segundo. Quizá dos. En medio de la tormenta, con el viento aullando y las vacas mugiendo y el mundo reducido a un círculo blanco, Clara le vio la cara: roja, helada, con las pestañas llenas de escarcha y los ojos tan abiertos, tan limpios, tan absolutamente suyos que se le encogió el corazón.

No dijo nada. Él tampoco. Pero ella lo supo, igual que se sabe que el suelo es firme: aquel hombre acababa de obedecerla, y no había sido un acto de sumisión. Había sido otra cosa. Una confianza ofrecida con las manos abiertas.

* * *

Llegaron al fondo del valle cuando ya era de noche.

El paso del collado desembocaba, a cinco kilómetros, en el camino de Bitter Creek, cuatrocientos metros por debajo del vado, y el último tramo, ya sin nieve apenas y con la tormenta dejando paso a una noche cerrada y limpia, lo hicieron en silencio, al paso, con el ganado agotado marchando delante como un río oscuro.

Había que cruzar el arroyo. Era inevitable: el camino lo atravesaba por un tramo de grava a un kilómetro del vado, y en ese punto el agua apenas tenía

cuarenta centímetros de profundidad y corría clara y tranquila bajo la luz de una luna que acababa de salir entre las nubes.

Cole cruzó primero. Después Noah, después Travis. Después las vacas. Ethan se detuvo en la orilla. Clara, que iba delante, lo oyó parar. Se volvió en la silla. Lo vio, de pie junto a Ranger, con la mano en el cuello del alazán, mirando el agua.

No era el vado. Era un kilómetro más abajo, en otro tramo, en otra curva. Pero era el mismo arroyo.

No se acercó. No dijo nada. Solo se quedó quieta, con Juniper, a diez metros, mirando.

Ethan respiró hondo. Levantó la cabeza. Y cruzó. Sin prisa, sin vacilación, con el agua helada llegando hasta las rodillas del caballo, con la luna sobre los hombros. Llegó al otro lado. Subió por la orilla. Y entonces, en lo alto, junto a los sauces, se volvió y la miró.

No dijo nada. No hacía falta.

* * *

Se recibieron en la cuadra a las nueve de la noche, bajo la luz amarilla de las lámparas, con las mantas sobre los hombros, el vapor de la respiración subiendo hacia las vigas y un olor a caballo mojado, a humo y a café requemado.

Margaret los esperaba con una cacerola de sopa.

Hank, que había llegado con la camioneta cargada de heno, los miraba a todos con los ojos húmedos, apoyado en su bastón.

Sarah, que no se sabía desde cuándo estaba allí, repartía mantas con eficacia silenciosa.

Dolly, al fondo, lloraba sin ningún disimulo sobre un pañuelo de encaje.

No faltaba ni una vaca. Ni un ternero. Ni un hombre.

El ganado estaba a salvo en el corral bajo, con heno hasta las rodillas.

Cole hablaba sin parar, con las manos, a nadie y a todos, con una voz rota de cansancio y de risa.

Noah se había quedado dormido sentado en una bala de paja, con la boca abierta y la bufanda todavía al cuello.

Travis le daba de comer a su caballo, con una ternura que a Clara le encogió el corazón.

Ellos dos se quedaron junto a la puerta.

Ethan estaba empapado hasta los huesos, con los labios morados y las manos temblando. Ella, igual. Se miraron durante un momento largo, bajo la luz de la lámpara.

—Estás helado —dijo ella. —Tú también. —Sí. No dijeron nada más. Había mucho que decir, y mucho que no era para esta noche.

—Gracias —dijo él, por fin. La palabra era tan pequeña, y tan enorme, que Clara tuvo que cerrar los ojos.

—De nada. —No —dijo él, muy bajo—. Gracias por decidir. Ella abrió los ojos. Y vio en los suyos algo que no había visto en cinco meses: no una pregunta, ni una disculpa, ni una espera, sino una cosa limpia y sencilla, la cosa más parecida al respeto que había visto nunca en un rostro.

—Mañana —dijo ella. —Mañana. —Hablamos. —Vale. Se quedó un momento más a su lado, a un palmo, sin tocarlo. Después, muy despacio, como quien dice algo que lleva tiempo guardando, apoyó la frente un segundo en su hombro mojado. Solo un segundo.

Luego se fue, a ver a Juniper. La yegua castaña estaba en su box, con la cabeza baja y los ollares todavía temblando, mordisqueando una brizna de heno. Clara le puso una mano en el cuello. Era cálido, sudado y fuerte.

—Eres la mejor —murmuró—. La mejor yegua que ha habido nunca. Juniper resopló contra su hombro. Y por primera vez en todo el día, Clara se echó a llorar.

* * *

Amaneció un domingo de un azul que dolía.

La nieve había dejado el valle entero cubierto de medio metro de silencio.

Desde la ventana de su cuarto, a las cinco de la mañana, con el cielo todavía negro y las estrellas muy cerca, Ethan vio el patio convertido en una sola lámina blanca, sin una huella, sin una sombra, con la cuadra y la casa y los corrales emergiendo de ella como objetos olvidados en una sábana.

Hacía quince grados bajo cero. Los árboles crujían.

No había dormido. Había pasado la noche tumbado, vestido, con la mirada en el techo, repasando una lista.

No era una lista de lo que iba a decir. Era una lista de lo que iba a hacer, y de lo que había hecho ya, porque había aprendido en los últimos dos meses que las palabras sin hechos detrás eran exactamente lo que Julian Price sabía hacer mejor.

A las tres y media se levantó. Preparó el café. Llenó el termo de acero abollado y cruzó el patio sobre la nieve virgen, dejando la primera huella del día, y lo puso en la barandilla de la cabaña, junto a la taza de hojalata.

Volvió a la cuadra. Se sentó a esperar. A las cuatro y veinticuatro oyó abrirse la puerta de la cabaña.

No se movió. Oyó sus pasos sobre la nieve, esa crujiente música de botas que se hunden.

Oyó que se detenían. Oyó el golpe suave de una taza al servirse, un rato de silencio, y después, de nuevo, los pasos.

Clara apareció en la puerta de la cuadra con el gorro de lana calado, las mejillas rojas y la taza humeante entre las dos manos.

—Buenos días. —Buenos días.

Se miraron. Los ojos de ella estaban hinchados, de dormir poco o de llorar, y por debajo tenían algo limpio, de despejado, como un día después de la tormenta.

—¿Puedo hablar contigo? —dijo él—. Tengo cosas que decirte. Quiero decirlas con tiempo, y quiero que decidas tú cuándo.

Ella sorbió el café. Lo miró por encima del borde de la taza. —A las ocho. En el corral redondo. —Vale. —Con sol. Hubo un parpadeo muy breve. Una cosa que a Ethan le pareció, por un segundo, una sonrisa.

—Con sol —repitió.

* * *