PARTE V #4
Ranger resopló bajo él, nervioso. Ethan le puso una mano en el cuello.
—Tranquilo. Siguió avanzando, a ciegas, guiado por el mugido de las vacas y el viento que venía siempre del mismo lado.
Quince minutos. Veinte. De pronto un bulto oscuro, una silueta de caballo y jinete, a la derecha: Noah, con el sombrero cubierto de nieve y la cara tan blanca como el paisaje.
—¿Dónde está Cole? —gritó. —¡Delante! ¡Con las primeras!
—¿Y Travis? —¡No lo sé! Siguieron. Se encontraron a Cole en un recodo que Ethan reconoció con un vuelco del estómago: la bifurcación.
El punto exacto en el que el camino se parte en dos: a la derecha, la cresta, que a esa hora, bajo la nieve, había desaparecido entre ventisqueros de metro y medio. A la izquierda, el sendero del arroyo.
El vado. Cole levantó una mano, con la barba cubierta de escarcha, los ojos desencajados.
—¡La cresta está cerrada! —gritó—. ¡No pasa ni un caballo!
—¡¿Y el vado?! —¡Es lo único que queda! Se miraron.
Ethan comprendió lo que había detrás de aquella mirada.
Lo comprendió con la misma claridad con que se comprende una cosa que se lleva años esperando.
El vado de Bitter Creek, a medio kilómetro, bajo un metro de nieve, con un arroyo que a esa hora del año tenía a lo sumo cuarenta centímetros de agua, pero que cruzar con ciento sesenta cabezas de ganado, a ciegas, en mi-
tad de una tormenta, era una cosa que ninguna persona sensata habría intentado.
Pero no había otro camino. —¡Voy yo delante! —gritó, y se oyó decirlo con una voz que no era la suya, ronca, firme, extrañamente tranquila.
—¡Ethan! —¡Voy yo! ¡Venid detrás con las vacas!
Cole abrió la boca. La cerró. Asintió una vez.
Ethan giró a Ranger hacia la izquierda. No sabía si podría.
Eso fue lo que sintió con una nitidez tremenda, mientras el caballo avanzaba entre la nieve con las orejas pegadas a la cabeza y el viento les silbaba en los oídos.
No sabía si sus piernas iban a sostenerlo cuando viera el agua.
Si le iban a fallar los brazos. Si iba a ver, en la oscuridad blanca, una cara de diecinueve años.
Pensó en Clara. Pensó en el termo sobre la barandilla. En la taza boca abajo. En una voz que decía: no hagas nada sin preguntarme. En una mujer en mitad del patio que le decía: gracias por la segunda vez.
No se lo había contado todo. No le había dicho: me da miedo. No del todo, no con las palabras justas, no con el vado delante.
Avanzó. El rugido del arroyo le llegó antes de verlo. Un sonido que había oído en sueños durante siete años.
Y entonces, a diez pasos, en mitad del blanco, sobre la línea imprecisa donde el camino se perdía hacia el agua, apareció una sombra.
Una silueta oscura. Un caballo, y un jinete.
Ethan tiró de las riendas. Era un animal oscuro.
Un animal esbelto, de patas finas y orejas muy tiesas, que avanzaba por la nieve con una seguridad que no tenía ningún otro caballo en aquella montaña, con el cuello arqueado y los ollares dilatados, oliendo el viento.
Y encima, con el abrigo cubierto de escarcha, el pelo trenzado bajo un gorro de lana y la cara roja de frío, una mujer.
—¡NO POR AHÍ! —gritó Clara. El viento le arrancó las palabras, pero Ethan las oyó igual.
* * *
Había subido sola.
Lo había decidido a las doce y veinte, en la cocina de Margaret, con la radio encendida y una taza fría entre las manos, cuando la voz tranquila del locutor dijo que la nevada había llegado a los dos mil metros y que se había perdido el contacto con tres cuadrillas en la zona de Cutthroat.
Margaret había levantado la vista. —No —había dicho. —Margaret. —No es un no. —La anciana se había levantado, con un crujido de rodillas, y había ido al aparador. Había sacado de un cajón un plano a mano, amarillento, con un mapa de las laderas dibujado a lápiz—. Es una pregunta. ¿Sabes el paso?
—¿El paso? —El Paso del Abuelo. El que baja por el collado norte.
Tu hombre no lo usa porque pasa a trescientos metros del vado y no quiere acercarse.
—Margaret golpeó el papel con un dedo huesudo—.
Pero hay un camino. Lo abrió mi marido hace sesenta años.
No es fácil. Es estrecho y tiene un tramo malo, de roca, donde el viento ha formado cornisas.
Pero es lo único que queda si la cresta se cierra.
Clara había mirado el plano. Lo conocía.
No por el nombre, pero sí por el tramo. Durante todo septiembre, Cole le había asignado la ronda semanal de los abrevaderos altos, un recorrido de seis horas por la cresta, solo con Dusty y un termo, en el que había aprendido cada pliegue de la ladera.
Y una tarde, buscando un manantial, había encontrado entre los pinos un sendero antiguo, medio borrado, que des-
cendía por el collado norte. Lo había recorrido tres veces después. Sola, a pie, con el caballo de la mano. Solo para saber que existía.
No se lo había dicho a nadie. —Lo conozco —dijo. —Ya lo sabía. —¿Cómo? —Porque un día de septiembre llegaste a cenar con un trozo de corteza de pino en el bolsillo del abrigo y la cara de quien ha descubierto algo. —Margaret sonrió, muy poco—. No hay quien se esconda de una vieja.
Clara salió a la cuadra. Eligió a Juniper.
No fue una decisión fácil. Dusty era la yegua fiable, la tranquila, la que no se asustaba de nada.
Pero Dusty llevaba toda la mañana de ronda por los pastos bajos, y había hecho cuarenta kilómetros en dos días.
Y Juniper —la potra que nadie quería tocar, la de ojos de lunática, la que había mandado a un domador al hospital— había subido con ella a la cresta todos los domingos de septiembre, en paseos largos y sin prisas, a paso lento, olisqueando cada roca, cada arbusto, cada rastro.
Conocía aquella ladera con el cuerpo. La conocía mejor que ningún caballo de la cuadra.
Y tenía los sentidos de un animal que ha pasado dos años esperando una amenaza: el mejor instrumento de orientación que existe.
La ensilló en la penumbra de la cuadra, con las manos firmes, hablando bajito. La yegua, nerviosa, bailó un poco y después se quedó quieta, con el hocico pegado al hombro de Clara.
—Vamos, preciosa —murmuró—. Hoy te toca. Margaret, en la puerta, no dijo nada. Solo le tendió un gorro de lana y unos guantes dobles.
—Es lo que Ethan ha dicho —dijo Clara—. Que si hacía falta, subía. —Ya lo sé, hija. —Y que no se lo pedía permiso. —Ya lo sé. Salió al galope.
* * *
Ahora, en mitad de la ventisca, venía la parte difícil.
Ethan estaba a diez pasos, a lomos de Ranger, con la cara blanca y los ojos desorbitados, y detrás de él, entre la nieve, aparecían las formas oscuras del ganado, mugiendo. Clara frenó a Juniper. La yegua temblaba bajo ella, pero no se movió.
—¡No por ahí! —repitió—. ¡El vado está helado! ¡Hay una capa de hielo bajo la nieve, y el ganado va a resbalar!
—¡¿Clara?! —Ethan no parecía creerlo—. ¡¿Qué haces aquí?
! —¡Conozco el paso! ¡El del collado! ¡Os llevo yo!
—¡No lo hemos usado nunca! —¡Yo sí! Cole y Noah llegaron al galope por detrás, hechos dos puñados de nieve, con las bufandas sobre la cara.
Se detuvieron en seco. Los cuatro se quedaron un instante inmóviles bajo el aullido del viento, mirándose, con los caballos resoplando.
—¡Dice que conoce un paso! —gritó Ethan. —¡¿Cuál?! —respondió Cole. —¡El del abuelo! —¡Pero si eso está cerrado desde hace treinta años! —¡No! —dijo Clara—. ¡Está abierto! ¡Yo lo he andado! Hubo una pausa. Un segundo en el que todos los ojos se volvieron hacia Ethan.
Era su decisión. Todos lo sabían. Era el capataz, el que mandaba, el que llevaba siete años cargando con las decisiones de todos. Era el hombre que, ante una mujer que le decía no, hacía apenas tres meses, habría dicho: no, ni hablar, déjame a mí.
Clara lo vio en su cara. La lucha, rápida, feroz, como una tormenta en miniatura. Lo vio apretar las riendas, abrir la boca, cerrarla. Lo vio mirar hacia el vado, hacia el rugido del arroyo, hacia todo lo que se había propuesto hacer y hacía años que esperaba hacer.
Y lo vio soltar. —¡Tú decides! —gritó—. ¡Dime qué hacemos!
Clara sintió que el mundo se paraba un segundo.
No hubo otra respuesta posible. Ni tiempo para saborearla.
Pero comprendió con una claridad dolorosa, de las que se quedan para siempre, lo que acababa de ocurrir: un hombre que llevaba toda la vida decidiendo por todos aca-
baba de poner el rebaño, a sus hermanos, a su amigo y su propia vida en manos de otra persona. Sin rechistar. Sin una condición. Sin pedir garantías.
No había tiempo para sentir nada. —¡Cole delante conmigo! —gritó—. ¡Noah y Travis a los flancos! ¡Ethan cierra la fila! ¡No dejes que se pare ninguna! ¡La que se pare, se queda atrás, y no hay tiempo!
—¡Entendido! —respondió Cole. —¡Seguidme en fila, y que nadie se separe! Giró a Juniper hacia el norte, hacia la ladera cubierta de nieve, y apretó las piernas.
* * *
Fue la hora más larga de su vida.
El paso del collado no era un camino. Era una intuición, un dibujo borrado por el tiempo entre rocas y pinos retorcidos, y Clara lo recorrió con los ojos entrecerrados y las manos flojas en las riendas, dejando que la yegua eligiera.
Juniper avanzaba con una seguridad asombrosa.
A veces se paraba, olisqueaba el aire, giraba un poco las orejas, y Clara esperaba.
Y entonces la yegua daba un paso a la izquierda, o a la derecha, o hacia arriba, y allí, bajo la nieve, al tantear el suelo con una pezuña, aparecía el camino.
El ganado seguía. Eso era lo milagroso. Detrás de ella, en una fila larga y temblorosa, ciento sesenta animales aterrorizados se dejaban llevar por una mujer y por una yegua oscura a la que no habían visto en su vida, como si hubieran reconocido, en medio del caos, la única cosa que no se movía.