PARTE V #3
El abogado empezó a levantarse. La jueza lo detuvo con la mano. —No hace falta. —Miró a Clara, un instante. Después a los papeles—. Concedo la orden de protección por un periodo de doce meses, con prohibición de contacto directo o indirecto, físico, telefónico o electrónico, con la se-
ñorita Bennett y de acercamiento a su lugar de residencia y de trabajo. —Hizo una pausa—. Deniego, por falta de evidencia suficiente, la ampliación a su lugar de trabajo en Chicago y a los familiares. Podrá solicitarse la renovación si las circunstancias lo requieren.
Golpeó la mesa con el mazo, una vez, seco.
Ya está. Fue tan corto, tan simple, que Clara tardó un segundo en comprender que había terminado.
Beth soltaba un sollozo. Kayla le apretaba el hombro.
En la tercera fila, el ayudante Salas se había puesto en pie con el sombrero en la mano y una expresión que, en un hombre de su edad y de su uniforme, solo podía llamarse alivio.
Miró por fin hacia la mesa. Julian estaba de pie, muy erguido, con las manos entrelazadas ante sí. Su abogado le susurraba algo al oído. Él asentía sin escuchar.
Cuando levantó la vista, la encontró. Fue un segundo. Quizá menos. Los ojos grises, cálidos, ligeramente húmedos, la miraron desde el otro lado de la sala con una tristeza tan perfecta, tan convincente, que cualquiera habría jurado que le dolía de verdad.
Clara le sostuvo la mirada. No tenía miedo. Esa fue la sorpresa. Había temblado todo el camino, y ahora, ante aquella mirada, no sentía nada que se pareciera al miedo. Sentía algo más frío, más claro, más vacío, una cosa que casi se parecía a la lástima.
Lo que vio en esos ojos no era amor. Nunca lo había sido. Era un hombre que no sabía perder, y que acababa de descubrir, ante una desconocida de pelo blanco y gafas de media luna, que existe un lugar donde el encanto no cuenta.
Julian inclinó la cabeza hacia ella, con una cortesía impecable, como se saluda a alguien al final de una cena.
Salió de la sala sin mirar atrás. No había ganado.
Pero tampoco había perdido del todo. Su historial quedaba limpio, y su nombre seguiría siendo el de un hombre afable, y en un despacho de Chicago, dentro de unos días, alguien le preguntaría qué tal el viaje y él diría: «Un malentendido».
Eso lo sabía Clara. Lo sabía con una certeza tranquila.
Y no le importaba.
Porque en algún archivo, en algún juzgado de Montana, había una hoja con su nombre y con una fecha, y en esa hoja decía, con letra de imprenta y con el sello de una jueza que lo había visto todo: aquí termina.
* * *
Salió a la calle con las piernas de gelatina.
Las escaleras de mármol gris, el aire frío, el sol bajo y oblicuo de octubre en la cara. Beth la cogió del brazo. Denise, detrás, hablaba con Kayla en voz baja. Sarah, que había esperado fuera con el todoterreno, bajaba de un salto y las miraba con ojos grandes.
—¿Y? —Concedida —dijo Beth, y se echó a llorar y a reír a la vez—. Doce meses. Se la ha comido viva.
—No se la ha comido —dijo Clara, con una voz rara—. Ha dicho lo que pensaba.
Sarah la abrazó. Un abrazo breve, firme, de brazos fuertes que olían a cuadra y a desinfectante.
Clara se quedó un momento más en la acera, mirando la calle. Los coches. Un hombre con un perro. Un autobús que olía a gasoil. La vida corriente de un martes en una ciudad de provincias, con su normalidad aplastante.
Estaba temblando. Y estaba entera. —¿Y ahora? —preguntó Beth, mirándola. —Ahora voy a casa. —¿A cuál? Clara sonrió. Era una sonrisa que le subía desde muy abajo, desde los pies, lenta y extraña, como un amanecer.
—A la que es mía. Subieron al todoterreno. Sarah arrancó. Las calles de Billings fueron quedando atrás, y después las afueras, y después la carretera abierta entre campos rastrojeados de un dorado seco.
Hacia el oeste, por encima de las montañas, el cielo se había ido llenando de nubes.
No eran las nubes blancas de septiembre.
Eran bajas, compactas, de un gris azulado que Clara no había visto desde abril, y por debajo, a lo lejos, una ligera cortina de luz más oscura que parecía moverse hacia ellos muy despacio.
—Eso es nieve —dijo Sarah, mirando por el retrovisor—. Y mucha.
* * *
La radio lo anunció a las nueve y diez de la mañana del sábado, entre una canción de Patsy Cline y un anuncio de una ferretería de Great Falls, con una voz de locutor tan tranquila que al principio nadie la tomó en serio.
—… aviso de tormenta invernal para las zonas altas del centro y el oeste de Montana, con acumulaciones de entre sesenta y noventa centímetros por encima de los dos mil metros, vientos de hasta ochenta kilómetros por hora y una caída de temperatura de veinte grados en menos de seis horas…
Ethan dejó de untar mantequilla en la tostada. —Eso no es para hoy —dijo Cole, desde el otro lado de la mesa—. Decían que no llegaba hasta el martes.
—Se ha adelantado. —Es octubre. Siempre se adelanta.
En la cocina de Margaret todos se habían quedado quietos.
Noah, con una tostada a medio camino. Margaret, de pie junto al fogón, con la cafetera en la mano.
Clara, al fondo, con el delantal puesto y una taza entre las manos, mirando por la ventana el cielo, que a esa hora era de un azul perfecto, brillante, sin una nube.
Pero no en el oeste. Ethan se levantó y salió al porche. Estaba helando. El aire tenía un olor seco, metálico, y por encima de la cresta de las montañas se levantaba, inmóvil y enorme, una pared de nubes de un gris azulado que ayer, a esa hora, no estaba.
Era una pared que se movía. No en el sentido en que se mueve una nube. Se movía como se mueve una marea: despacio, sin ruido, comiéndose el cielo azul a su paso.
—El ganado —dijo. No hizo falta que dijera más.
* * *
Salieron a las diez y media: Ethan, Cole, Noah y Travis Hale, que apareció por el camino de grava a lomos de un bayo, con un abrigo de lona y la cara muy seria, diciendo que Hank lo mandaba, que él se quedaba abajo con la radio y la camioneta y dos remolques de heno, y que le dijeran si hacía falta algo más.
Clara también quiso ir. —No —dijo Ethan. Lo había dicho antes de pensarlo. La palabra salió sola, como un cuchillo, y vio cómo ella se quedaba muy quieta en mitad del patio, con las riendas de Dusty en la mano. Se mordió la lengua. Respiró. Se obligó a reformularlo.
—Quiero decir... Preferiría que no. Tengo miedo. —Hablaba despacio—. Pero es decisión tuya.
Clara lo miró un largo momento. En sus ojos hubo algo, un parpadeo muy rápido, que Ethan no supo leer.
—Gracias por la segunda vez —dijo. —De nada. —Me quedo. —Soltó las riendas—. Hoy me quedo. Os necesitan los de arriba, y a mí me necesitan los de abajo: alguien tiene que preparar las cuadras, los comederos y las mantas. Y alguien tiene que estar en la radio con Margaret.
—Vale. —Pero si hace falta que suba, subo. —Si hace falta. —No me lo pidas permiso después. —No —dijo él—. Ni antes. Ella sonrió con un lado de la cara. Fue una sonrisa pequeña, apretada, de las que se dan a la fuerza. Pero era una sonrisa.
Partieron.
* * *
Cuando llegaron a Cutthroat Ridge, pasadas las doce y media, el cielo azul se había ido.
No se había ido del todo. Quedaba una franja pura, al este, como un recuerdo, pero encima de sus cabezas el gris era ya un techo, bajo y compacto, y el viento había empezado a soplar con un silbido agudo que le erizaba a uno el vello de los brazos.
La temperatura había bajado de golpe. Ethan lo notó en los dedos, bajo los guantes, y en la cara, que le dolía como si alguien la hubiera abofeteado.
El ganado estaba en la hondonada del norte.
Ciento sesenta y dos cabezas, entre vacas, novillas y los terneros más tardíos, apelotonadas en el fondo de la vaguada, de espaldas al viento, con las cabezas bajas y las colas pegadas al cuerpo.
Se oyó un mugido largo, grave, de las vacas viejas, que sabían lo que se acercaba mejor que los hombres.
—Hay que bajarlas —dijo Cole—. Ahora. —Por la cresta. —Por la cresta. —Cole miró al cielo—. Tenemos tres horas. Quizá menos.
Tuvieron dos. Lo que siguió fue un trabajo de hormigas, de gritos y de silbidos, a caballo, detrás del ganado, a lo largo de una ladera que se hacía más empinada cada metro.
Noah y Travis iban a los flancos, con los lazos enrollados en el pomo y los sombreros calados hasta las cejas.
Cole, delante, abría camino. Ethan cerraba la marcha, empujando a las rezagadas, con la espalda curvada contra el viento y los ojos entrecerrados.
A las dos, empezó a nevar. No fue una nevada.
Fue una pared. Un segundo había cielo gris y ladera y un horizonte que se perdía en la distancia, y al siguiente, todo se volvió blanco: un blanco denso, ruidoso, que venía de lado, empujado por un viento que aullaba, y que borró la ladera, y los pinos, y los compañeros, y el mundo.
Ethan no veía las orejas de su caballo. —¡COLE!
El viento se llevó la voz. —¡NOAH! Nada.
Solo el rugido, y la nieve en la cara, y el frío, un frío que le hacía llorar y le cerraba los párpados con una costra de hielo.
Se pasó la manga por los ojos. Miró a su alrededor y vio un círculo de blanco de apenas tres metros
de radio, y dentro, borrosas, las formas de unas vacas que avanzaban sin rumbo, mugiendo.
No sabía dónde estaba. Es una sensación que se recuerda toda la vida: el instante en que uno comprende que ha perdido el sentido de la orientación en una montaña que conoce desde niño.
Que cada piedra, cada pino, cada recodo del sendero se ha borrado de la memoria, y que lo único que queda es una sensación de vacío, y el corazón golpeando.