PARTE V #2
—Cutthroat —dijo Ethan. —Ahora no. —Quiero decirlo.
—Ethan se enderezó—. Si hay que venderlo, se vende.
Cole lo miró con los ojos muy abiertos. —Ya no es por esto.
—Señaló el agua, el montón de piedras, la herradura—.
Jamie no está aquí. No está en ningún sitio que se pueda vender o guardar.
—Respiró—. Pero no lo vendemos hoy. Dame hasta que baje el ganado.
Y lo decidimos juntos. Tú y yo. Y Margaret.
—Vale. —Y quiero ver los números. —Todos. —Todos. —Y vas a dejar que te ayude. —Cole sonrió de lado, con la cara húmeda—. De verdad. Sin pedir permiso, sin cargarlo todo tú solo.
—Voy a intentarlo. —Eso es más de lo que has hecho en siete años. Ethan se rió. Cole se quedó un momento más mirando la corriente. Después, con una naturalidad que a Ethan se le quedó grabada en el pecho para siempre, apoyó la cabeza en su hombro, una sola vez, un segundo, y volvió a enderezarse.
—¿Y ella? —preguntó. —No sé.
—¿Vas a ir a buscarla? —No. —¿No? —No es mía para que me busque o no. —Ethan miraba el agua—. Va a hablar cuando quiera. Y yo voy a estar donde tengo que estar.
Cole asintió despacio. —Eso está muy bien. —Es lo más difícil que he hecho nunca. —Eso no es cierto. —Cole se levantó y le tendió una mano para ayudarlo a ponerse en pie—. Lo más difícil lo acabas de hacer.
Ethan cogió la mano. Se levantó. Se quedó un momento mirando el vado, el sol sobre el agua, las hojas que navegaban. Y de pronto, sin saber de dónde le salía, se descubrió diciendo en voz baja, a nadie, al arroyo:
—Perdón, Jamie. No ocurrió nada. El agua siguió su camino. Pero algo, dentro de él, se había quedado en su sitio por primera vez en siete años.
* * *
Los juzgados de Billings tenían una escalera de mármol gris que olía a cera, a humedad y a tiempo, y Clara la subió con una mano en la baranda y la otra en la de su hermana.
Beth había llegado dos días antes. Había bajado del avión con una maleta pequeña, el pelo recogido en una coleta y una expresión tan decidida que el empleado de seguridad del aeropuerto le había dejado pasar sin revisarle el bolso.
Se había lanzado a los brazos de Clara en mitad de la sala de llegadas, entre una familia con cuatro niños y un grupo de cazadores con camuflaje, y no la había soltado en un minuto entero.
—Estás más delgada —había dicho al fin, echándose atrás para mirarla—. Y más morena. Y estás... —Se le llenaron los ojos—. Estás entera.
Era martes catorce de octubre, a las nueve y diez de la mañana.
La sala de vistas era pequeña, de paredes de madera clara, con una bandera y un reloj y cuatro filas de bancos vacíos.
Denise Marsh esperaba en la primera, con una carpeta y su cara de siempre.
A su lado había una abogada joven, de traje gris, pelo muy corto y una sonrisa nerviosa, que se presentó como Kayla Torres y que tomó la mano de Clara con las dos suyas.
—Todo va a ir bien. —No se puede saber. —No —dijo Kayla—.
Pero vamos a decir lo que hay que decir.
En la tercera fila, aparte, con el sombrero de ala ancha sobre las rodillas y el uniforme planchado, estaba un ayudante del sheriff de Alder Creek, Rick Salas, al que Clara solo había visto una vez.
Le hizo un gesto de cabeza. Ella se lo devolvió.
En el otro lado de la sala, junto a una mesa, había un hombre de traje oscuro.
No lo había mirado al entrar. Ni siquiera había levantado la cabeza. Había venido por el pasillo con la vista fija en el suelo, y se había sentado junto a Beth y se había quedado muy quieta, con la carpeta azul sobre las rodillas, repasando mentalmente una frase.
Pero lo notaba. Lo notaba como se nota el sol en la nuca, sin mirarlo: un calor ajeno, constante, a unos diez metros.
—No lo mires —susurró Beth, apretándole la mano.
—No lo hago. —Mira la bandera. Clara miró la bandera.
Había pasado una hora desde que Denise le dijo: «No tienes que decir nada que no hayas decidido decir».
Llevaba en el bolsillo del abrigo una hoja con tres palabras.
No la sacaba. No la necesitaba. Pero la tocaba, de vez en cuando, con la punta de los dedos, como se toca una piedra de la suerte.
—Todos en pie. La jueza era una mujer de sesenta y tantos, pelo blanco cortado a tijera, gafas de media luna y una expresión de cansancio infinito. Se llamaba Ruth Callahan. Había visto, según dijo Denise en el pasillo, de todo, y casi nada la sorprendía.
La vista empezó con una lectura de papeles, con el murmullo monocorde de la formalidad.
Después habló Kayla Torres. Fue clara, concisa, sin dramatismo: los hechos, las fechas, el correo, la persecución.
Presentó el mensaje impreso. Presentó el testimonio de Dolly, que lo había escrito a mano en un papel de la cafetería, con letra grande y redonda.
«Este hombre estuvo en mi local el 6 de agosto.
Era muy amable. Demasiado.» Presentó el informe del ayudante Salas.
Después habló el abogado de él. Era un hombre grueso, de cuarenta y tantos, con voz de barítono y un traje que debía de costar lo que Silver Creek ganaba en un mes.
Habló de una relación difícil. De dos personas que se querían, y que se habían hecho daño sin querer.
De un hombre que solo quería saber si su pareja estaba bien.
Habló de sus buenas intenciones. De su historial impecable. De la «sensibilidad de la situación».
Clara escuchó aquello con los ojos fijos en la bandera.
La voz era distinta. Pero el idioma era el mismo.
—La demandante, ¿desea hablar? —preguntó la jueza.
Hubo un silencio. Kayla le tocó el codo.
Clara se puso en pie. Se dio cuenta, al levantarse, de que le temblaban las rodillas, y de que no pasaba nada.
Que podía temblar y hablar a la vez, igual que podía tener miedo y montar a caballo, igual que había podido apagar el teléfono en Illinois y seguir conduciendo.
Respiró por la nariz, despacio, como en el corral redondo, cuando Juniper estaba a dos metros.
—Sí, señora jueza. La voz le salió más baja de lo que quería, pero firme.
—Voy a decir pocas cosas. La jueza asintió.
—Mi nombre es Clara Bennett. Tengo veintinueve años.
Hasta hace seis meses viví con el señor Price durante cinco años.
—Se obligó a no mirar hacia la mesa—. Mi abogado ha dicho que es una relación difícil.
No lo es. Una relación difícil es aquella en la que dos personas discuten, y cada una puede dar un portazo y salir de la habitación.
—Se le quebró un poco la voz y la recompuso—.
En la mía hubo una puerta, una sola vez, y no me dejó salir.
Se oyó un murmullo. La jueza levantó una ceja.
—No voy a hablar de cómo fue. Está en los papeles.
Voy a hablar de lo que quiero. —Metió la mano en el bolsillo y tocó el papel sin sacarlo—.
Hace dos meses abrí una cuenta de correo desde una biblioteca de un pueblo de cuatrocientos habitantes.
En el momento exacto en que escribí la contraseña, él supo dónde estaba.
Sin preguntar. Sin pedir permiso. Y me escribió diciendo que no iba a hacerme nada que yo no quisiera.
Hizo una pausa. —Todo lo que él escribe es amable.
Todo lo que dice es razonable. Eso es lo que lo hace tan difícil de explicar, y tan difícil de detener.
Pero yo conozco esa voz. La conozco desde dentro.
Y sé que cuando dice «no voy a hacer nada que tú no quieras», quiere decir: voy a seguir haciendo lo que yo quiera hasta que tú dejes de querer.
La sala estaba en silencio absoluto. —No vengo a pedir que lo castiguen. —Miró, por fin, a la jueza—. Vengo a decir una frase. Una sola. —Respiró—. Aquí termina.
Se quedó quieta un momento. No había más. Era todo.
—Gracias, señorita Bennett —dijo la jueza, y su voz tenía algo diferente, un matiz—. Puede sentarse.
Clara se sentó. Beth le cogió la mano con las dos suyas, con tanta fuerza que le dolía, y la miró con los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa enorme, caótica, orgullosa.
Después habló él. Clara lo oyó. No lo miró.
Pero lo oyó levantarse, el crujido leve de la silla, el tono bajo y cálido de una voz preciosa que ella conocía mejor que la suya.
Dijo que lamentaba profundamente la situación.
Que la quería. Que nunca había querido hacerle daño.
Que fue a Alder Creek solo porque estaba preocupado, porque le había dolido no saber nada durante tantos meses.
Que lo único que pedía era una oportunidad para hablar.
La jueza le dejó terminar. Después se quitó las gafas.
—Señor Price —dijo—. ¿Es usted de Chicago?
—Sí, señora. —¿Y viajó usted a Montana, a un pueblo de menos de quinientos habitantes, a más de dos mil kilómetros de su casa, para preguntar por el bienestar de una persona que no le había contestado a treinta correos?
Hubo un silencio. —Fue un viaje de trabajo, señora jueza.
Aproveché... —Aprovechó —repitió la jueza.
—Sí. —Alquiló un coche en el aeropuerto de Missoula.
Se alojó dos noches en un motel. Preguntó en una cafetería por una joven con una descripción física detallada.
—La jueza consultó un papel—. Y por lo que veo, esa misma tarde regresó hacia el sur, hacia Wyoming, para volver a Chicago dos días después. ¿Es correcto?
—Es correcto. —Yo no soy psicóloga, señor Price.
Soy jueza. Me dedico a leer lo que hay en los papeles.
—Dejó las gafas sobre la mesa—. Y lo que hay en estos papeles no es la historia de un hombre preocupado.
Es la historia de un hombre que sabe muy bien dónde está una persona que no quiere ser encontrada.