Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE V
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PARTE V

Elegir quedarse

* * *

La taza de hojalata aparecía cada mañana lavada, boca abajo, en la barandilla de la cabaña.

Era la única conversación que tenían. Ethan dejaba el termo a las cuatro menos cinco, con el café recién hecho.

Cuando volvía a pasar por allí, hacia el mediodía, el termo ya no estaba, y la taza estaba donde la había dejado, enjuagada, seca, con el asa girada hacia el patio.

No había notas. No había nada. Era una frase sin palabras que se repetía cada día, sin que ninguno de los dos supiera exactamente lo que decía, y que él había aprendido a leer como se aprende un idioma raro, por el sonido.

Hacía cuatro semanas que ella había vuelto.

Había llegado un martes de finales de agosto, en el todoterreno de Sarah, con la maleta de cuadros y una carpeta azul.

Había cruzado el patio sin mirar a nadie, y después de dejar sus cosas en la cabaña había ido directamente a la cuadra, donde él estaba limpiando el box de Ranger. Se había detenido en la puerta.

—Buenos días. —Buenos días. —Voy a empezar por los boxes de la izquierda.

—De acuerdo. Y eso fue todo. Desde entonces, la cuadra, el corral, el patio y la mesa de la cocina de Margaret habían sido un territorio de frases cortas, correctas, perfectamente educadas, como las de dos desconocidos que comparten ascensor.

«La cincha de Dusty está floja.» «Gracias. » «Mañana viene el herrero.» «Vale.»

No era frialdad. Eso era lo peor. Había en el modo de decirlo algo cuidado, casi suave, y Ethan, que había pasado siete años sin escuchar a nadie, aprendió a leer lo que ella no decía: que le dolía tanto como a él, que estaba esperando algo, y que ese algo no era él.

No fue a buscarla. Ni una vez. Cada noche, desde el escalón del porche de la casa grande, con Cooper dormido entre las botas, vio la luz de la cabaña encenderse y apagarse, y no fue a buscarla.

Cada día, a la hora de la cena, miró la silla vacía del fondo, la que daba a la pared, y no fue a buscarla.

Pasó los días más largos de su vida con las manos ocupadas y la boca cerrada, aprendiendo, por primera vez, lo que cuesta estar quieto cuando se quiere hacer algo.

Fue lo más difícil que había hecho. Margaret tenía razón. Pero había algo más, y él lo sabía. Había una cosa que no dependía de ella.

* * *

Se lo dijo a Cole un sábado de principios de octubre, a las siete de la mañana, en el patio, con el aliento convertido en vapor bajo un cielo duro y limpio.

—Enséñame dónde ponemos el ganado en noviembre. Cole levantó la vista del cubo de pienso. —¿Qué? —Quiero ver Cutthroat. —Ethan se ajustó el sombrero—. Contigo. A caballo.

—Eso ya lo hicimos en junio. —No. Quiero subir por el vado. Cole dejó el cubo en el suelo despacio, sin hacer ruido, y se quedó mirándolo con una expresión muy rara, como quien ve a un caballo cojo echar a trotar.

—Ethan. —Es el camino corto. —Llevas siete años sin pisar ese camino. —Lo sé. —¿Estás seguro? —No —dijo él—. Pero voy a ir. Cole sintió algo, y se lo dejó ver. No dijo nada más. Fue a por su caballo.

* * *

El otoño había convertido las laderas en una cosa que no tenía sentido.

Los álamos temblones, en lo alto, ardían con un amarillo tan vivo que parecían encendidos por dentro.

Los alerces eran de un oro pálido. Entre los pinos oscuros, aquí y allá, un arbusto rojo, un matorral naranja, y el cielo por encima, de un azul tan seco que dolía la garganta de mirarlo.

Subieron al paso, uno detrás de otro, sin hablar. Ranger iba tranquilo. Ethan, no.

Sentía el corazón en los oídos. No era miedo, exactamente. Era la sensación de caminar hacia una habitación que lleva años cerrada y saber que dentro hay algo vivo.

En la bifurcación, donde el camino se parte en dos —a la derecha la cresta, a la izquierda el arroyo—, se detuvo.

Ranger resopló. Cole, detrás, también paró. Ethan giró a la izquierda. El sendero bajaba entre rocas y sauces desnudos, hacia un rumor de agua que se hacía más fuerte a cada paso. Pasó un recodo. Después otro. Y de pronto el bosque se abrió, y allí estaba.

El arroyo, ancho y claro, cantando sobre las piedras. Las orillas llenas de hojas amarillas. El tramo de grava donde el agua se volvía poco profunda y rápida. Y en la orilla izquierda, un montón de piedras claras, planas, colocadas con cuidado, y una herradura clavada encima.

Era mucho más pequeño de lo que recordaba. Ese fue el primer pensamiento, absurdo: que lo que había ocupado siete años de su cabeza cabía en cuarenta metros de agua mansa. Que el vado del que había huido tenía, a las diez de la mañana de un día de octubre, un aspecto casi dulce.

Desmontó. Se quedó de pie junto al caballo, con las riendas en la mano. Cole desmontó también, despacio, y se acercó hasta quedar a su lado. No dijo nada. Los dos miraron el agua.

—Hay una cosa que no te he contado —dijo Ethan. —Lo sé. —Quiero contarla aquí. —Vale. Ethan respiró hondo. El aire olía a hojas mojadas y a piedra fría.

—Aquella mañana —dijo—, yo estaba en la cocina. Eran las cinco. Estaba preparando el café. Había tormenta en el aire, y quería subir a Cutthroat a bajar el ganado antes de que cayera. Y entró Jamie.

No miró a Cole. Miró el agua. —Traía el sombrero en la mano. Estaba nervioso. Me dijo: quiero ir contigo. Quiero aprender a llevar el ganado cuando hay tormenta. —Se le quebró la voz y la recompuso—. Y después dijo: y quiero hablarte de otra cosa. De Bozeman. Del programa de veterinaria.

Cole hizo un ruido muy breve, como si le hubieran dado un golpe.

—Yo lo sabía —dijo—. Lo del programa. Me lo había dicho la noche anterior.

Discutimos. Le dije que era una tontería, que el rancho necesitaba a todo el mundo y que no se podía vivir de un sueño caído del cielo. —Se frotó la cara con la manga—. Sigue.

—Yo le dije que no. Lo dijo muy bajo, sin voz. —Le dije: hoy no. Es peligroso. Hay tormenta, y tú no sabes. Quédate. —Se pasó la lengua por los labios secos—. Le dije: ya hablaremos de lo otro cuando vuelva. Y le dije: no me estorbes hoy, Jamie.

El silencio que siguió fue tan completo que se oyó caer una hoja.

—Eso fue todo. No fue cruel. Ni siquiera lo dije enfadado.

Lo dije como se dice algo que se piensa que es lo correcto, de pie, sin mirarlo, con la taza en la mano.

—Respiró con un ruido entrecortado—. Me dio la espalda y salió.

Pensé que se había ido a la cuadra. Pensé que se le pasaría.

Cole no decía nada. Tenía las manos cerradas.

—Salió solo. A las seis. Yo estaba en el establo y no lo vi.

Cuando me di cuenta, ya había subido. Y venía la tormenta.

—Ethan miró por fin el agua, el tramo de grava, el lugar exacto—.

Llegó aquí con el ganado. El arroyo ya estaba crecido.

Quiso cruzar para demostrarme que podía. Que no era un crío.

Se calló. —Ranger lo encontró. Yo no. Fue Ranger quien bajó por el sendero y se paró en la orilla y no quiso pasar. —La voz se le deshizo—. Lo vi en el agua. Todavía estaba... Todavía...

No pudo seguir. Tenía los puños cerrados sobre las riendas, la cabeza baja, los hombros temblando, y una sensación inmensa, extrañísima, de que algo enorme y ne-

gro, que llevaba siete años encerrado en algún sitio detrás de las costillas, había por fin encontrado la grieta.

—Le dije que no me estorbara —repitió, en un susurro—. Fue lo último que le dije. Un chico de diecinueve años que me pidió estar conmigo, y yo le dije que me estorbaba.

Cole dio un paso. No dijo nada. Se acercó a su hermano, y le puso las dos manos sobre los hombros, y lo miró a los ojos, muy cerca. Le brillaban las mejillas.

—Eso no te hace responsable. —Sí. —No. —Cole le apretó los hombros con una fuerza dolorosa—.

Escucha lo que te digo. Jamie tomó una decisión.

Una decisión mala. La tomó él, a los diecinueve años, con la cabeza caliente y con un caballo bueno bajo las piernas, por un orgullo de crío. Era muy cabezón. Era como tú.

—Como yo. —Y como yo. —Cole se rió, y la risa se le quedó atragantada, y de pronto las lágrimas le corrían por la cara sin que hiciera nada por contenerlas—.

Y yo le dije que su sueño era una tontería, Ethan.

La noche antes. Le dije que no era para nosotros.

Y se fue a su cuarto sin cenar. ¿Crees que no he pensado cada día de mi vida... ?

Se calló. Su pecho subía y bajaba a sacudidas.

Ethan lo miró, y se dio cuenta, con un vuelco enorme, de que nunca había visto llorar a su hermano.

Ni en el entierro. Ni en ningún sitio. Cole Walker, el grande, el ruidoso, el que siempre tenía una respuesta, estaba llorando como un niño, con la boca abierta, sin ningún sonido, con las manos todavía aferradas a sus hombros.

Se abrazaron. Fue un abrazo torpe, de dos hombres que no sabían hacerlo, con los hombros chocando y los sombreros cayéndose al suelo y los caballos mirándolos con paciencia.

Ethan hundió la cara en el hombro de su hermano y lloró.

Lloró por primera vez en siete años, con toda la garganta, con los hombros, con las costillas, un llanto largo, ronco y feo que le salía de los pies, mientras el arroyo seguía cantando sobre las piedras como si nada.

No sabría decir cuánto duró. Cuando se separaron, tenían las caras húmedas, los ojos rojos y las manos todavía en los hombros del otro. Cole se rio. Una risa de agotamiento puro.

—Estamos horribles. —Sí. —Nadie nos puede ver así. —No. Se sentaron en la orilla, sobre una piedra plana, con las piernas colgando hacia el agua. Ethan cogió un puñado de hojas amarillas y las dejó caer en la corriente, que se las llevó despacio, una a una.

—Quería ser veterinario —dijo. —Sí. —Habría sido bueno. —Habría sido buenísimo. —Cole miró el agua—. Se le daban bien los animales. Mejor que a nosotros dos juntos.

Hubo un silencio largo, cargado, que por primera vez en siete años no dolía del todo.