Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE IV #7
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PARTE IV #7

Denise guardó silencio. —¿Te refieres a Ethan? —Me refiero a lo que hizo Ethan. —Clara apretó los labios—. No a Ethan.

—¿Es lo mismo? La pregunta cayó entre las dos con la ligereza de una pluma, y pesaba mucho más.

—No —dijo Clara, tras un largo silencio—.

No es lo mismo. Julian lo hacía sabiendo.

Ethan lo hizo sin saber. Y después me lo contó él, antes que nadie, de pie en un patio, con la cara...

—Se le quebró la voz—. Con la cara que pone cuando algo le duele.

Y yo le dije lo peor que le podía decir. A propósito.

—¿Qué le dijiste? —Que era igual que él. Denise asintió despacio. —¿Y lo eres? —No.

—¿Se lo has dicho? —No. —¿Por qué? —Porque todavía tengo miedo de que, si se lo digo, me conteste con algo que me haga volver demasiado deprisa.

—Clara se limpió una lágrima con el dorso de la mano, sin vergüenza—.

Porque lo echo de menos. Mucho. Y no quiero volver porque lo eche de menos.

Quiero volver, si vuelvo, porque lo he decidido.

—Eso es lo que te hace libre. —¿Qué? —Que lo sepas. —Denise sonrió—. Déjame hacerte una pregunta. Y no tienes que contestarla ahora. ¿Qué harías si él no cambia?

Clara se quedó inmóvil. No era una pregunta fácil.

Se la hizo por dentro, despacio, con el valor justo de quien abre un cajón que lleva años cerrado.

Qué haría si Ethan, el hombre del termo, el hombre de la mano abierta sobre la nuca, el hombre que le había besado una cicatriz en una cama estrecha, no aprendiera nunca a quedarse quieto.

Si seguiera siendo un hombre bueno que se ponía delante.

Si la siguiera queriendo de esa forma, con las mejores intenciones.

Lo pensó sin prisa, sin dramatismo. —Seguiría —dijo—.

Me dolería mucho. Mucho. Pero seguiría. —¿Estás segura?

—Sí. —Y le sorprendió descubrir, al decirlo, que era verdad—.

Tengo los caballos. Tengo el trabajo. Tengo a Beth, y a Sarah, y a una anciana que me dejó un vestido.

Tengo una orden de alejamiento y una cabra con mal carácter.

—Rió—. Tengo unas manos que saben hacer cosas.

Si él no cambia, seguiré. Sin él. Y será horrible, y después dejará de serlo.

Denise no dijo nada durante un rato. Solo sonrió, con los ojos húmedos tras las gafas de pasta roja.

—Escríbelo. Clara cogió el bolígrafo. Debajo de la tercera palabra, Decidir, escribió con letra firme:

Nadie decide por mí. Ni Julian, ni Margaret, ni Ethan, ni mi miedo. Miró la frase. Le pareció demasiado grande. La dejó así. Debajo, en una línea aparte, escribió otra cosa. No lo hizo de golpe: dudó con la punta del bolígrafo sobre el papel, y la escribió despacio.

No sé si esto incluye a Ethan. Puedo seguir adelante si no. Y debajo de esa, más pequeño, casi sin atreverse: Pero me gustaría que sí. Se quedó mirando la página. No la tachó. Era cierta, toda ella, de arriba abajo, y era suya.

—Ya está —dijo. —Ya está —asintió Denise.

* * *

Llamó a Beth desde la cabina de pago de la esquina de la oficina de Denise, con la tarjeta que le quedaba, y le contó lo de la vista.

—Voy a ir —dijo Beth, antes de que terminara la frase. —No hace falta... —Voy a ir, Clara. Ya he mirado vuelos. Hay uno que llega a Billings el doce. —Se oyó un ruido de papeles—. Pienso estar a tu lado en el juzgado, y después quiero conocer a ese cowboy.

—Beth. —Y a la anciana del vestido. —Beth, no sabemos si... —¿Si qué? —Si todavía hay cowboy. Hubo un silencio al otro lado. Después la voz de su hermana, muy suave, muy segura.

—Hay. —No lo sabes. —Claro que lo sé. —Una pausa—. Los hombres que piden perdón de pie en un patio con la cara que pone cuando le duele algo no se van, cariño. Solo tardan en aprender a volver.

Clara cerró los ojos contra el cristal de la cabina, que estaba tibio de sol.

—Te quiero. —Y yo a ti. Llama cuando puedas.

Colgó. Se quedó un momento con la frente apoyada en el aparato.

Después sacó de la cartera un papel arrugado con un número escrito a bolígrafo, el de la cocina de Silver Creek, que se había aprendido de memoria en abril, y lo marcó.

Contestó Margaret al tercer tono.

—Silver Creek. —Soy yo. Hubo un silencio muy corto. Después la voz de la anciana, tranquila, cansada y llena de algo que no se podía nombrar:

—Hola, hija. —Quiero volver mañana. A trabajar. —Claro. —No a quedarme. A trabajar. Voy a dormir en la cabaña y voy a hacer mi trabajo, y quiero que me ayudes a contarles a Cole y a Noah lo que hay que contarles. Lo haré yo. Tú solo tienes que estar.

—Estaré. —Y no voy a hablar con Ethan hasta que yo quiera. —Lo sabe. —¿Sabe qué? —Que no va a ir a buscarte. Que esperará. —Margaret hizo una pausa muy ligera—. Lo ha entendido antes de que yo se lo dijera, y eso que le ha costado treinta y cuatro años.

Clara no respondió. Le ardían los ojos. —Hay una cosa que tengo que decirte —siguió Margaret—. No es para hoy. Es de las que se cuentan con las dos sentadas y una taza delante. Pero quiero que sepas que existe.

—¿Es grave? —No. Es larga. —Vale. —Y una última cosa. —¿Sí? —El termo está en la barandilla de tu cabaña. Desde el viernes. Todas las mañanas.

Clara se quedó con el teléfono pegado a la oreja, sin poder decir nada.

—No hay nota —añadió Margaret—. Por si te lo preguntas.

—No me lo preguntaba. —Claro que no, hija.

Colgó. Y se echó a llorar, por fin, en mitad de una acera de Billings, bajo un sol de agosto, con un auricular en la mano y una libreta azul en el bolso.

Lloró un buen rato, sin ruido, con las dos manos sobre la cara. No era pena.

Era otra cosa, enorme y luminosa, que no sabía nombrar y que se parecía mucho a las cosas que vienen después de una larga noche.

Cuando se le pasó, se secó la cara con la manga, se arregló el pelo y respiró hondo, muy hondo.

Tenía un papel con tres palabras. Tres líneas. Una promesa escrita a mano.

Voy a seguir, pensó. Con él o sin él. Pero voy a seguir.