Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE IV #6
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PARTE IV #6

El reloj de la cocina marcó diez segundos.

—¿Qué? —Su hermana me había llamado dos días antes.

—Margaret levantó la vista—. Beth Bennett.

Una voz joven, muy asustada, con acento de Kentucky.

Me dijo que tenía una hermana que sabía de caballos, que estaba huyendo de alguien, que iba a llegar en cualquier momento a cualquier parte, y que necesitaba un sitio donde nadie le hiciera preguntas.

Había visto el anuncio que yo puse en marzo en un tablón de empleo rural, por internet.

—Una pequeña sonrisa, sin alegría—. Me pidió que no se lo dijera.

Que Clara necesitaba sentir que había conseguido el trabajo por sí misma. Sin lástima. Sin favores.

—Tú lo sabías. —Desde el principio. —Y no... —No. No os lo dije. Ni a ti, ni a Cole. —Margaret miró el café—. La contraté como se contrata a quien llega de verdad: preguntando si sabía montar, si sabía madrugar, si le tenía miedo al trabajo. Nada más. Y la dejé entrar.

Ethan sintió que algo se le movía detrás de las costillas, un vértigo extraño, como cuando uno cree que el suelo termina y descubre que sigue.

—Fue lo que Beth me pidió —dijo Margaret—. Y lo que yo habría querido si hubiera sido ella. Que me dejaran llegar. Que me dejaran ganarme el sitio. Y de vez en cuando, que alguien que sabe, sin que yo lo sepa, deje un termo en una barandilla.

Los ojos de Ethan se llenaron de algo muy caliente. —Por eso lo supe todo el rato. —Margaret le puso una mano sobre el brazo, ligera—. Que eras tú. Y que no lo decías. Y pensé: este es el modo. Así se cuida a quien huye. Callando. Cuidando con las manos. Esperando a que ella decida cuándo hablar.

—Y yo... —Y tú has pasado cinco meses haciéndolo perfecto. —La mano se apretó—. Hasta el jueves.

Ethan se tapó la cara con una mano. No lloró. Pero algo dentro de él se partió limpiamente, sin ruido, y cayó al fondo de algún sitio.

—Yo también le he ocultado algo, hijo. —Margaret respiró—.

No me enorgullezco. No sé si hice bien, ni si hice mal.

Sé que respeté a quien me lo pidió, y que era lo único que podía hacer.

Pero se lo diré. En cuanto Beth me autorice.

Y si Beth no me autoriza, se lo diré igual.

Porque tengo derecho a que me odie por lo que he hecho yo, no por lo que han decidido otros.

—No te va a odiar. —No lo sabes. —No —dijo él, y se oyó una risa rota—. Pero me lo creo. La mano de Margaret se aflojó. En el silencio de la cocina, un reloj marcaba los segundos.

—Mira —dijo ella—. Hay una cosa que te lleva siete años persiguiendo, y no es lo que piensas. No es que alguien se vaya. Es que alguien se quede sin tu permiso. Y esa mujer lo ha entendido antes que tú.

—¿Qué? —Que querer a alguien no es decidir por él. —Margaret se puso en pie, con un crujido de rodillas, y le dio la espalda para volver a poner agua en el fogón—. Y que lo que no sabes hacer, es quedarte quieto.

Ethan se quedó mirando la mesa. Los nudos de la madera, las marcas de cuchillo, la huella blanca de una taza. Una mesa en la que había comido durante treinta y cuatro años.

Pensó en Clara en la puerta de la cuadra, con la horca en la mano: «No necesito que me salves». Pensó en el termo. En el coche. En los sesenta dólares. En todo lo que ella le había dicho, con paciencia, desde el primer día, y que él había guardado como una reliquia sin comprender nunca del todo.

Nunca había pedido que la salvaran. Lo que había pedido, desde el primer día, desde la verja, bajo el aguanieve, era otra cosa. Que la dejaran decidir.

Y él, que había querido ser el hombre que se pone delante, había sido el que le cerraba la puerta.

Como con Jamie. El pensamiento le llegó de golpe, tan limpio, tan completo, que tuvo que agarrarse al borde de la mesa. Como con Jamie. Un chico de diecinueve años que le había pedido algo, una vez, y él había decidido por él, con una frase, creyendo que lo protegió.

Margaret no se volvió. —Eso es lo que ya sabes —dijo, muy suave—. No hay ninguna otra cosa que no sepas.

Ethan se levantó. Caminó hasta la puerta. Con la mano en el pomo, se detuvo.

—¿Voy a buscarla? —¿Tú qué crees? No contestó enseguida.

—Si voy, será para decidir yo cuándo hablamos.

—Eso es lo que creo yo también. —Entonces no voy.

—Eso, hijo. —Ahora sí se volvió. Tenía los ojos húmedos y brillantes, y una ternura grave en la cara—.

Es lo más difícil que has hecho en tu vida.

Salió al patio. Estaba amaneciendo, con ese gris perla que precede al sol, y el aire olía a tierra húmeda y a hierba cortada. Cooper lo esperó en el escalón con la lengua fuera.

Ethan se acuclilló. Se pasó las manos por la cara. Respiró.

Después volvió a la cocina, llenó el termo de acero abollado con café recién hecho, lo cerró, y lo llevó hasta la cabaña vacía. Lo dejó en la barandilla del porche, junto a la taza de hojalata.

Sin nota. Sin nada. No era para ella. Ella no estaba. Era, simplemente, lo que hacía a esa hora, y lo que iba a seguir haciendo mientras hubiera una barandilla, porque era la única cosa que sabía hacer bien sin ningún peligro para nadie.

Se quedó un rato mirando el termo. Después se fue a la cuadra.

* * *

Pasó el fin de semana en casa de Sarah, y fue, contra todo pronóstico, un fin de semana tranquilo.

La casa de la veterinaria era una cabaña de dos plantas al borde del pueblo, con un porche lleno de botas de goma, un perro de tres patas que se llamaba Trípode y que decidió desde el primer momento que Clara era suya, y un corral trasero con la famosa cabra, que resultó llamarse Gertrudis y tener un carácter infernal.

Clara le puso las gotas dos veces al día.

La cabra la miró con un odio casi personal y, al tercer día, apoyó la cabeza contra su rodilla.

No habló mucho. Sarah tampoco. Cenaron el viernes huevos revueltos con tostadas, y el sábado una pizza congelada que quemó la veterinaria con una dignidad admirable.

El domingo por la mañana, mientras Clara fregaba los platos, alguien llamó a la puerta, y Sarah, que fue a abrir, volvió con una caja de huevos de campo y una expresión muy rara.

—Ha venido Cole. —¿Cole? —Traía huevos. —Sarah dejó la caja sobre la mesa con una precisión exagerada—. Nadie trae huevos a las nueve de la mañana a una veterinaria sin motivo. Le he preguntado si quería un café y ha dicho que tenía que ir a ver a un hombre por un tractor. Se ha ido a toda prisa.

—¿Era por mí? —No. —Sarah miró la caja—. No lo sé. Dijo que Margaret te mandaba recuerdos, que los caballos están bien y que Juniper se ha comido la manta de Ranger.

Clara se rio, sin querer. —¿Y él? —preguntó después, muy bajo, sin mirarla—. Ethan.

—No ha dicho nada. Y yo no he preguntado. No dijeron nada más. Pero Clara, al secar la última taza, se dio cuenta de que le temblaban las manos, y no era de miedo.

* * *

El lunes por la mañana, en el despacho de Denise Marsh, Clara se sentó frente a una mesa con una planta de plástico y una caja de pañuelos en cada esquina, y por primera vez en cinco días no tuvo ganas de llorar.

Había ido a presentar los papeles. Una funcionaria con gafas colgadas de una cadena y una paciencia infinita los había sellado, fechado y archivado con la solemnidad de quien sabe que cada una de esas hojas es la primera frase de algo.

La vista quedaba fijada para el catorce de octubre.

Denise la había acompañado hasta la puerta del juzgado, y después de vuelta al despacho, donde le sirvió un té flojo en una taza con el escudo de unos Boy Scouts.

—Ahora viene la parte que nadie suele hacer —dijo, sentándose frente a ella.

—¿La parte...? —Pensar. —Denise abrió un cajón y sacó un cuaderno de tapas azules, de los de espiral—. No lo que tienes que hacer. No lo que te dicen que hagas. Lo que necesitas tú. —Se lo puso delante junto a un bolígrafo—. Ese es el trabajo. El resto son trámites.

Clara cogió el cuaderno. —¿Por dónde empiezo? —Por donde quieras. Se quedó mirando la página en blanco un rato muy largo. Fuera, en la calle, pasó un camión de reparto. En el despacho de al lado, alguien se rió.

Escribió, despacio, tres palabras en lo alto de la hoja, con una letra muy recta:

Seguridad. Trabajo. Decidir. Debajo de la primera dejó un espacio y escribió, una por una, las cosas que sabía que necesitaba.

La orden, ya presentada. Una copia en la oficina del sheriff de Alder Creek.

Dos caminos distintos para ir y volver al pueblo.

Tres números memorizados, no apuntados en un teléfono.

Que Margaret y Cole lo supieran por ella, no por rumores.

Que alguien, siempre, supiera dónde estaba, sin que eso significara que nadie decidía por ella.

Era una lista corta. Eran seis líneas. Las leyó y comprobó con cierta sorpresa que, escritas así, ordenadas en un papel, parecían manejables.

Debajo de la segunda, escribió lo que no se había atrevido a decir en voz alta desde el verano: Juniper. Un sitio. Mi nombre en la puerta.

Lo miró un buen rato. Las manos le temblaban un poco.

No lo tachó. Debajo de la tercera, durante mucho tiempo, no escribió nada.

—¿Decidir? —dijo Denise, con una voz muy suave.

—Es lo único que importa de verdad. —Cuéntame.

Clara dejó el bolígrafo sobre la mesa. —Llevo toda mi vida adulta con alguien que decidía por mí.

Con las mejores intenciones, y con una voz preciosa.

—Respiró—. Y cuando por fin me fui, pensé que ya está.

Que con salir de allí bastaba. Y no basta.

Porque yo también tenía el hábito. De pedir permiso.

De esperar a que alguien dijera: puedes.

—Se rio, sin ganas—. A veces me despierto y busco la nota en la mesilla.

La nota que decía qué iba a hacer ese día.

—Es normal. —Lo sé. Pero lo que me asusta no es él. —Miró la hoja—. Es que alguien me quiera de la misma manera. Con otra cara.