Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE IV #5
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PARTE IV #5

Clara escuchó hasta el final sin moverse.

Cuando él terminó, sintió que el cuerpo se le quedaba muy frío y muy lejano, como si se hubiera retirado un paso atrás dentro de sí misma para mirar la escena desde fuera.

No gritó. Fue lo que más le sorprendió después.

Lo que salió de su boca fue una voz muy suave, tranquila y clarísima.

—Repite la última parte. —Julian... dijo que ahora sabía que estabas aquí. —Porque tú se lo dijiste. —Porque yo se lo confirmé. —Él tenía los ojos clavados en el suelo—. Sin querer.

—Sin querer. —Sí.

—Hace tres días —dijo Clara— me prometiste que no harías nada sin preguntarme.

—Lo sé. —Hace tres días, Ethan. —Lo sé. —Levantó por fin la mirada. Estaba gris, hundido, como si hubiera envejecido diez años desde la mañana—. No lo pensé. Lo vi, y me...

—¿Te qué? —Me movió algo. Antes de pensar. Cuando quise darme cuenta ya estaba dentro.

—Eso es exactamente lo que me preocupa. —Respiró despacio—. Que no lo pensaras.

Se oyó el motor del todoterreno de Sarah, que se alejaba unos metros hasta la sombra del olmo, y se apagaba. Nadie bajó. Cooper, tumbado en el porche de la casa grande, levantó la cabeza y volvió a bajarla.

—Sabe mi nombre —dijo Clara—. Sabe mi nombre y sabe el tuyo.

Sabe que estoy en Alder Creek, en un rancho de caballos.

Sabe que hay un hombre que se pone en medio.

—Habló sin elevar la voz—. Eso es lo que quería saber.

Eso es exactamente lo que él ha querido saber durante cuatro meses.

Y se lo has regalado delante de una cafetería llena de gente.

—Lo siento. —No me digas lo siento. —Lo siento de verdad.

—No es una cuestión de que lo sientas —dijo ella—.

Es una cuestión de que he tomado todas las decisiones de mi vida de los últimos cuatro meses una por una, con cuidado, a mi ritmo, y esta mañana, mientras yo estaba en Billings hablando de lo que quiero, tomaste tú la más importante. Por mí.

—Estaba intentando protegerte. —¿De qué? —De él. —¿Y de ti? La frase cayó entre los dos como una piedra. Ethan no contestó. Se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos. Era el gesto de alguien que ha recibido un golpe que nunca había imaginado.

—¿Qué querías que hiciera? —dijo, después de un largo silencio, con una voz que se le rompió en mitad—. ¿Que me quedara mirando cómo un tipo así le pregunta a Dolly por ti, con esa sonrisa, y no hiciera nada?

—Sí. —¿Eso? —Que me preguntaras. Que llamaras a Sarah.

Que esperaras a que yo volviera y me dijeras: ha venido, está en el pueblo, ¿qué quieres que hagamos?

—Se le empezó a quebrar la voz y la sostuvo con las dos manos—.

Era mi decisión. Era mi voz la que tenía que decir: aquí termina. Tuya, no. Mía.

—Lo hice porque te quiero. Salió de golpe, sin pensar, sin que él mismo supiera que estaba a punto de decirla. Se quedó la frase colgando entre los dos, en mitad del patio, bajo el sol de las cinco, como un objeto raro que nadie quiere tocar.

Clara cerró los ojos. —No —dijo. —Es verdad.

—No digas eso ahora. No así. —¿Cómo, si no?

—No como excusa. —Abrió los ojos. Tenía la cara blanca, y los ojos muy secos y duros—.

No como la razón por la que has decidido por mí.

Eso mismo decía él. Lo hago porque te quiero.

Lo decide así porque te quiero. Te lo quito porque te quiero.

—No soy él. —Lo sé. —No soy él, Clara. —Ya lo sé. —Le tembló la voz—. Y eso es lo peor. Porque él lo hacía sabiendo, y tú lo has hecho sin saber. Y no sé cuál de las dos cosas me da más miedo.

El silencio fue enorme. —Eres exactamente igual que él —dijo ella—. Solo que con mejores intenciones. Y eso es peor.

No llegaba a la mitad de la frase cuando supo que no iba a poder retirarla.

Vio cómo a Ethan se le iba el color de la cara.

No fue un golpe visible. No retrocedió, ni dijo nada, ni se movió.

Fue algo que le pasó por dentro, y se le notó en los ojos, que se le volvieron muy lejanos y muy quietos, como los de un animal que ha comprendido que no hay a dónde ir.

Ella podía decir lo siento. La palabra le subía por la garganta. No la dijo.

* * *

Se fue a la cabaña. Abrió la maleta de cuadros sobre la cama.

Empezó a meter ropa con movimientos exactos y rápidos, sin mirar lo que cogía: unos vaqueros, tres camisetas, el cepillo de su madre, un libro con el lomo roto, la carpeta azul.

Lo hizo con el mismo orden y la misma calma con que se había ido de Chicago, y se dio cuenta, a mitad de camino, de que era la única forma que conocía de irse.

No era lo mismo. Esta vez se iba por unos días. Y volvía el lunes a Billings. Y esta vez sabía a dónde.

Pero el cuerpo no distingue. Ethan estaba en la puerta. No había entrado. Se había quedado en el umbral, con las manos a los costados, sin tocar el marco.

—No te vayas. —No me lo pidas. —No te lo pido. —Tragó saliva—. Solo... déjame que te lleve. Hasta el pueblo. Para que no vayas sola...

—Voy con Sarah. —Vale. Hubo una pausa. Clara cerró la cremallera de la maleta. Se enderezó, con la maleta de su madre en una mano, y por fin lo miró.

Le pareció muy joven. Fue una impresión absurda: un hombre de treinta y cuatro años, en un umbral, con la camisa fuera del pantalón y la cara de un chaval al que han dicho una cosa que no entiende. Se le encogió el corazón. No lo suficiente.

—Necesito unos días. —Lo sé. —No sé cuántos.

—Vale. —No es para castigarte. —Ya lo sé.

—Es para pensar sin mirarte. —Ya lo sé, Clara.

Pasó junto a él. Cuando cruzó el umbral, sintió el calor de su cuerpo a un palmo, el olor a cuero y a jabón de pastilla, y tuvo que apretar los dientes para no detenerse.

No se detuvo. Atravesó el patio con la maleta en la mano y sin volver la cabeza. Sarah, que había salido del coche y estaba apoyada en la puerta con los brazos cruzados, abrió el maletero sin decir nada. Clara metió la maleta. Subió.

Sarah arrancó. No dijo nada durante veinte minutos. —¿Quieres hablar? —preguntó, por fin, cuando ya se veían las primeras casas de Alder Creek.

—No. —Vale. Tengo un sofá con muelles rotos y una cabra con una infección de oído, y puedes quedarte todo el tiempo que necesites.

Clara soltó una risa breve, estrangulada, que se le convirtió en otra cosa.

* * *

Durmió mal en el sofá de Sarah, bajo una manta de cuadros que olía a perro y a detergente, mirando un techo que no era el suyo.

No tembló. No lloró. Estuvo mucho rato mirando las sombras de las hojas del árbol de la calle moverse sobre el yeso, con una claridad casi cruel. Decía las cosas en voz baja, a nadie, a la oscuridad: tenía derecho. Tenía derecho a estar furiosa. Era verdad todo lo que había dicho.

Lo que no era verdad era lo último. No era igual que él. Lo sabía perfectamente. Julian nunca se habría quedado en una puerta sin entrar. Nunca habría dicho «vale» ante un no. Nunca habría preguntado, con los ojos húmedos, qué quería ella, y dejado que contestara con las manos vacías.

Había querido que doliera. Y había dolido. Y a ella no le servía de nada. A las cuatro de la madrugada, con el primer gris del alba entrando por la ventana, lo comprendió de golpe: lo peor de todo no era el miedo ni la furia ni la sensación de que le habían quitado algo.

Lo peor era que lo echaba de menos. Cerró los ojos. Y se quedó así hasta que amaneció.

* * *

Margaret lo estaba esperando en la cocina a las cinco de la mañana, sentada a la mesa de roble, con el café recién hecho y el gesto de quien lleva horas decidiendo qué va a decir.

Ethan no había dormido. Había pasado la noche sentado en el escalón de la cabaña vacía, con Cooper tumbado a sus pies y la puerta abierta, mirando una cama hecha y una percha sin nada.

No había llorado. No sabía hacerlo. Había mirado un punto fijo en la oscuridad durante siete horas, repitiendo una frase que no era suya: eres exactamente igual que él.

Entró en la cocina con las botas cubiertas de rocío, y Margaret, sin levantar la vista de la taza, dijo:

—Siéntate. —No tengo hambre. —No te he preguntado si tienes hambre.

Se sentó. Margaret dejó la taza sobre la mesa.

Después se quitó las gafas y las dejó junto a ella, con mucho cuidado, como quien se desprende de un escudo.

Cuando lo miró, Ethan descubrió con un sobresalto que su tía abuela estaba furiosa.

No la había visto así nunca. Ni siquiera el día del entierro de Jamie. Era una furia seca, concentrada, sin una sola grieta, de las que se acumulan durante años.

—Tú no eres su guardián. —Margaret...

—Escucha. No quiero que contestes. Quiero que escuches.

—La voz era muy baja—. Esa mujer llegó a mi casa con una maleta, trescientos dólares contados y un coche que se estaba muriendo.

Se quedó porque quiso. Se ha ganado cada día que lleva aquí, con las manos, con la cabeza y con una dignidad que a ti, a Cole y a mí nos queda grande.

Nadie le ha dado nada. Nadie la ha salvado. Nadie se lo ha pedido.

—Yo no quería... —Ya sé lo que querías. Querías lo que quiere todo hombre que quiere a una mujer en peligro: ser el que se pone delante.

—Margaret le sostuvo la mirada—. Es el instinto más viejo del mundo, hijo, y no es malo.

Pero cuando se convierte en lo único que sabes hacer, es una jaula con muy buena intención.

Ethan no dijo nada. —Voy a decirte una cosa —siguió ella—. Y después vas a pensarlo mucho.

Se quedó un momento callada. Pasó un dedo por el borde de la taza. —Cuando Clara me llamó por teléfono, desde aquella cabina de Dakota, ya sabía quién era.