PARTE IV #4
—... prometida. Su familia está muy preocupada. Se fue un día sin avisar y llevamos meses sin saber nada de ella. Sé que no es asunto de nadie, pero si usted tuviera alguna noticia, aunque fuera mínima... —Una pausa, una sonrisa triste, de las que hacen que uno quiera ayudar—. Solo quiero saber que
está bien. Se llama Clara Bennett. Veintinueve años. Pelo castaño, ojos color avellana.
Ethan se quedó inmóvil en el umbral. Vio la cara de Dolly. Vio cómo la sonrisa se le quedaba fija, dulcísima, y los ojos muy amables, y supo con total certeza lo que iba a pasar.
—Aquí no tenemos a nadie con ese nombre, cielo —dijo Dolly, llenando la taza—. Pero con mucho gusto le pongo un trozo de tarta mientras espera.
Era una mentira perfecta. Dolly Pruitt, sesenta años, que no le había mentido a nadie en el pueblo en su vida, acababa de proteger a una mujer a la que apenas conocía desde hacía cuatro meses, con una sonrisa en la cara y la jarra del café en la mano.
El hombre inclinó la cabeza. —Es usted muy amable.
Y entonces Ethan hizo lo que le había prometido a Clara que no haría.
No lo decidió. Eso fue lo que más tarde le costaría entender.
No hubo un instante de duda, ni una voz que dijera: párate, llama a Sarah, pregunta antes.
Había dentro de él algo antiguo y poderoso que se movió solo, con la misma rapidez con que un caballo gira cuando huele el fuego, y de pronto estaba cruzando el umbral de Dolly's con el recibo en el puño y los pasos pesados sobre el suelo de linóleo.
El hombre levantó la vista. Los ojos de Julian Price eran grises y cálidos, de una calma casi hipnótica. Sonrió al verlo acercarse con la espontaneidad de quien se encuentra con un conocido.
—Buenos días. —Se va ahora mismo. La sonrisa no se movió. —¿Perdón? —Sé quién es usted. —La voz de Ethan salió baja, controlada, con un temblor debajo que no consiguió apagar—. Y sé qué busca. Va a levantarse de esa silla, va a subir a su coche, y va a salir del condado. Ahora.
En Dolly's todo se había quedado inmóvil.
Un camionero, con la tostada a medio camino.
Hank Dawson, con su bastón entre las rodillas, en el taburete del final.
Dos chicas de la tienda de ropa, junto a la ventana.
Travis Hale, que acababa de entrar por la puerta de atrás con una caja de huevos. Todos miraban, y nadie respiraba.
—Ya veo. —Julian dejó la taza sobre el plato, con delicadeza. Seguía sonriendo—. Usted debe de ser Ethan Walker.
Ethan sintió que se le helaba la nuca. —Capataz de Silver Creek. Treinta y cuatro años. —El hombre ladeó la cabeza con una amabilidad exquisita—. Me lo han dicho en la gasolinera. Todo el mundo habla muy bien de usted, ¿sabe? Dicen que es un hombre honrado.
—Se va ahora mismo. —No he hecho nada. —Julian abrió las manos, con las palmas hacia arriba, el gesto de un hombre razonable ante un malentendido—.
Estoy en un lugar público, tomando un café, preguntando amablemente por una persona a la que quiero.
¿Hay algún delito en eso? Si lo hay, dígamelo, y me levanto ahora mismo.
No lo había. Eso lo supo Ethan en ese instante, con una claridad horrible: no había ningún delito, ni en las palabras, ni en el tono, ni en la mano abierta. Estaba en una cafetería, de día, tomando café. Todo lo que decía era razonable. Todo lo que hacía era correcto.
Y él, Ethan Walker, de pie en mitad de la sala, con un recibo arrugado en el puño y la mandíbula apretada, era el que parecía un hombre fuera de sí.
—No vuelva a acercarse a ella —dijo. —Ah. —La sonrisa de Julian se hizo más suave, más tierna, casi triste—. Así que existe.
El aire dejó de moverse. Ethan comprendió, antes de poder detener las palabras, antes siquiera de terminar de oírlas, lo que acababa de decir.
Lo vio en los ojos grises, en la lenta satisfacción que se abría en ellos como una flor.
Dolly había mentido durante cinco minutos, con una sonrisa y una cafetera.
Y él lo había deshecho en cuatro frases.
—Gracias, señor Walker —dijo Julian Price, levantándose, con una cortesía impecable. Dejó un billete de diez dólares junto a la taza y se alisó la chaqueta de lino—. No sabía si estaba aquí. Ahora sí.
Dolly dejó la cafetera sobre la barra con un golpe seco. —Se lo agradezco de verdad —siguió, con una calidez inquietante—. Dele un mensaje de mi parte, por favor. Dígale que no pasa nada. Que la quiero. Que estaré donde ella me necesite.
Pasó junto a Ethan, tan cerca que olía a colonia cara, a jabón limpio y a café. No lo rozó. No lo miró. Con una inclinación de cabeza hacia Dolly, hacia el camionero, hacia Hank, cruzó la sala con paso tranquilo y salió a la calle.
Ethan se quedó inmóvil. A través del cristal, vio cómo Julian Price subía a un sedán gris, aparcado a la sombra de un olmo.
Vio cómo se abrochaba el cinturón, cómo comprobaba el retrovisor, cómo salía despacio hacia el sur sin ninguna prisa, con los intermitentes puestos, como un hombre que respeta las normas.
Nadie dijo nada durante un rato muy largo. —Ethan —dijo Dolly, por fin, con una voz que no parecía suya—. ¿Qué has hecho?
No supo qué contestar. Dolly estaba blanca. No de miedo, sino de una rabia temblorosa, contenida, que le hacía apretar la jarra con las dos manos.
—Le estaba mintiendo —dijo—. Le estaba mintiendo bien. Era lo que tenía que hacer. Y tú, con esa cara...
—Lo sé. —¿Lo sabes? —Ahora sí. Hank se levantó despacio del taburete.
No dijo nada. Se acercó hasta él, apoyado en el bastón, y le puso una mano en el hombro, un segundo.
No era un consuelo. Tampoco un reproche.
Era la mano de un hombre viejo que ha cometido muchos errores y sabe distinguir uno cuando lo ve.
—Se lo vas a tener que contar tú —dijo. —Lo sé.
—Antes de que lo haga alguien. —Lo sé. Ethan salió a la calle.
El sol de agosto le cayó encima como un golpe.
Cruzó la acera, llegó a la camioneta, abrió la puerta y se sentó al volante, y se quedó un momento con las manos sobre el volante, mirando el parabrisas, sin ver nada.
Era la media mañana. Todo el pueblo lo había visto. Antes de la hora de comer lo sabría el panadero, y la ferretería, y la iglesia, y el sheriff, y en algún momento de la tarde, por una vía u otra, llegaría a Billings, y a la mujer que
en ese instante estaba hablando, con voz firme, de lo que quería que hubiera en un papel.
Había prometido que no haría nada sin preguntarle. Había hecho exactamente lo que él mismo había dicho que no haría, tres noches después de decirlo. Y había hecho algo peor: le había entregado a Julian Price, con las manos abiertas, la única pieza que le faltaba.
Puso la llave en el contacto. No arrancó. A lo lejos, hacia el sur, el sedán gris se perdía por la carretera entre una nube de polvo, con la tranquilidad exacta de quien sabe que ya ha ganado.
* * *
Billings le dejó a Clara algo que no esperaba: ganas de contarlo.
La asesora, Denise Marsh, resultó ser una mujer menuda, de pelo gris cortado a tijera, con unas gafas de pasta roja y un despacho sin ninguna decoración salvo una planta de plástico y una caja de pañuelos en cada esquina de la mesa.
Había escuchado durante una hora sin interrumpir.
Había tomado notas a mano. Y cuando Clara terminó de contarlo todo, de arriba abajo, con la voz firme y las manos quietas sobre el regazo, la mujer se había quitado las gafas y le había dicho: «Es usted muy valiente».
—No —había contestado Clara—. He sido práctica.
—Eso es lo mismo, cariño. Solo que sin música.
Habían rellenado papeles. Habían impreso el correo de Julian desde el ordenador de la oficina, con fecha y hora.
Habían hablado de una abogada de oficio, de una vista que se fijó para mediados de octubre, de qué hacer y qué no hacer si él se presentaba.
Denise le había dado una carpeta azul, con todo ordenado, y una tarjeta con tres números.
En el pasillo, al despedirse, le había dado un abrazo breve y fuerte, de los que no piden nada a cambio.
En el todoterreno de Sarah, de vuelta, Clara se había quedado mirando los campos de trigo por la ventanilla durante noventa kilómetros, con la carpeta azul abrazada contra el pecho, sin hablar, con una paz que no recordaba.
Era una paz muy frágil, y lo sabía. Pero era suya. —¿Estás bien? —había preguntado Sarah, a mitad de camino. —Estoy bien. —¿Quieres parar a comer? —Quiero llegar a casa.
Lo dijo sin pensar. Después se quedó un rato oyendo su propia frase, y comprendió que la palabra «casa» se le había salido sola, y que quería contarle a Ethan lo de la vista, y lo de la abogada, y la tarjeta con los tres números. Y que le iba a gustar ver cómo la escuchaba.
Llegaron a Silver Creek a las cinco menos cuarto. Ethan estaba en el patio. Lo vio desde la ventanilla antes de que el coche parara. De pie en mitad del patio, sin sombrero, con las manos colgando a los lados y la camisa sin remeter. No hacía nada. Parecía llevar allí mucho tiempo.
Reconoció la cara. Era la del día de la tormenta, cuando se le cayó la taza. La del vado.
—Ay, no —dijo Sarah, muy bajito. Clara bajó del coche. Andaba despacio, con la carpeta en la mano, y cada paso le parecía más largo que el anterior. Él no se acercó. Se quedó donde estaba, y cuando ella llegó a tres metros, dijo:
—Tengo que contarte una cosa. —Ya lo veo.
—Quiero contarte yo antes de que lo haga nadie.
Se lo contó sin adornos, sin pausas, de pie en el patio al sol de las cinco, con la voz muy plana.
Dolly's. El hombre del traje de lino. El nombre.
La mentira de Dolly. Las frases que él había dicho. La sonrisa. La frase final: ahora sí.