PARTE IV
El pasado no se queda atrás
* * *
La biblioteca de Alder Creek tenía dos ordenadores, una bibliotecaria de ochenta años que se llamaba señora Oakes y un cartel, escrito a mano con un rotulador que se estaba quedando sin tinta, que decía: SILENCIO, POR FA- VOR. TAMBIÉN PARA LOS PENSAMIENTOS.
Clara se sentó ante el de la esquina, el que daba a la pared, a las tres de la tarde de un miércoles de agosto, con un permiso de Margaret en el bolsillo («vete, hija, que los caballos no se van a ir a ninguna parte») y una lista muy corta en la cabeza.
Era una lista de una sola cosa: su madre.
Había pasado semanas dándole vueltas. Semanas de acostarse con una idea fija, de recordar en la oscuridad una cara que empezaba a desdibujarse.
En la maleta de cuadros no había ninguna foto.
Se había ido de Chicago con lo puesto y con lo imprescindible, y no había tenido tiempo ni valor para ir a buscar un álbum.
Pero en la nube, en esa cuenta compartida que él había abierto hacía cinco años —«así lo tendrás todo a salvo, cariño»—, había ciento doce fotografías de una mujer de manos fuertes y sonrisa cansada, subidas una tarde de Navidad desde un teléfono que ya no existía.
Se lo había repetido muchas veces. Es solo una vez. Unos minutos. Descargo las fotos y me voy.
Escribió su dirección de correo antiguo con dedos que apenas le respondían. La contraseña. El sistema le pidió un código de verificación, que le llegó a esa misma bandeja de entrada, y tuvo que abrirla.
La bandeja estaba llena. No había mensajes en negrita, de esos que se acumulan. Solo había uno nuevo, con la hora de hace dos minutos. Y debajo, unos treinta más, todos ya
abiertos, todos del mismo remitente. Se quedó mirando el nombre con la mano suspendida sobre el ratón y sintió que algo se le quedaba muy quieto detrás de las costillas.
Julian Price. El último mensaje, el de hace dos minutos, se había enviado en el instante exacto en que ella escribió la contraseña.
Lo abrió. Clara: Acabo de ver que alguien ha accedido a nuestra cuenta de fotos desde Montana, y quiero creer que eres tú. Espero que estés bien.
No voy a pedirte nada. No voy a hacer nada que tú no quieras. Solo necesito saber que estás a salvo, porque llevo cuatro meses sin dormir bien y creo que lo entenderás.
Cuando quieras hablar, aquí estaré. Siempre he estado.
Con todo mi cariño, J. Leyendo aquello, Clara dejó de oír la biblioteca.
Se fue el zumbido del ordenador, el tictac del reloj de pared, la tos de la señora Oakes tras el mostrador.
Lo único que oyó fue su propia sangre. Cada frase era perfecta.
Cada una, por separado, razonable, tierna, preocupada.
Era el mensaje de un hombre dolido y paciente al que cualquier persona sensata habría respondido con compasión.
Pero ella había vivido cinco años dentro de esa voz.
Conocía lo que había debajo. Conocía el «he visto», que quería decir: te estoy mirando.
El «quiero creer», que quería decir: ya sé que eres tú.
El «no voy a hacer nada que no quieras», que siempre había significado lo contrario.
Y el «Montana», esa palabra que no debería estar en ningún sitio, puesta allí como una pieza de ajedrez en mitad del tablero.
Sabía dónde estaba. Al menos, el estado. Las manos le temblaban tanto que tuvo que ponerlas bajo los muslos. Pasó un minuto. Dos. La señora Oakes tosió otra vez. Fue entonces cuando Clara hizo algo que, más tarde, le sorprendería recordar.
No huyó.
Se quedó sentada. Respiró por la nariz, despacio, con la espalda recta, igual que había respirado en el corral redondo cuando Juniper estaba a dos metros. Y pensó: tengo unos minutos. Es lo que hay. Qué hago con ellos.
Abrió la carpeta de fotos. Ciento doce imágenes.
Seleccionó todas. Pulsó descargar, con el corazón a cien, mientras la barrita de progreso avanzaba con una lentitud criminal.
Cuarenta por ciento. Sesenta. En el rincón de la pantalla, el reloj marcaba las tres y dieciséis. Ochenta. Noventa y cinco. Cien.
Sacó el pendrive que había comprado en la ferretería por cuatro dólares, lo conectó, y copió los archivos uno a uno. Después salió de la carpeta, entró en los ajustes de la cuenta y buscó la opción que decía: ABANDONAR PLAN FAMILIAR.
La pulsó. Le pidió confirmación. Confirmó.
Cambió la contraseña de su correo por una de veintidós caracteres, sin ningún sentido, que apuntó en una tira de papel.
Activó la verificación en dos pasos con un número de teléfono que no era el suyo: el de Beth.
Cerró sesión. Borró el historial del navegador, el de descargas, el de todo, con una concentración limpia y casi fría, como quien cierra todas las ventanas de una casa antes de una tormenta.
Cuando terminó eran las tres y veintidós. Había tardado seis minutos. Salió de la biblioteca con el pendrive en el puño y se quedó en los escalones de piedra, con el sol cegador de agosto cayendo a plomo sobre Alder Creek y el estómago encogido en una bola dura, y por fin tembló.
Tembló durante un minuto entero, apoyada en la baranda, sin llorar, con los dientes apretados.
Después se enderezó y fue a buscar un teléfono.
* * *
La última cabina de pago de Alder Creek estaba junto a la gasolinera, bajo un toldo de chapa, con la guía de teléfonos colgada de una cadena y un cartel de PROHIBIDO FIJAR ANUNCIOS cubierto de anuncios.
Clara compró una tarjeta de llamadas de diez dólares en la tienda de la gasolinera.
Marcó un número que sabía de memoria desde hacía años.
Beth contestó al segundo tono. —¿Sí?
—Soy yo. Hubo un silencio. Después, un sonido muy raro, entre un suspiro y un sollozo contenido.
—Dios mío, Clara. Te he llamado al número que me diste ciento veinte veces. Estás...
—Estoy bien. Estoy bien, Beth. —Se le quebró la voz en la última palabra y tuvo que parar un momento—. Pero él sabe dónde estoy. Al menos el estado.
Silencio otra vez. —¿Cómo? Clara se lo contó. La nube, las fotos, el correo. Lo contó deprisa, en frases cortas, mirando una mancha de aceite en el suelo, y a cada frase la voz le salía más firme. Cuando terminó, Beth no dijo nada durante un largo rato.
—Me ha llamado cuatro veces desde abril —dijo por fin.
—¿Qué? —Muy amable. Muy preocupado. Me pidió que te dijera que lo tenía todo perdonado.
Le dije que no sabía nada de ti. —Se oyó un ruido, como si Beth hubiera apoyado la frente en algo—.
Tiene una voz preciosa, Clara. Siempre la tuvo. Por eso es tan peligroso.
—Lo sé. —Escucha. Hay una línea nacional, el 1-800-799-7233. Atienden a cualquier hora. No hace falta estar en peligro para llamar; solo hay que querer hablar con alguien que sepa de esto. Yo lo he hecho, para preguntar por ti. Son buena gente. Y hay una organización en Billings que...
—Beth. —Prométeme que lo vas a pensar. —Lo voy a pensar. —Y era verdad—. Lo prometo. —¿Y ahí hay alguien? Clara cerró los ojos. —¿Qué quieres decir? —Alguien que te cuide. Alguien que sepa. —Hay una anciana maravillosa. Y un hombre que... Se calló. Beth esperó. —¿Un hombre? —Se llama Ethan.
El silencio que siguió fue de tal densidad que Clara tuvo que apartar el auricular del oído.
—¿Ethan? —dijo Beth—. ¿Quién es Ethan? ¿Por qué no me has hablado de Ethan? Clara Bennett, llevo tres meses preocupada por ti, llorando en la cocina, y tú tienes un... ¿es un cowboy? ¿Es un cowboy de verdad?
—Es el capataz. —¡Dios mío! —Beth. —Perdona, perdona. Es que... —Se oyó un hipido que era mitad risa, mitad llanto—. Me alegro tanto. Me alegro tanto, cariño.
Clara también se rio, con los ojos húmedos, apoyada en la chapa caliente de la cabina.
—¿Se lo has contado? —Sí. Lo de antes. Lo de Julian. —¿Y lo de hoy? —Todavía no. —Clara... —Lo sé. —Cerró los ojos—. Se lo diré. Es que... Necesito ordenarme primero. Averiguar qué pienso yo antes de que alguien me diga qué hay que hacer.
—No es lo mismo que él. —Ya lo sé. —Es el primer hombre del que me hablas en cinco años sin que se te quiebre la voz.
—Ya lo sé, Beth. La tarjeta marcaba tres minutos que quedaban. Clara se quedó mirando el contador, con la mano apretando el auricular.
—Te quiero. —Y yo a ti. Llámame cuando puedas. Del teléfono que sea. —Lo haré. Colgó. Se quedó un momento con la mano sobre el auricular, como se ahoga un grito.
Luego respiró y volvió a la camioneta de Margaret.
* * *
En el camino de vuelta, entre los campos de heno segado y el cielo, que se había puesto de un azul tan limpio que dolía, Clara se dijo que se lo diría esa noche.
No. Mañana. Había una raíz de verdad en aquello.
No era solo cobardía. Era una necesidad real, concreta, de saber qué sentía antes de ver la expresión de él: esa cara que se le endurecía cuando algo le dolía, esa mandíbula tensa, esos puños cerrados.
Ethan escuchaba, de acuerdo. Pero no podía evitar tener ganas de hacer algo, y ella lo sabía.
Se lo había dicho en voz alta en el porche: tengo tres cosas que me gustaría decir, ninguna es para ti.
Necesitaba unas horas. Para saber qué quería hacer ella, antes de que él quisiera hacer algo.
Cuando llegó a Silver Creek, el sol estaba bajo y la luz de la tarde bañaba el patio de un dorado denso, de caramelo. Aparcó la camioneta junto a la cuadra. Ethan estaba en el corral grande, de espaldas, con una mano en el cuello de Ranger y el sombrero ladeado, y se volvió al orír el motor.
La sonrisa de él le llegó a Clara como un golpe en el pecho. Era una sonrisa franca, sin ninguna sombra, de las que él había empezado a regalar sin darse cuenta. Cruzó el patio hacia ella con paso rápido, con los hombros sueltos y la cara abierta.
—Has vuelto. —He vuelto. —¿Todo bien? —Todo bien. La respuesta salió sola. Con una naturalidad perfecta, con una entonación cálida, con la sonrisa exacta en el sitio exacto. Era una respuesta redonda, sin una sola grieta.