Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE IV #2
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PARTE IV #2

Él la creyó. Se le notó en el modo en que se le relajó la frente, en cómo le puso una mano en la cintura, en cómo se inclinó a besarla en la sien con un cariño enorme.

Clara cerró los ojos contra su hombro. Había mentido. Otra vez. Y lo había hecho muy bien.

* * *

La carpeta que Cole le entregó el viernes a las seis de la tarde pesaba menos de lo que Ethan esperaba y dolió mucho más.

Estaban en el despacho de Margaret, un cuarto pequeño junto a la cocina, con una mesa de roble, un archivador de metal y una ventana que daba al patio.

Cole había cerrado la puerta. Se había quitado el sombrero, cosa que nunca hacía en interiores, y lo sostenía entre las manos como quien sostiene algo que no sabe dónde dejar.

—Llévate el tiempo que necesites. Ethan abrió la carpeta.

Había páginas de números, extractos, cartas con el membrete del First Montana Bank, un pagaré con la letra clara y firme del abuelo y, debajo, con una caligrafía más apresurada, la firma de Cole.

Leyó las columnas. Después las leyó otra vez, más despacio, como cuando una cuenta que no cuadra te obliga a empezar desde el principio.

—Trescientos cuarenta mil —dijo. —Trescientos cuarenta y dos mil, con intereses.

—¿Desde cuándo? —El préstamo es de hace tres años.

Después de la sequía del primer invierno.

Compramos heno de fuera a precio de oro y vendimos ganado a la baja.

—Cole se frotó la nuca—. Se suponía que el año siguiente iba a ser bueno. No lo fue. Y el siguiente, tampoco.

—¿Y la cuota? —Hasta ahora, he ido pagando los intereses. —Se pasó la lengua por los labios—. Pero hay una cláusula. Un pago único, al final de los tres años. Ciento ochenta mil, el primero de noviembre.

Ethan levantó la vista. —¿El primero de noviembre? —Sí. —Faltan tres meses. —Lo sé. —¿Y tenemos...? —Cuarenta y un mil. —Cole no bajó la mirada—. Entre las ventas del año, el heno, y lo que Margaret ha puesto de su cuenta, que no sabes cuánto es y no pienso decirte.

El silencio del despacho era tan denso que se oía el tic tac del reloj del pasillo. Ethan cerró la carpeta despacio. La dejó sobre la mesa. Miró por la ventana: el patio, la cuadra, un caballo en el corral, la luz de la tarde.

Ciento cuarenta mil de diferencia. —Hace siete años —dijo—, cuando murió... cuando todo esto empezó, el rancho no debía nada.

—Lo sé. —Cuando me dejaste llevar la contabilidad. Cuando me dijiste que no me preocupara.

—Ethan. —Cuánto tiempo llevas... —Tres años —dijo Cole—. Tres años cargando con esto y sin contarte nada. Y te prometo que cada día pensé que ese era el día de decirlo, y cada día... —Respiró hondo—. Te vi hundirte durante siete años, hermano. No iba a ponerte esto encima.

—No era tu decisión. —Tampoco era la tuya cuando me dejaste fuera de todo lo de Jamie. Fue un golpe seco, preciso, en un sitio que Ethan no sabía que tenía descubierto. Se quedó quieto.

—Eso no es... —Sí lo es. —La voz de Cole se había quebrado—.

Llevo siete años esperando que me cuentes lo que pasó esa mañana.

Porque algo pasó. Y no me lo has contado, y yo no te he insistido, y os he visto a ti y a Margaret mirándoos por encima de la mesa como dos personas que comparten un secreto, y yo estoy fuera, Ethan. Yo estaba también.

—No hay nada que... —No me digas que no hay nada.

Se quedaron mirándose. Dos hombres con la misma mandíbula en un cuarto demasiado pequeño.

—Cutthroat —dijo Cole, por fin, con voz cansada—. Hank me ha vuelto a hablar. No quiere arrendar. Quiere comprar.

El aire cambió. —No. —Seiscientos mil por ochocientas hectáreas de pasto alto, incluyendo el arroyo. Con eso cubrimos el pago de noviembre, quedamos limpios con el banco y nos sobra para ir tirando dos años.

—No. —No es una propuesta. Es una salida. —Es el pasto que mantiene el ganado hasta octubre. Si lo vendemos, no hay verano. Lo sabes.

—Podemos reducir el rebaño. —No. —¿Por qué no? —Cole dio un paso hacia él—. Dime el motivo, Ethan. Dime uno bueno. Uno que no sea el pasto.

Ethan no contestó. —Es por el vado. —No.

—Es por Bitter Creek. Es porque pasa por Cutthroat y no soportas la idea de que alguien más lo pise.

—Cole tenía la cara roja—. Y yo tampoco, ¿lo entiendes?

A mí tampoco me gusta. Pero hay diez familias que dependen de este rancho, y una de ellas es Margaret, y otra eres tú, y no voy a dejar que se hunda por un trozo de tierra donde murió nuestro hermano.

—No hables de eso. —¡Hablo de lo que quiero! —¡No tienes derecho! —¡Soy su hermano! —gritó Cole—. ¡Era también mi hermano! La voz le rebotó en el techo del despacho. Se hizo un silencio terrible. Se oyeron pasos en el pasillo, y la puerta se abrió un palmo.

—Hijos —dijo Margaret, desde el umbral. —Ahora no —dijo Cole. —Ahora no —dijo Ethan. La puerta volvió a cerrarse, muy despacio. Cole se pasó las manos por la cara. De pronto parecía tener diez años más.

—Lo siento —dijo—. No quería gritar. —Yo tampoco. —Tengo hasta septiembre para darle una respuesta. A Hank y al banco. —Cole recogió su sombrero del suelo, donde se le había caído—. Por favor. Piénsalo. No como el que se sienta ante una tumba. Como el que ha de sacar una casa adelante.

Salió sin esperar respuesta. La puerta quedó entornada. Ethan se quedó de pie en mitad del despacho, con la carpeta delante, mirando el membrete del banco. Después se sentó en la silla de roble de su tía abuela, que crujió, y escondió la cara entre las manos.

* * *

Noah lo encontró una hora más tarde, sentado en el borde del abrevadero, mirando el agua.

No dijo nada al principio. Se sentó a su lado, con las piernas colgando, y miró el mismo trozo de agua verdosa hasta que llegó el momento adecuado.

—He averiguado lo del coche. Ethan tardó un segundo en comprender de qué hablaba. Después sintió que se le encogía el estómago.

—¿Y? —Sedán gris, alquilado en el aeropuerto de Missoula.

A nombre de una consultora de Chicago. Hallet y algo.

—Noah sacó un papel arrugado de su bolsillo y se lo tendió—.

El conductor se alojó dos noches en el motel de la carretera, Dolly cree que dijo que venía por trabajo, que preguntó por sitios para pescar y por una granja de cría de caballos.

Pero lo único que le dijo seguro es que era muy simpático. Dejó propina.

—¿Una granja de cría de caballos? —Preguntó por sitios de ese tipo en general. Ha preguntado en toda la zona, según mi primo. Se fue el jueves. Hacia el sur.

Ethan se quedó mirando el papel. —¿Se fue?

—Se fue. Sintió un alivio que le llenó el pecho como un respiro tras una inmersión, y a continuación, justo después, una cosa más fría: porque un hombre amable, que pregunta por sitios de cría de caballos en toda la zona, y que se va hacia el sur sin haber encontrado lo que busca, no es un hombre que se ha rendido.

Es un hombre que ha anotado una dirección.

—Me debes una explicación —dijo Noah. —Te la daré.

—¿Cuándo? —Cuando sepa qué es. —Ethan. —Noah lo miró de lado—.

Esto no es sobre un coche. —No. —Vais a tener que hablarlo.

—Lo sé. —Dime que mañana. —Mañana. Noah asintió despacio, y se quedó un momento más a su lado.

Después le dio una palmada en la espalda, de las suaves, y se fue silbando por el patio.

Ethan dobló el papel y se lo guardó en el bolsillo de la camisa, junto al recibo de la matrícula.

Trescientos cuarenta y dos mil dólares. Ciento ochenta mil antes de noviembre. Un hermano que gritaba. Una tía abuela que callaba. Un pasto que no podía vender. Un hombre amable de Illinois que preguntaba por caballos.

Había demasiadas cosas en el aire. Y de todas las que él sabía, solo una era algo que ella no sabía.

Se lo diría mañana. Esta noche no. Esta noche necesitaba verla, solo verla, sin que hubiera nada entre los dos.

Cruzó el patio a oscuras. La luz de la cabaña estaba encendida.

Llamó dos veces, con los nudillos, y la puerta se abrió y Clara estaba allí, en la penumbra amarilla, descalza, con una camiseta vieja y los ojos grandes, y por un momento, nada más, el mundo quedó reducido a ese rectángulo de luz.

—¿Ethan? —¿Puedo entrar? —Sí. Entró. Ella cerró la puerta. Y él la abrazó sin decir una palabra, con la cara hundida en su pelo, y la sintió temblar apenas, un instante, antes de apretarse contra él con una fuerza casi desesperada.

No preguntó qué le pasaba. Era una pregunta que había aprendido a no hacer. Y esa noche, por primera vez, no estaba seguro de que fuera la correcta.

* * *

Sarah Miller no dijo «Dios mío». No se llevó una mano a la boca. No preguntó por qué no había hablado antes ni dijo nada de lo que, en algún momento, Clara había temido que dijera la gente.

Se quedó un rato mirando el cuaderno donde apuntaba las dosis, con la mano de la pluma quieta. Después dejó el boli sobre el mostrador, salió a echar el cerrojo de la puerta de la clínica y puso en la ventana el cartel que decía VUELVO EN CINCO MINUTOS, aunque iban a ser cuarenta.

—Dime qué necesitas —dijo, sentándose en la silla de plástico, frente a ella—. No qué debo hacer yo. Qué necesitas tú.

Era lunes, a las tres de la tarde. Clara había venido con un paquete de vendas como excusa y se había quedado sin excusa en el primer minuto.

Le contó todo lo de la biblioteca en voz baja, sentada en el borde de la mesa de exploración, con las piernas colgando y las manos agarradas al borde.

El correo, el pendrive, las fotografías de su madre.

La palabra «Montana» puesta como una pieza de ajedrez.

Cuando terminó, Sarah asintió despacio. —¿Y qué necesitas? —No lo sé. —Se rio, sin ganas—. Llevo cinco días dándole vueltas. Sé lo que no quiero. No quiero volver. No quiero que me encuentre. No quiero pasarme la vida mirando por encima del hombro.