PARTE III #7
Ethan lo observó con una especie de asombro prudente, como se mira un animal salvaje que ha decidido, sin que nadie sepa por qué, comer de la mano.
Tres semanas. Eran tres semanas de levantarse a las tres y cuarenta y tener, por primera vez en siete años, un motivo para hacerlo sin que le pesara.
Tres semanas de café caliente en un termo abollado, de un patio que olía a tierra húmeda y a hierba, de dos pasos que se cruzaban en la penumbra hacia la cuadra.
De noches en la cabaña, y de otras noches, sin él, que ella pedía sin explicación y que él concedía sin preguntas, y que a Ethan, para su sorpresa, le dolían mucho menos de lo que habría creído.
Porque cuando ella volvía, volvía entera.
Se había dado cuenta de eso la segunda semana, sentado en el escalón del porche con Cooper dormido entre las botas.
De que la libertad que ella necesitaba no era una amenaza, sino la condición.
Que las noches que no pasaba con él no eran una distancia, sino lo que hacía posible las otras.
Le costaba. Pero lo estaba aprendiendo. No lo decía en voz alta.
Había cosas que, si se decían, se rompían.
Se limitaba a llevarle el termo, a guardarle el sitio en la mesa, a ver cómo le crecía la confianza de Juniper hasta que, a finales de julio, la yegua aceptó una manta sobre el lomo.
Se limitaba a mirarla, cuando ella no lo veía, con la sensación de haber ganado algo que no merecía.
El pueblo lo sabía, naturalmente. Dolly le sirvió el café con una sonrisa tan radiante que a Ethan le dieron ganas de pedir disculpas. Hank, al verlo pa-
sar, murmuró «tres dólares y una cerveza» sin dirigirse a nadie. Noah, por su parte, dejó de hacer chistes. Eso fue lo más inquietante.
* * *
El primer martes de agosto, a las once de la mañana, Ethan aparcó la camioneta frente a la tienda de piensos de Alder Creek y vio el coche.
Era un sedán gris, limpio, discreto, de esos que se alquilan en aeropuertos.
Estaba aparcado junto a la acera de enfrente, a la sombra de un olmo, con el parabrisas reluciente y sin una sola mota de polvo, lo cual, en un pueblo donde cada vehículo venía cubierto de grava hasta las ventanillas, era casi una declaración.
No tenía nada de extraño. Sabía que no tenía nada de extraño. Había turistas todo el verano, camino de Glacier, que paraban a por gasolina y un bocadillo.
El coche tenía matrícula de Illinois. Ethan se quedó inmóvil con la mano en la manilla de la puerta.
Illinois. Lo había dicho ella. Una noche en el porche, con la voz limpia y los ojos secos: apagué el teléfono en Illinois.
Chicago. Una puerta de hierro, seis puntos, un hombre amable y alto, de treinta y seis años, que arreglaba coches sin que se lo pidieran.
No tenía por qué ser él. No lo era, casi seguro. Había doce millones de personas en Illinois.
Se bajó de la camioneta. Cruzó la calle con los pasos medidos de quien intenta no correr. Se detuvo ante el sedán gris y miró por la ventanilla trasera: un maletín negro sobre el asiento, un termo de acero inoxidable, un mapa plegado de Montana, un par de zapatos de piel muy cuidados.
Nada. No había nada. Era el coche de un viajante de comercio. Pero el corazón le golpeaba las costillas con una fuerza que no tenía explicación.
Anotó la matrícula en el reverso de un recibo de la tienda de piensos, con letra de niño de escuela, y se la guardó en el bolsillo de la camisa.
* * *
Noah estaba en la cuadra, desensillando a un potro.
—Necesito que averigües una cosa.
—Eso suena muy serio para un martes. —Matrícula de Illinois. Un sedán gris, alquilado probablemente. Aparcado en la calle mayor, delante de la ferretería. —Ethan le tendió el recibo—. Quiero saber de quién es.
Noah cogió el papel. Lo miró. Después miró a Ethan, y la expresión de su cara, que durante diez minutos había sido todo ligereza, cambió despacio.
—¿Por qué? —No sé. Una intuición. —¿Es por Clara? —No. —Ethan. Se oyó el golpeteo de un casco, el roce de una brida. Ethan se quedó mirando el recibo en la mano de Noah, y durante un segundo estuvo a punto de decir: sí, es por Clara.
—No lo sé —dijo—. Puede que no sea nada. —¿Y ella lo sabe? —No. —¿No se lo has dicho? —Es una matrícula, Noah. —La voz le salió más dura de lo que pretendía—. Probablemente es un turista que ha parado a comer. No voy a asustarla por un coche. Primero quiero saber qué es.
—Entonces no te hace falta que lo averigüe —dijo Noah, con una suavidad nada propia de él—. Porque si es un turista, no es nada. Y si no lo es, ella querrá saberlo. Más que tú.
—Noah. —Solo lo digo. —Hazlo, por favor. Noah lo miró un momento más. Después se guardó el recibo en el bolsillo del chaleco, con un suspiro.
—Dolly lo sabrá todo antes de la cena. Y yo tengo un primo en la oficina del sheriff. —Se encogió de hombros—. Pero me debes una larga explicación, y no me gustan las historias que empiezan sin decir de quién son.
—Te la daré. —Más te vale. Ethan salió al patio. El sol estaba alto, y el calor hacía temblar el aire sobre el camino de grava. A lo lejos, en el corral redondo, Clara le hablaba a Ju-
niper con una mano en el cuello de la yegua, de espaldas a él, con la trenza meciéndose y los hombros sueltos. Parecía tan completa, tan enteramente en su sitio, que a Ethan se le encogió el corazón.
Podía decir lo que quisiera. Que solo estaba mirando. Que era un detalle sin importancia, un nombre en un papel. Que no había hecho nada.
Pero tenía en el bolsillo de la camisa el recuerdo de una frase: no quiero que hagas nada con ello.
Y él, por primera vez desde que ella le había hecho aquella petición, acababa de hacer algo.
Lo había hecho para protegerla. Con esa misma certeza, se dijo, se hacen todas las cosas que luego hay que pedir perdón.
El calor seguía subiendo del camino. Clara se volvió, sintiéndose observada, y levantó una mano para saludarlo, con una sonrisa enorme, y él le devolvió el saludo y sonrió también, y todo estaba bien, y en el fondo del pecho, como un guijarro en el zapato, algo empezó a doler.