Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE III #6
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PARTE III #6

—Hoy he cocinado para ti porque hoy quería —dijo Clara.

—Lo noto. —Y quiero otra cosa. Se volvió hacia él.

Él ya la estaba mirando, con la espalda recta y las manos quietas sobre las rodillas, y ella reconoció en su gesto esa contención extraordinaria que había visto en la cabaña de pastor, la de un hombre que decide no dar un paso hasta que le toca.

—Quiero que te quedes —dijo. No hizo falta nada más. Ethan cerró los ojos un segundo, y cuando los abrió tenía en ellos una luz muy tranquila.

—¿Estás segura? —Sí. —Respiró—. Y si cambio de idea, te lo diré. —Y yo me iré. —Sin hacer preguntas. —Sin hacer preguntas. —Vale. —Vale —dijo él, y la palabra, a esas alturas, ya era casi una promesa.

* * *

La cabaña estaba a oscuras, con la única luz de una lámpara de aceite sobre la mesa, y olía a cedro y a pollo frito. Clara cerró la puerta tras ellos. No echó el cerrojo.

Se quedó de pie en mitad de la habitación, sin saber qué hacer con las manos.

—Estoy nerviosa —dijo. —Yo también. —¿Tú? —Hace mucho tiempo. —Ethan se frotó la nuca, y a la luz de la lámpara se le notó que se había puesto colorado—. Mucho. No estoy seguro de acordarme de cómo va.

—A mí me pasa lo mismo. —Entonces somos dos. —Sonrió con un cansancio dulce—. Podemos ir despacio.

Se acercó hasta quedar a un palmo. Levantó una mano, y se detuvo a medio camino.

—¿Puedo? —Sí. Le apartó el pelo de la cara con los nudillos.

Después le acarició la mejilla. Después la mandíbula, con la yema de un pulgar rugoso, de callos, que dejaba en la piel un rastro de calor extrañamente concreto.

Cada gesto iba precedido de una pausa. No una pregunta; una espera, un hueco en el aire donde ella podía decir que no, y que se estiraba, segundo a segundo, como una cuerda tensa.

No dijo que no. Cada vez dijo que sí, con la voz, o con un movimiento mínimo de la cabeza, o simplemente inclinándose hacia la mano que la tocaba.

La besó. Fue distinto al del aparcamiento: más lento, más hondo, un beso de quien tiene toda la noche.

Clara le puso las manos en el pecho, sobre la camisa, y notó el corazón latiendo muy fuerte.

Los dedos de él encontraron la nuca de ella, se enredaron en el pelo, y ella se oyó hacer un ruido que no era una palabra.

Los botones de la camisa de él eran pequeños y le temblaban los dedos.

Ethan se rio, bajito, contra su boca, y se los desabrochó él mismo, uno a uno, sin apartar los ojos de los suyos.

El pecho que apareció debajo era ancho, moreno, marcado por el sol en la línea del cuello y de los brazos; tenía una cica-

triz clara, irregular, que le cruzaba las costillas del lado izquierdo, y ella la rozó con las yemas, y él contuvo la respiración.

—Alambre de púas —dijo—. Con diecinueve años.

—Tiene mala pinta. —Tiene peor historia.

—Cuéntamela algún día. —Algún día. La ropa de ella, una camisa de algodón y unos vaqueros de diario, se fue soltando por partes, entre risas y torpezas, con un botón que se resistió y una bota que se enganchó en una alfombra.

Ethan perdió el equilibrio. Ella también.

Acabaron sentados en el borde de la cama, que crujió con un gemido lastimero de madera vieja, y se miraron, y se echaron a reír tanto que Clara tuvo que apoyar la frente en su hombro para no caerse.

—Nos va a oír todo el rancho. —Están los caballos. Y Cooper. —Dusty se va a escandalizar. —Dusty ha visto cosas peores. La risa se fue apagando poco a poco, y lo que quedó detrás fue algo más quieto, más serio, que los dejó mirándose en la penumbra con la respiración acelerada.

Ethan le tomó la mano izquierda. Se detuvo. La luz de la lámpara dibujaba la línea pálida y fina que le cruzaba la muñeca, y él la miró un momento, sin ninguna expresión en el rostro, con la mano de ella abierta sobre la suya.

—¿Puedo? Clara dudó. Solo un segundo. —Sí.

Ethan inclinó la cabeza y besó la cicatriz.

Fue un roce mínimo, de labios, apenas un aliento sobre la piel, y a Clara le pareció que le abrasaba.

Después la besó otra vez, más despacio, y una tercera, con una ternura tan grave y tan concentrada que se le llenaron los ojos de lágrimas sin que pudiera evitarlo.

Había aguantado todo lo demás: la noche de la tormenta, el aparcamiento, la confesión en el porche. Pero esto, no. Esto fue lo que la deshizo.

—Eh —dijo él, levantando la cabeza, alarmado—. ¿Estás...? ¿Par...? —No pares. —Se rio, llorando, con las mejillas húmedas—. No es nada malo. Es que nadie...

—Lo sé. —No lo sabes. —No. —Le secó una lágrima con el pulgar—.

Pero me lo creo. La tumbó con cuidado sobre la cama, con una mano bajo la nuca.

Se apoyó en un codo a su lado y la miró, a la luz naranja de la lámpara, con una expresión tan abierta, tan sin ninguna defensa, que Clara notó que el corazón le daba un vuelco.

—Eres preciosa —dijo. No lo dijo como un cumplido.

Lo dijo como se dice un dato. Lo que vino después no fue como ella había imaginado.

Fue mejor, y fue más difícil, y fue otra cosa.

Hubo besos largos, y manos que aprendían, y una piel muy caliente bajo las palmas, y el sonido de su propia respiración mezclándose con la de él.

Hubo preguntas susurradas, «¿así?», «¿aquí?

», y respuestas que a veces eran palabras y a veces no.

Hubo un momento en que él se detuvo, jadeante, con la frente apoyada en la de ella, y dijo «¿seguimos?

», y ella dijo «siempre», y fue la palabra más verdadera que dijo en toda la noche.

Se movieron juntos, despacio al principio, con una atención que casi parecía una forma de rezar, y después sin ninguna atención en absoluto.

Clara se agarró a sus hombros. Él murmuró su nombre contra su cuello, una vez, otra, como si fuera algo que se estaba aprendiendo de memoria.

La cama crujió. Les importó un bledo. Y en un punto, cuando el mundo entero se redujo a un calor, a un ritmo y a la boca de él contra la suya, Clara abrió los ojos y vio en su cara algo que no había visto nunca en la de nadie: una atención total, sin exigencia, que no pedía nada y que se lo daba todo.

No cerró los ojos hasta el final.

* * *

Después, la lámpara seguía encendida.

Yacían de lado, en una cama estrecha, con la sábana enredada en las piernas y el brazo de él bajo su cabeza. Fuera cantaban los grillos. Cooper había dejado de resoplar contra la puerta, como alguien que ha comprendido que la cosa va para largo y se ha resignado.

Clara apoyó la mejilla en su pecho. Le oía el corazón, todavía rápido, y la respiración lenta, y sintió su mano moverse sobre su pelo, despacio, sin prisa, de arriba abajo, con una dulzura casi absurda.

—No sabía que podía ser así —dijo ella. —¿Cómo? —Con risa. El pecho de él vibró bajo su mejilla. Se estaba riendo, bajito. —Yo tampoco. No hablaron durante un rato. Fue Ethan quien rompió el silencio, con una voz ronca y muy baja, apenas un murmullo.

—Gracias. —¿Por qué? —Por... —Se calló. Pasó el pulgar por su hombro—.

Por dejarme. Clara levantó la cabeza y lo miró.

—No te he dejado. Lo he querido. —Es lo que quiero decir.

Se quedó un momento con los ojos de él clavados en los suyos, y entendió algo que le costó un segundo formular: que lo que más le había sorprendido de aquella noche no era el deseo, que había aprendido a temer y que ahora reconocía sin miedo, sino la ternura.

Esa ternura silenciosa, de gestos pequeños, que no le pedía cuentas ni le cobraba nada. Nadie le había enseñado a no temerla.

Se apretó contra él.

* * *

Ethan se fue a las cuatro, antes del amanecer, con las botas en la mano y el pelo revuelto, como un adolescente que sale de la casa de su novia por la ventana.

La besó en la puerta. Fue un beso largo, de los que no quieren irse. —A las cuatro y media —dijo ella, con la voz todavía blanda de sueño—. En la cuadra.

—A las cuatro y media. —Si llegas a las cuatro y treinta y uno... —Entenderé que lo has pensado mejor —dijo él, y se rio, y se perdió por el patio a oscuras con la sonrisa más estúpida del mundo.

Clara cerró la puerta. Se quedó un momento con la espalda apoyada en ella, sonriendo al techo.

El día siguiente, al caer la tarde, cuando Ethan apareció en la puerta del porche con las manos en los bolsillos y los ojos llenos de preguntas que no se atrevía a hacer, ella lo estaba esperando.

—Esta noche no —dijo. El rostro de él no cambió. Solo hubo un parpadeo, muy rápido, y después la atención absoluta de siempre.

—Vale. —Quiero dormir en mi cama. Sola. —Vale.

—No es por ti. —Lo sé. —¿De verdad lo sabes?

—No. —Sonrió un poco—. Pero me lo creo. Clara se acercó y le puso las manos en las mejillas.

Lo besó en la boca, despacio, y después en la frente, y sintió que él se relajaba entero bajo sus palmas, y que entendía sin que nadie se lo explicara que aquello que ella necesitaba no era alejarse, sino saber que podía.

—Mañana —dijo. —Mañana. —Y pasado. —Y pasado. Se fue por el patio en la luz violeta del crepúsculo, y ella lo vio alejarse hasta que se perdió tras la esquina de la cuadra.

Esa noche durmió sola, con la ventana abierta y las sábanas todavía impregnadas del olor de él. No comprobó el cerrojo. No había nada que comprobar. Se quedó dormida a los pocos minutos, entera, con la certeza de haber elegido también eso.

* * *

Se convirtió en una costumbre con la rapidez inexplicable de las cosas buenas.