Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE III #5
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PARTE III #5

—No es mía para que se vaya o se quede. —Eso está muy bien dicho. —Es la verdad. —¿Y lo sientes? Era la pregunta más difícil. Ethan lo supo en el momento en que se la hizo. Porque una cosa era decir una frase correcta, y otra, muy distinta, aceptarla con las tripas.

—Lo estoy intentando. Cole lo miró. Algo cambió en su rostro, algo que Ethan no le había visto desde hacía años: una especie de sorpresa respetuosa.

—Eso es más de lo que yo habría dicho. —Cuando tú lo hagas me lo cuentas.

—¿Cuando yo haga qué? —Enamorarte de alguien.

Cole se rió con ganas, con la cabeza echada hacia atrás.

—Eso no va a pasar. —Eso mismo dije yo. —Tú dijiste que no bailabas.

—Bailé. —Ya lo sé. Me costaste diez dólares.

—Cole le dio una palmada en el hombro, una de esas torpes y pesadas que eran su forma de decir todo lo que no sabía decir—.

Hazlo bien, Ethan. Lo digo en serio. Hazlo mejor que lo hice yo.

—¿El qué? Cole se quedó callado un segundo. —Todo. Se levantó y volvió al tractor. Ethan lo vio alejarse por el prado, ancho y desgarbado, con los hombros caídos, y se preguntó cuánto había dentro de su hermano mayor que él no había querido ver durante siete años.

* * *

Margaret lo esperó esa noche en la cocina, sola, cuando todos se habían ido a dormir.

Ethan había bajado a por un vaso de agua. La encontró sentada a la mesa de roble, con la lámpara encendida y una caja de zapatos entre las manos. Las gafas de leer en la punta de la nariz. El fogón apagado. Una luz amarilla que hacía de la cocina un lugar muy pequeño.

—Siéntate, hijo. —Es tarde. —Lo sé. Siéntate. Se sentó. La caja tenía una tapa gastada, con una cinta roja que se había desteñido hasta un rosa pálido. Margaret no la abrió. La dejó sobre la mesa, entre los dos, con las manos encima.

—He visto cómo la miras. —Margaret... —Y cómo te mira ella. Y me alegro. Me alegro más de lo que sabrías imaginar. —Hizo una pausa—. Tu abuelo decía que este rancho necesitaba una cosa que no se compraba. Que alguien volviera a reírse en la cocina.

Ethan no dijo nada. Tenía la garganta cerrada. —Quiero decirte algo, y no quiero que me interrumpas. Ni que me contestes. Solo que lo oigas.

Asintió. —El día que Jamie murió —dijo Margaret, despacio, mirando la caja—, vino a verme antes de salir.

Era muy temprano. Yo estaba en este mismo sitio, con el café, y él entró con el sombrero en la mano, nervioso, con esa cara que tenía cuando iba a pedir algo grande.

Me dijo que iba a pedirte una cosa. —Respiró—.

No me dijo qué. Yo le pregunté si quería que le preparara un bocadillo. Me dijo que sí. Y se fue.

El reloj de cocina marcó los segundos. Ethan oyó su propio pulso, en el cuello, en las sienes, en las manos.

—Nunca te lo he preguntado. —La voz de ella era muy suave—. Ni te lo voy a preguntar. Pero llevo siete años esperando que algún día quieras contarlo, y creo que ha llegado el momento de decirte que no pasa nada. Que puedes. A quien quieras. Mejor a quien te quiere.

No se movió. No podía.

La respiración se le había quedado atrancada en algún sitio del pecho. Vio de golpe, con nitidez absoluta, el vado, la lluvia, un caballo resbalando, una cara joven, y dijo, con una voz que no reconoció como suya:

—No hay nada que contar. —Eso es mentira, hijo. —Margaret. —Y las dos lo sabemos. Ethan se levantó. La silla arañó el suelo con un chirrido horrible. Margaret no se movió. Seguía con las manos sobre la caja y la mirada tranquila, sin reproche, sin la más mínima intención de retenerlo.

—Buenas noches —dijo él. —Buenas noches, cariño.

* * *

No subió a su cuarto. Salió al patio y cruzó la oscuridad hasta la cuadra, y entró sin encender la luz.

Los caballos dormían. Se oía el murmullo tranquilo de once animales respirando a la vez, el crujido del heno, el golpeteo suave de un casco contra el suelo. Ethan caminó por el pasillo con la palma de la mano rozando las rejas, y se detuvo al final, junto al box de Pepper.

Encendió una lámpara de queroseno. La luz amarilla iluminó la pared, la hilera de clavos, los cabestros colgados uno por uno.

El tercero. El cabestro de cuero estaba allí, donde ella lo había colgado hacía tres meses. Nadie lo había movido. Ni él ni nadie.

Levantó una mano. La puso encima, sin llegar a tocarlo.

¿Qué te iba a pedir? pensó. Lo sabía perfectamente.

Lo sabía desde hacía siete años. Era lo único que sabía con certeza en el mundo.

Pero Margaret tenía razón en una cosa: nunca se lo había contado a nadie.

Ni a Cole, ni a Noah, ni al sheriff, ni al cura. Ni siquiera, en voz alta, a sí mismo.

Pensó en Clara, en el porche, con la barbilla sobre las rodillas, diciendo: lo que me asustó fue lo bien que mintió mi voz.

Pensó en lo mucho que se parecían, en el fondo, dos personas que llevaban años diciendo una frase correcta y falsa.

Si se lo contaba, ella dejaría de mirarlo así.

Era una certeza fría, concreta, que le cayó encima como una losa.

Porque ella lo miraba como se mira a alguien bueno.

A alguien que arregla coches sin pedir nada, que no la toca cuando ella no quiere, que se aguanta las tres cosas que querría decir.

Y él no era eso. Él era el hombre que, siete años atrás, había dicho una frase, una sola, en una cocina, a un chico de diecinueve años que le estaba pidiendo algo.

Apagó la lámpara. Se quedó un rato de pie en la oscuridad, con el olor de los caballos y el peso de once respiraciones dormidas, mirando el lugar donde el tercer clavo, invisible, esperaba.

No se lo diría. No todavía. Pero ya no estaba seguro de que fuera una decisión suya.

* * *

Clara lo decidió un viernes, sin ninguna ceremonia, mientras cargaba la última paca de heno del año.

No hubo nada de especial en el momento. El sol de julio caía a plomo sobre el prado, el remolque estaba lleno hasta los topes, las manos le escocían bajo los guantes y el sudor le corría por la espalda.

Ethan estaba al otro lado de la pila, quitándose el sombrero para secarse la frente con el antebrazo, y levantó la vista justo cuando ella lo miraba.

Sonrió. Fue una sonrisa corta, cansada, sin ningún propósito detrás.

Y Clara pensó: esta noche. Lo pensó con la misma naturalidad con que se piensa «tengo sed».

Lo que le sorprendió no fue la idea, sino la ausencia de pánico.

Llevaba dos semanas esperando que apareciera: ese vacío helado en el estómago, esa vocecita que le recordaba lo que pasaba cuando se dejaba llevar.

No apareció. En su lugar había una calma limpia, de la que viene después de haber tomado una decisión que es de una.

Tenía miedo, claro. Pero era un miedo distinto, de los que acompañan a las cosas importantes.

* * *

Pasó la tarde en la cocina de Margaret.

No se lo había pedido. Margaret, sin decir nada, dejó la sartén de hierro sobre el fogón, sacó un cubo de manteca, un saco de harina y dos pollos que alguien había limpiado esa mañana, y se sentó en el rincón de la mesa con un cesto de costura y un aire de tan perfecta indiferencia que era imposible no darse cuenta de que lo había planeado todo.

—Pollo frito —dijo Clara. —¿Sabes hacerlo? —Es lo único que sé hacer de verdad. Me lo enseñó mi madre. En Kentucky es casi una religión.

—Entonces hará falta más sal. —¿Se puede saber qué estás...? —Estoy zurciendo calcetines. —Margaret levantó uno, con un agujero del tamaño de una moneda—. Es una actividad muy absorbente.

Clara se rió. Se ató un delantal. Y durante dos horas, entre el chisporroteo de la grasa y el olor a harina dorada, la cocina fue una isla de paz donde nadie dijo una palabra de más.

Cuando por fin Clara colocó las piezas doradas sobre una fuente cubierta con un paño, Margaret soltó el calcetín, se puso en pie con un crujido de rodillas y le puso una mano en el brazo.

—Que lo disfrutes, hija. No dijo qué. No hacía falta.

* * *

Ethan llegó a las ocho y diez, con una camisa limpia, el pelo todavía mojado y una botella de vino tinto que había comprado, con toda seguridad, en la gasolinera de Alder Creek, porque tenía la etiqueta torcida y una pegatina de oferta.

—No sé de vinos —dijo, plantándose ante el porche con la botella en las dos manos como quien trae una ofrenda—. El dependiente me dijo que era el que mejor se llevaba con pollo.

—¿Cómo sabía que era pollo? —Le dije que cocinabas tú. —¿Y eso qué tiene que ver? —Que me miró y dijo: pues entonces es pollo. Clara se echó a reír. Cooper, tumbado en el escalón, levantó una oreja con aire de censura.

Cenaron en el porche, sentados en el suelo con la fuente entre los dos, comiendo con las manos, mientras el cielo se ponía de un naranja encendido y después de un rosa pálido y después de un azul cada vez más hondo.

El pollo estaba bueno. Mejor que bueno: crujiente, jugoso, con una cosa de infancia que a Clara le subió a la garganta cuando Ethan cerró los ojos con el primer bocado y dijo, simplemente: «Dios».

—¿Sabes qué haría yo? —dijo ella, mucho después, limpiándose los dedos en una servilleta de papel—. Si pudiera hacer cualquier cosa con los caballos.

—Dime. —Un sitio. —Se quedó mirando las estrellas, que empezaban a salir una a una—. Un sitio donde la gente trajera caballos asustados. De los que nadie quiere. Y yo les dedicaría el tiempo que hiciera falta. Un año, dos. Sin prisas. Sin nadie diciendo cuánto cuesta la paciencia.

—Suena a Silver Creek. —Suena a Juniper. —Suena a ti. Lo dijo bajo, sin mirarla. Clara notó un calor que le subía desde el pecho hasta las mejillas.

Guardaron silencio un rato. Cooper suspiró y se sacó una pata. A lo lejos, en la oscuridad, se oyó el resoplido de un caballo.