PARTE III #4
—Puede ser. —No quiero decir que me arrepienta del... —No tienes que explicarme nada. —Pero quizá deberíamos... —De acuerdo. Lo dijo rápido. Demasiado rápido. Era un hombre que, cuando una puerta se cierra, la sostiene educadamente por el otro lado. Clara sintió en el pecho
una punzada que no esperaba: la de ver cómo alguien da la razón a algo que tú misma acabas de decir sin estar convencida.
—Tengo que limpiar los boxes —dijo. —Claro.
—Empiezo por los de la izquierda. —Es lo que se hace.
Trabajaron la mañana entera a diez metros de distancia, sin mirarse, con una cortesía tan exagerada que era casi cómica.
Él le pasaba el agua. Ella le devolvía la horca.
Se decían gracias. Se decían de nada. El aire entre ambos zumbaba como un cable pelado.
A las doce, con el sol de julio cayendo sobre el patio, Clara se sentó en el borde de la valla del corral redondo, vio a Juniper acercarse a olerle la mano, y comprendió, con una claridad que le hizo gracia y vergüenza, que lo único que quería en el mundo era que alguien le dijera: «sigue aquí».
Se levantó. Fue a buscarlo.
* * *
Lo encontró junto al tractor, con la cabeza metida en el motor y una llave inglesa en la mano. Esperó a que él sacara la cabeza.
—No me arrepiento del beso —dijo. Ethan se quedó inmóvil, con la llave en el aire.
—Me arrepiento de lo expuesta que me siento.
—Respiró—. Es distinto. Ayer conté cosas que llevaba años sin decir en voz alta, y hoy me he levantado con la sensación de que he dejado la puerta abierta de par en par y que cualquiera puede entrar.
—Yo también. —¿Tú también? —No he dormido. —Dejó la llave sobre el motor, despacio—. Te dije que me das miedo. Te lo dije en un aparcamiento. Es la peor idea de mi vida.
—Fue lo mejor que dijiste. —Eso lo hace peor.
Clara rió. Fue una risa corta, torpe, de las que se escapan por una grieta, y él también se rio, bajito, sin quererlo, y de pronto se vieron de pie en medio de un patio polvoriento, riendo como dos idiotas, y el ruido que había entre ellos desde el amanecer se deshizo.
—Voy a contarte una cosa —dijo Clara—. Esta noche. Y no quiero que hagas nada con ella.
—¿Qué quieres que haga? —Nada. Escuchar. Ethan asintió muy despacio. —Vale.
* * *
Se sentaron en el escalón del porche de la cabaña, a la hora en que el cielo se pone de un naranja demasiado intenso y todo el patio parece una fotografía antigua.
Él a un metro, con las botas plantadas en la tierra y las manos colgando entre las rodillas.
Ella con la espalda contra la columna del porche y los brazos alrededor de las piernas.
Tardó un rato en encontrar por dónde empezar. —Se llamaba Julian —dijo. Se oyó decir el nombre. Hacía cuatro meses que no lo pronunciaba en voz alta.
—Era consultor financiero. Treinta y seis años.
Alto, educado, con una forma de mirar que te hacía sentir que eras la única persona importante de la sala.
Nos conocimos cuando yo tenía veinticuatro.
Yo trabajaba en una cuadra de cría, con caballos de otros, y él fue a ver a un cliente que tenía un purasangre.
Me trató con una amabilidad... —Buscó la palabra—. Una amabilidad enorme.
Ethan no dijo nada. Tenía los ojos en el patio.
—Nunca me gritó. Eso es lo que la gente no entiende cuando se lo cuentas.
Nunca levantó la voz. Era la persona más razonable del mundo.
Me arreglaba el coche, me pagaba las facturas, me pedía cita en el médico.
Decía que yo era demasiado buena para este mundo y que alguien tenía que cuidarme.
—Sonrió sin ganas—. Me mudó a Chicago. Dijo que los caballos eran un capítulo cerrado, que yo valía más que eso.
Que mis amigas no me venían bien. Que mi hermana era una influencia negativa.
Que a veces yo era un poco dramática, y que él solo quería lo mejor para mí.
Hizo una pausa. Las manos le temblaban un poco, y las apretó. —Todo tenía sentido. Cada cosa, por separado, tenía sentido. Por eso tardé cinco años. Nadie te arranca de golpe tu vida. Te la van pidiendo por trozos, y cada trozo parece razonable.
El sol tocó las montañas y el patio entero se volvió de cobre.
—Hubo una noche. Yo quería ir a casa de mi hermana, a Lexington, un fin de semana.
Él dijo que no era buena idea. Yo dije que iba a ir.
Salió detrás de mí al recibidor y se puso en la puerta.
Sin tocarme. Solo de pie, con una sonrisa triste, como quien está muy decepcionado.
—Clara tragó saliva—. Intenté pasar. Cerró la puerta, de golpe, justo cuando yo apoyaba la mano en el marco.
La mano derecha de ella cubrió, sin darse cuenta, la muñeca izquierda. —Era una puerta de hierro. De esas pesadas, de edificio nuevo. Me cortó con el borde de la cerradura. Seis puntos.
No miró a Ethan. No se atrevía. —Me llevó él mismo a urgencias. Muy preocupado, muy amable. Y cuando el médico me preguntó qué había pasado, yo dije que me había caído. —Se rió, y la risa sonaba rota—. Me preguntó si estaba segura. Y yo dije que sí. Sonreí. Hasta dije que era una torpe.
Silencio. —Eso fue lo que me asustó. —Por fin levantó la vista, y tenía los ojos secos y muy claros—. No el portazo. Ni siquiera él. Lo que me asustó fue lo bien que mintió mi voz. Que no me temblara. Que me saliera tan natural. Y pensé: llevo tanto tiempo mintiendo por él que ya ni me doy cuenta.
El viento movió una tabla suelta del cobertizo. En algún sitio, lejos, ladró Cooper.
—Tardé cuatro meses en irme. Sacaba veinte dólares de aquí, treinta de allá.
Los guardaba en el forro de una maleta que era de mi madre.
Compré la ropa de trabajo en tres tiendas distintas, para que no pudiera seguirme el rastro por la tarjeta.
Un martes, cuando estaba en un congreso, cogí el coche y me fui.
Con cuatrocientos doce dólares. Apagué el teléfono en Illinois y no lo he vuelto a encender.
La voz le temblaba solo en la última frase. —A veces todavía pienso que va a salir de detrás de un árbol y me va a decir con mucho cariño que he sido injusta.
Se calló. No había nada más. Había cosas, claro, miles de cosas, pero no eran para esta noche. Se quedó con la barbilla sobre las rodillas y la mirada en el cielo, sintiendo cómo el corazón le seguía latiendo, con una normalidad asombrosa,
como si no hubiera pasado nada. Como si decir aquello en voz alta no hubiera sido el acto más difícil de su vida.
Esperó. Ethan no dijo nada. Pasó un minuto.
Dos. Clara lo miró de reojo. Estaba sentado exactamente en la misma postura, a un metro, pero las manos, que colgaban entre las rodillas, estaban cerradas con tanta fuerza que se le marcaban todos los huesos.
Tenía la mandíbula dura. Los ojos fijos en un punto lejano del patio, y los hombros tan tensos que parecían a punto de partirse.
Se estaba conteniendo. Era evidente. Con un esfuerzo físico enorme, como quien sostiene sobre la espalda algo que quiere romper.
—Gracias por no decir nada —murmuró ella. —Tengo tres cosas que me gustaría decir. —Su voz salió ronca, gastada—. Ninguna es para ti.
—¿Para quién? —Para él. —No. —Lo sé. —Cerró los ojos un instante—.
No las voy a decir. Las palabras quedaron suspendidas entre los dos.
Clara las miró un momento, sin decidirse a tocarlas.
No eran una promesa. Eran algo más difícil y más valioso: la confesión de un hombre que reconoce lo que quiere hacer y se obliga a no hacerlo.
—Eso es todo —dijo ella. —Vale. Se quedaron en silencio. El sol se fue. Cooper apareció de la nada y se tumbó entre los dos, con un suspiro de perro cansado, y apoyó la barbilla sobre las botas de Ethan.
—¿Puedo sentarme más cerca? —preguntó él, al cabo de un rato.
—Sí. Se acercó despacio, arrastrando la bota por la tierra.
Se sentó a su lado, hombro con hombro. No la tocó.
No le pasó un brazo por la espalda ni le cogió la mano.
Solo estaba allí, caliente, sólido, con el peso apoyado en la misma columna del porche.
Clara echó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en su hombro. No tembló. Eso le pareció lo más extraño. Había contado aquello cuatro o cinco veces en su cabeza, a desconocidos imaginarios, y siempre acababa con
las manos temblando y la voz en pedazos. Pero esta vez, no. Esta vez había sido distinto, porque por primera vez en su vida había contado algo sin pedir nada a cambio.
Era una sensación tan nueva que tardó un buen rato en reconocerla. Libertad.
* * *
Cole le hizo la pregunta a las dos y media de la tarde del miércoles, con las manos en los bolsillos y una brizna de hierba entre los dientes, en el borde del prado del río donde los dos hermanos esperaban a que enfriase el motor de la segadora.
—¿Os estáis acostando? Ethan no levantó la cabeza del eje.
—No. —Pero lo habéis pensado. —Cole. —No pregunto por cotilleo.
—Cole escupió la brizna—. Bueno, un poco sí.
Noah me debe veinte dólares, y Sarah ha ganado diez a mi costa.
Te aseguro que después del domingo a la mañana me he quedado sin dignidad financiera.
—Eso no es culpa mía. —Es total y absolutamente culpa tuya. —Cole se sentó en el borde de la plataforma de la segadora—. Pero no era por eso. Quiero decir que la chica ha llegado aquí huyendo de algo. Se le nota.
Ethan se quedó quieto. —Lo sé. —¿Lo sabes? —Es suyo. No es mío contarlo. —Eso está muy bien. —Cole lo miró con una seriedad poco frecuente—. Entonces te pregunto otra cosa. Y no me pongas esa cara. ¿Si un día ella quiere irse, eres capaz de dejarla ir?
La pregunta cayó entre los dos y se quedó allí, sobre la hierba cortada, como un animal herido.
Ethan limpió una llave con un trapo. La dejó sobre el motor. Volvió a cogerla.