Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE III #3
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PARTE III #3

—No tardaste mucho en encontrar con quién bailar. La frase salió sola. Llena de aristas, de veneno, de todo lo que no quería decir. La oyó en el aire una fracción de segundo después, como se oye un cristal que se rompe en otra habitación.

Vio cómo se le endurecía la cara a Clara. —¿Perdona? —Eso ha sido injusto —dijo él de inmediato—. Y es mentira. Lo retiro. —¿Lo retiras? —Del todo. No tengo derecho a decirte eso. No tengo derecho a nada. —Se pasó una mano por la cara—. Ha sido una cosa estúpida. Lo siento.

Ella no dijo nada. Lo miraba con los ojos muy abiertos, la boca apretada, los brazos cruzados sobre el pecho. Parecía a punto de gritar, o de llorar, o de hacer algo todavía más imprevisible.

—No soy tuya para que me guardes —dijo, por fin, muy despacio. —Lo sé.

—No soy de nadie. Ni tuya, ni de Travis, ni de nadie que me lleve a una pista de baile. Si dejo de ser mañana de una persona que...

—Lo sé, Clara. —¿Sabes lo que es que alguien te mire así? —Se le quebró la voz—. ¿Así, con la mandíbula, desde el otro lado de una sala? ¿Como si hubieras hecho algo?

Ethan se quedó quieto. No, no lo sabía. Eso era lo que le dolía: que lo hubiera hecho sin saber, y que ella lo supiera tan bien.

—Perdón —dijo—. Me he ido porque si me quedaba iba a hacer algo estúpido.

—¿Como qué? —Como decirte que me importa con quién bailas. El silencio se espesó. —¿Y te importa? —Sí. Lo dijo en un hilo de voz, mirando la grava. Cuando levantó los ojos, ella seguía allí, inmóvil, con los brazos todavía cruzados y los ojos muy brillantes.

—Eso es lo único que tenías que decir —dijo Clara. —¿Sí? —Sí. Sin la mandíbula. —Descruzó los brazos, despacio—. Una frase. «Me importa». Y ya está. Es lo único que necesito de ti: que lo digas, en vez de irte con cara de funeral.

—No sé hacerlo bien. —¿El qué? —Esto. —Hizo un gesto vago que los incluía a los dos, a la farola, a la grava—. Cuando algo me importa, me callo. O hago algo. O me voy. Es lo que sé hacer. —Respiró—. Y tengo miedo.

—¿De qué? —De ti. Clara parpadeó. —¿De mí? —De que si esto pasa... —Ethan se calló. Buscó las palabras con una honestidad casi física—. Hace siete años que no dejo que nada me importe de verdad. Porque si me importa, lo pierdo. Es lo que me ha enseñado todo esto.

Y tú has llegado con una maleta y te has puesto a limpiar mi cuadra, y a arreglarme los caballos, y a hacerme reír, y yo no sé qué hacer con eso.

—Yo tampoco —dijo ella. —¿Te doy miedo? —Me das el mayor miedo del mundo. —Sonrió un poco, con los ojos húmedos—. Porque contigo me siento a salvo. Y llevo mucho tiempo sabiendo que no hay nada más peligroso.

Hubo un silencio muy largo. En el recinto, el violín dejó de tocar, y empezó una balada lenta, un vals antiguo, de esos que se tocan al final de las bodas. Llegaba amortiguada por las paredes de madera y la distancia, y se mezclaba con el canto de los grillos y el zumbido de la farola.

—Dijiste que a la luz del día —murmuró Clara—. En la cabaña. Que si lo quería mañana, a la luz del día, tú estarías allí.

—Sí. —Ha pasado un mes. —Ya lo sé. —Esto —dijo ella, mirando la farola— no es el día.

—No. —Pero es lo que hay. Ethan sintió que algo se le soltaba por dentro, como un nudo antiguo.

—¿Puedo? —preguntó. No dijo qué. No hacía falta.

—Sí. Dio un paso. Clara también. Entre los dos quedaba medio metro de grava y noche, un espacio que Ethan habría podido recorrer con los ojos cerrados y que, sin embargo, le pareció el trayecto más largo de su vida.

Levantó una mano. Le rozó la mejilla con los nudillos, y ella cerró los ojos, y a él le tembló la mano.

Le puso la palma contra la cara, con una delicadeza torpe, de hombre que no recuerda cómo se hace.

Sintió que ella se inclinaba hacia el contacto, y el pulso en la sien, rápido, junto a su pulgar.

Se inclinó. Despacio, para darle tiempo. Para darle todo el tiempo del mundo. Ella no se movió. Solo abrió los ojos, muy cerca, de un color avellana que a la luz amarilla se volvía casi ámbar, y lo miró con una confianza tan completa que a Ethan se le cortó la respiración.

Y la besó.

Fue un beso suave. Muy suave, al principio, como un saludo, un roce de labios con labios que sabía a limonada y a polvo de verano.

Después Clara le puso una mano en el pecho, sobre la camisa, y él sintió que algo en el mundo cambiaba de sitio, y el beso se hizo más hondo, más lento, con la urgencia contenida de un mes entero de silencios.

Ella le agarró la camisa. Él le sostuvo la nuca con la mano abierta, y por un instante no hubo farola, ni grillos, ni banda, ni nada de lo que el mundo tuviera la costumbre de ofrecer.

Solo ella. La boca de ella. El calor de su cuerpo. Cuando se separaron, tenían las frentes juntas y respiraban como si hubieran corrido.

—Bueno —dijo Clara, con una voz que no era la suya—. Eso ha sido... —Sí. —Sí. —Se rió, temblando—. Dios mío, Ethan. —Lo sé. —¿Lo sabes? —No. —Sonrió. Era una sonrisa entera, sin ningún freno, que a él mismo le sorprendió—. No tengo ni idea.

La balada seguía sonando, muy lejana, ahogada por las paredes de madera. Un vals. Ethan oyó los primeros compases y sintió que algo absurdo y enorme le subía por la garganta.

—Yo no bailo —dijo. —Lo sé. —Nunca. —Ya lo he oído. —Pero... —Le tendió la mano. Le temblaba un poco—. ¿Me concedes este baile?

Clara miró la mano tendida. Después a él. Después se echó a reír con la cabeza hacia atrás, una risa entera, feliz, que le salió del fondo del pecho y que Ethan pensó que querría oír el resto de su vida.

—Sí. Bailaron en medio del aparcamiento, sobre la grava, bajo una farola atestada de polillas, con la música de otro mundo flotando en el aire y el vestido verde girando en la penumbra.

Ethan bailaba fatal. Pisó a Clara dos veces.

Ella le pisó a él una, por solidaridad. Y a mitad de la segunda vuelta, con la mejilla contra la suya y la mano en la espalda de ella, a Ethan se le ocurrió que ya no tenía la sensación de estar llegando tarde.

A lo lejos, desde la puerta del recinto, alguien soltó un silbido largo y agudo.

Ethan alzó la vista. En el umbral, recortadas a contraluz, había cinco o seis siluetas inmóviles. Una de ellas, la más alta, levantó un reloj de pulsera sobre la cabeza.

—¡Las nueve y cincuenta y dos! —gritó la voz inconfundible de Noah Reed—. ¡Walker baila! ¡Walker baila antes de medianoche, damas y caballeros! ¡Que pague Cole!

Estalló un aplauso. Algo muy parecido a un vitoreo. Clara escondió la cara contra el pecho de Ethan, temblando de risa. —Te van a perseguir por esto el resto de tu vida. —Ya lo sé —dijo él, con los labios en su pelo. Y, por primera vez en siete años, le pareció un precio muy razonable.

* * *

A las cuatro y veinticuatro del domingo, Clara abrió la puerta de la cabaña y comprobó con alivio y con disgusto a partes iguales que el termo no estaba en la barandilla.

No era un reproche. Había vuelto muy tarde de la fiesta, y él también, y era domingo, y los domingos Margaret decía que los caballos podían esperar una hora.

Pero el termo siempre estaba allí. Llevaba ahí todas las mañanas desde que llegó, sin falta, sin mencionarlo, y su ausencia hizo un ruido enorme en el silencio frío del patio.

Lo recorrió con la mirada. La cuadra estaba a oscuras. Se quedó un buen rato en el porche, con las manos en los bolsillos, mirando las estrellas, intentando recordar cómo se respiraba.

Había dormido poco. Se había ido a la cama con el vestido verde todavía oliendo a serrín y a noche, y se había pasado horas con los ojos abiertos, reviviendo cada segundo: la farola, la grava, la mano de él contra su mejilla, el sabor a verano.

Después, de madrugada, algo había cambiado.

El recuerdo había dejado de ser un calor y se había convertido en otra cosa, más helada, más antigua.

Una voz tranquila y sensata que decía: has ido demasiado deprisa.

Había dicho cosas. Esa era la parte que no cabía en la cabeza.

Había dicho que le daba miedo, que se sentía a salvo, que quería...

¿Cuándo había sido la última vez que alguien la había hecho hablar así?

Había abierto la puerta de par en par, sin red, en mitad de un aparcamiento.

Y ahora que el sol estaba a punto de salir, solo sentía la corriente de aire frío por todas las habitaciones.

Era el momento de arrepentirse. Lo sabía. Era la fase siguiente, una de las que conocía mejor.

A las cuatro y veintisiete cruzó el patio.

Ethan estaba en la cuadra. Sentado en un cubo volcado, con el sombrero entre las manos y la espalda curvada, mirando el suelo como si allí hubiera escrito algo importante.

Levantó la cabeza cuando ella entró. En sus ojos había una cosa vigilante, amable y cansada, la expresión de quien lleva horas ensayando una frase y ha descubierto que no sirve.

—Buenos días —dijo. —Buenos días. —No he hecho café. —Ya lo veo. —Me he quedado dormido. —Se pasó una mano por la cara—. Bueno, no. No me he quedado dormido. No he dormido. Y a las cuatro me he dado cuenta de que no sabía si debía llevarte el termo.

Clara lo miró. —¿Por qué no? —Porque no sabía si anoche... —Se detuvo. Probó otra vez—. Si te había hecho sentir que ahora tenías que aceptar cosas de mí.

Era una frase tan limpia, tan exacta, que a ella se le encogió el corazón. —Me alegro de que lo pensaras —dijo—. Aunque ya me había dado cuenta de que no estaba.

—¿Se nota? —Mucho. Se hizo el silencio. Un silencio malo, de los que se llenan de cosas no dichas. Fuera, un gallo se puso a cantar con poca convicción. Dusty movió el heno en el box.

—Quizá ayer fue demasiado rápido —dijo Clara. Lo había dicho antes de pensarlo. Vio cómo él encajaba la frase, sin un gesto, sin pestañear.