Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE III #2
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PARTE III #2

Clara rozó la tela con los dedos. —Margaret, no puedo... —Sí puedes. —No tengo cómo devolvértelo. —Los vestidos no se devuelven, hija. Se cuelgan en un armario para que alguien los use. —Margaret ladeó la cabeza—. Si te lo pones, no me debes nada. Si no te lo pones, me lo debes todo.

—Eso no tiene sentido. —Eso es lo que tiene de bueno. Clara se quedó un momento más con el vestido en las manos. Después se echó a reír, sin querer.

—Me lo pongo. —Estupendo. —Margaret se dio la vuelta para irse y se detuvo en la puerta, sin volverse—. Te sienta bien la ropa que no te han elegido.

Se fue. Clara se quedó un buen rato mirando la puerta cerrada, con una sensación curiosa en el pecho.

Se lo puso. Se soltó el pelo. Se miró en el espejo largo del armario y descubrió a una mujer que no reconocía del todo, con los hombros morenos de sol, los brazos fuertes de levantar pacas, las manos todavía cubiertas de pequeños callos que ningún vestido podía ocultar.

No le importó. Era una mujer que parecía tener dónde estar.

* * *

El recinto de ferias de Alder Creek era un enorme cobertizo de madera abierto por los costados, con el suelo de tierra apisonada y guirnaldas de bombillas colgadas de las vigas, que a esa hora, con la luz del día apagándose entre las montañas, brillaban de un amarillo cálido y trémulo.

Al fondo había un escenario de tablones y una banda de cuatro hombres con camisas a cuadros y un violinista de setenta años que tocaba con los ojos cerrados.

Olía a carne asada, a serrín, a cerveza fría, a gente feliz.

Clara se paró en la entrada con el corazón acelerado.

No bailaba desde hacía cinco años. No había pensado en eso hasta ahora.

Había bailado en Kentucky, en las fiestas de la cuadra, con su madre, con sus tíos, con un chico de pelo rizado que se llamaba Danny y que le pisó los pies durante una tarde entera.

Después hubo una ciudad y un hombre que decía que bailar era cosa de gente sin ambición, y de pronto la música dejó de formar parte de su vida, como se desvanecen los colores de una foto olvidada al sol.

La banda arrancó con un tema rápido. Alguien silbó. Una docena de parejas salieron a la pista levantando polvo.

—¡Clara! Travis Hale apareció entre la gente, con una camisa blanca almidonada y el pelo mojado y peinado hacia atrás, que le daba el aspecto de un niño de primera comunión con una sonrisa de sobra.

—Te estaba buscando. ¿Sabes bailar? —Sí. Hace tiempo. —Eso es como montar en bici —dijo Travis, y le tendió la mano con una reverencia exagerada—. Dos pasos rápidos, dos lentos. Te lo enseño en un segundo. ¿Me concedes este baile?

Clara dudó.

Miró por encima del hombro de él, hacia las mesas del fondo.

Y allí estaba Ethan, de pie junto a un poste, con Cole a un lado y Hank al otro, vestido con una camisa azul oscura que no le había visto nunca y el pelo todavía húmedo de la ducha.

Hablaba con alguien. Pero la miraba. No a ella; a la entrada.

Sintió su mirada como se siente una corriente de aire frío en una habitación caldeada, y por un momento cerró los ojos.

No le debía nada. Ni explicación ni permiso. Ni siquiera la posibilidad de hacerse la distraída.

Quería bailar. Eso era todo. Hacía cinco años que quería bailar, y quería hacerlo esta noche, con este vestido y con el primer chico simpático que se lo propusiera, porque era una mujer adulta con una falda que giraba bien.

—Sí —dijo. Salió a la pista cogida de la mano de Travis.

* * *

Lo que nadie le había dicho es que iba a ser divertido.

Travis bailaba con una soltura sin pretensiones, como quien se deja llevar por la corriente de un río que conoce.

Le dio dos vueltas de ensayo. La tercera, ella ya iba sola.

Dos pasos rápidos, dos lentos, un giro, la mano de él en su cintura, firme y sin presión, una mano de buen compañero.

Le hablaba mientras bailaban, y le contaba historias absurdas de vacas y de bodas, y Clara se rió tanto que se le saltó un paso y a él se le saltó otro, y los dos chocaron y se pidieron perdón con la cara colorada.

La música siguió. Cambió el ritmo. Alguien aplaudió desde la barra. La falda del vestido se abrió en una flor verde. Clara sintió el aire cálido, el olor del serrín, el calor en las mejillas, y algo muy viejo y muy suyo que volvía a despertarse bajo las costillas.

Es lo que se siente cuando te devuelven algo que creías perdido.

En la tercera pieza, entre un giro y otro, miró hacia el poste.

Ethan seguía allí. Pero ya no hablaba. Tenía una cerveza en la mano, que no se había llevado a los labios, y la mandíbula tan apretada que se le veía el músculo bajo la barba.

No decía nada. No hacía nada. Estaba de pie, inmóvil, con los ojos clavados en ella y en la mano de Travis sobre su cintura, y la expresión de quien se ha tragado algo muy grande y todavía no sabe dónde ponerlo.

No era enfado. Clara lo había visto enfadado: con el banco, con el ganado, con ella en la primera noche. Aquello era distinto. Era algo más antiguo y más callado.

Lo vio dejar la cerveza sobre una mesa, con el cuidado exagerado de quien no se fía de sus propias manos. Vio cómo Cole le decía algo al oído, y cómo él negaba con la cabeza. Vio cómo se daba la vuelta.

Vio cómo se iba. Sin prisa, sin dar un portazo, con los hombros anchos recortados contra la luz del recinto, cruzó el cobertizo y se perdió en la oscuridad del aparcamiento.

Clara sintió que algo se le encogía entre las costillas. Dos cosas, en realidad, y contradictorias, y no sabía cuál pesaba más.

La primera era una irritación tan grande que le dieron ganas de gritar.

No le debía nada. Nada. Había bailado una pieza con un chico agradable, y él, que llevaba un mes sin acercarse a menos de tres sillas, se marchaba de la fiesta con aquel gesto de víctima silenciosa, como si ella le hubiera hecho algo.

La segunda era algo tibio, y peor, que le subía por el pecho despacio. Le importaba. Le importaba lo suficiente para no soportar verla con otro. Y la forma de decirlo no había sido una frase, ni un reproche, ni un arrebato. Había sido irse. Callarse y marcharse.

La música terminó. Travis se inclinó, sin darse cuenta de nada, y le dio las gracias con una sonrisa enorme.

—Eres buenísima. Te debo otro. —Gracias, Travis. De verdad. Ha sido... —Se mordió el labio—. Ha sido genial.

—¿Te ocurre algo? —No. Tengo que... —Se señaló la puerta, el aire, la noche—. Necesito un momento.

—Claro. Sarah la interceptó junto a la barra, con un vaso de limonada en la mano y una ceja arqueada.

—Se ha ido al aparcamiento. —Dio un sorbo—. Ha dejado la cerveza sin terminar, lo cual en este pueblo se considera un delito.

—Ya lo he visto.

—Los celos de Ethan Walker son como el tiempo en Montana. —Sarah miró al techo, divertida y un poco compasiva—. No avisan. Y no hay quien los discuta.

—No son celos. —No. —No lo son —repitió Clara. —Ya, ya. —Sarah le puso una mano en el brazo, solo un momento—. Ve. Pero no le pongas las cosas fáciles.

Clara asintió con la cabeza, y cuando ya cruzaba la puerta, a su espalda, oyó la voz de Noah, a voz en cuello, pregonando a todo el que quisiera escucharlo:

—¡Faltan dos horas y media, damas y caballeros! ¡Las apuestas siguen abiertas!

Salió a la noche con el vestido verde y el corazón a cien.

* * *

Ethan Walker se había ido del recinto de ferias porque le quedaban dos opciones, y las dos eran peores que irse.

Una consistía en cruzar la pista de baile, coger a Clara del brazo y decir algo. La otra consistía en quedarse donde estaba, y seguir mirando cómo un chico de veintitrés años con una camisa almidonada la hacía reír, y no hacer nada, y que le ardiera el pecho con algo que no tenía derecho a sentir.

Había escogido una tercera. Era mala. Pero era la única con la que nadie salía herido.

El aparcamiento era un campo de grava a la salida, iluminado por una sola farola de luz amarilla que atraía a todos los insectos del valle.

Se apoyó contra el capó de la camioneta, con las manos en los bolsillos, y respiró aire frío hasta que le dolió la garganta.

Los grillos cantaban al borde de la carretera.

Desde el recinto llegaba el sonido amortiguado del violín, convertido, a esa distancia, en una cosa casi triste.

Podía irse. La llave estaba en el bolsillo.

No se fue. Era una absurdidad: un hombre de treinta y cuatro años, con las manos callosas y un rancho entero a la espalda, escondido en un aparcamiento porque una mujer había bailado una canción con otro.

Lo sabía perfectamente. No lograba que le importara.

Lo que importaba era otra cosa. Importaba lo que había sentido al verla entrar.

Con aquel vestido verde, con el pelo suelto, el cuello descubierto, los hombros brillando bajo las luces.

Había sentido que algo le atravesaba el pecho, tan fuerte, tan limpio, que por un momento no pudo respirar. Después la

había visto sonreír, y sonreír no a él, y el aire le había vuelto de golpe, cargado de algo cortante.

No era posesión. Se lo repitió varias veces. Ella era dueña de sí misma, por completo, y de lo que le diera la gana.

Era miedo. Miedo de que alguien más fácil, más ligero, más capaz de decir lo que sentía, la hiciera feliz sin esfuerzo. Miedo de que él no supiera. De que le llegara tarde, otra vez, a lo único que de verdad quería.

Oyó pasos en la grava. No se volvió. Los reconocía: el paso recto, decidido, el de alguien que sabe dónde va. Se obligó a mantener la espalda quieta.

—¿Te vas sin despedirte? La voz de Clara era tranquila. Peligrosamente tranquila. —Necesitaba aire. —Hay aire dentro. —Había mucha gente. —Había. —Ella se detuvo a un par de metros—. Y a ti te sobraba gente a las nueve. Cuando yo llegué estabas muy bien.

Él se volvió por fin. Y la luz de la farola le cayó en el pelo y en los hombros, y el vestido verde se volvió casi negro en la sombra, y Ethan se arrepintió de no haberse ido cuando podía.