Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE III
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PARTE III

Lo que no nos atrevemos a pedir

* * *

En los tres años que llevaba organizándolo, Noah Reed jamás había dejado un cuaderno sin rayar, y este lo tenía abierto sobre la barra de Dolly's, bajo la luz de las ocho de la mañana, con la letra de un hombre al que la vida ha enseñado a escribir deprisa.

—Días del Pionero —leyó—. Segundo fin de semana de julio. Viernes: barbacoa y música en la plaza. Sábado: desfile a las diez, rodeo de aficionados a las dos, concurso de tartas a las cuatro, baile a las ocho en el recinto de ferias. Domingo: misa y resaca.

—¿Y la apuesta? —preguntó Dolly, sirviendo café a un camionero sin mirarlo.

—Voy a ello. —Noah levantó el lápiz y sonrió como un zorro—. Walker, Ethan. Baile antes de la medianoche. Veinte a uno en contra.

Ethan, sentado dos taburetes más allá con una taza que no había probado, no levantó la cabeza.

—No pienso bailar. —Entonces no pierdes nada. —Noah anotó—. Cole ha apostado diez a que no. Sarah, veinte. Hank apuesta tres dólares y un bote de cerveza a que sí, no sé por qué.

—Porque está senil. —Porque ha visto algo —dijo Dolly, con una sonrisa muy dulce y los ojos más amables que nunca.

Ethan cogió la taza. La dejó en el plato. Volvió a cogerla. Había pasado casi un mes desde la tormenta, y en ese tiempo no había pasado nada.

Eso era lo extraordinario. Los días habían seguido su curso, el ganado había subido a Cutthroat Ridge el sábado catorce con una tranquilidad que casi había resultado sospechosa, y Clara había ido con él a caballo, junto a Cole y Noah, y había trabajado una vaca de quinientos kilos con una frialdad que a Cole, por una vez, lo dejó sin palabras.

Habían empezado a segar el heno. El sol caía a plomo sobre los prados desde las seis de la mañana.

Las moscas, el polvo, el olor dulzón de la hierba cortada.

Y entre todo eso, Ethan había vivido las tres semanas más educadas de su vida.

No la tocaba. No pasaba a menos de un metro cuando podía evitarlo.

Había recuperado, sin querer, aquella manera de hablarle cuidada, sin aristas, como a un animal que ha tenido miedo y que ahora se deja mirar.

Seguían con las lecciones por las noches, en el corral.

Ella se dejó caer contra su pecho cinco segundos, y diez, y la tercera noche cerró los ojos, y él, con la respiración contenida y los brazos inmóviles, se quedó pensando que había hombres que habían hecho cosas más difíciles que aquella, pero no recordaba ninguno.

Se habían mirado, en la cena. En la cuadra. Cruzando el patio. Y después apartaban la vista, los dos, al mismo tiempo, como dos niños sorprendidos con las manos en el tarro de las galletas.

No hablaban de ello. Ninguno sabía cómo se habla de algo así. —Lo que te pasa —dijo Noah, cerrando el cuaderno con un golpe seco— es que te has vuelto tan silencioso que ya no sé si estás pensando o durmiendo.

—Estoy pensando. —¿En? —En el heno. —Claro. En el heno. —Noah lo miró con una paciencia nada propia de él—. Oye, ¿sabes lo que dice Margaret? Que los hombres de esta familia necesitáis cuatro décadas y un empujoncito para darnos cuenta de lo que tenemos delante.

—Margaret dice muchas cosas. —Y tiene razón en todas. Dolly puso un plato de tarta delante de Ethan, sin que lo hubiera pedido, y se alejó canturreando.

* * *

Lo supo esa tarde, a las seis, mientras cruzaba el patio con un cubo de agua en cada mano.

Margaret estaba en el porche, con las gafas en la punta de la nariz y un cesto de judías en el regazo, rompiéndolas una a una con una precisión de relojera.

—¿Tú vas a Alder Creek el sábado? —No. —¿No? —Hay mucho trabajo. —Con la hierba cortada, el heno en el prado, y las cuentas del banco a punto de ser un problema de Cole, que ya veremos. —Margaret partió una judía—. Sí, supongo que hay mucho trabajo. Siempre lo hay.

—Eso es. —Y Clara. Ethan se detuvo. —¿Qué pasa con Clara?

—Que Dolly me ha llamado a mediodía para decirme que ha reservado una mesa para ocho.

Y que Clara viene. Se lo dijo Noah. —Margaret levantó por fin los ojos—.

Si Clara va y tú no, será la única de la mesa que no tiene a nadie con quien hablar cuando Cole se ponga a recitar las tablas del banco.

Y eso no está bien. Trabaja como una mula. Se merece un baile.

Ethan dejó los cubos en el suelo. Se quedaron un momento mirando el uno al otro. Margaret tenía una expresión de absoluta inocencia que, en ella, era la señal inequívoca de que estaba a punto de ganar.

—Entonces, si ella no va —dijo Ethan despacio—, yo tampoco. No había querido decirlo. Le salió solo. Margaret no se movió. Dejó una judía en el cesto, otra, otra más.

—Ya lo sé, hijo —dijo. —No es lo que... —Ya lo sé. Ethan recogió los cubos. Caminó hasta la cuadra con paso rígido, y allí, en el pasillo, con el sol cayendo en cuchillos de oro entre las rendijas, se quedó inmóvil.

Que si Clara no iba, él tampoco. Y que si Clara iba, no le quedaba más remedio que ir él.

Era un razonamiento perfecto. Imposible. Era una trampa, y se había metido solo, con los ojos abiertos.

* * *

La encontró en el corral redondo, a las siete y media, con Juniper.

La yegua ya no se dejaba solamente tocar.

Llevaba un cabestro. Un cabestro de cuerda suave, y detrás de ella Clara caminaba despacio, con la cuerda floja en una mano y la otra extendida sobre el costado, y la yegua la seguía, la seguía de verdad, como se sigue a alguien en quien se confía, con las orejas hacia delante y la cabeza a la altura del hombro.

Ethan se apoyó en la valla. Esperó a que ella lo viera. Lo vio. No se detuvo. Hizo un círculo completo, y otro, y sólo cuando Juniper paró y bajó la cabeza, Clara se volvió hacia él, con las mejillas encendidas por el sol y una sonrisa que le salía de dentro.

—¿Lo has visto? —Lo he visto. —Me sigue.

Sin que yo la lleve. —Lo he visto, Clara.

La cara de ella, al oír su nombre, cambió un poco.

Fue un cambio de matices, de luz. Se quedó un segundo más mirándolo, con la cuerda floja en la mano y la yegua a su espalda, y Ethan tuvo la sensación absurda de que tenía que decir algo importante y de que no sabía qué.

—El sábado —dijo. —¿Sí? —Lo de Alder Creek.

—Noah me ha dicho que es obligatorio. —No es obligatorio.

—¿Tú vas? Ethan abrió la boca. La cerró.

La abrió otra vez. —Yo no bailo. —No te lo he pedido.

Silencio. En el centro del corral, Juniper resopló y movió una oreja, como quien asiste a una escena privada y no tiene intención de perdérsela.

Clara no sonreía. Pero tampoco había cerrado el gesto. Esperaba, con la cabeza ligeramente ladeada y una luz rara en la mirada, una mezcla de desafío y de otra cosa, más dulce, que él no se atrevía a nombrar.

—Voy —dijo Ethan. La palabra le salió antes de pensarlo. Se oyó decirla y comprendió, con un vértigo curioso, que acababa de perder la apuesta de Noah, la de Cole, la de Sarah y, posiblemente, algo más importante que ningún dólar.

* * *

El sábado de los Días del Pionero empezó con un desfile de tractores y terminó, para Clara, con un vestido verde.

Se cumplieron por orden todas las profecías de Noah.

A las diez, la calle principal de Alder Creek se llenó de gente con sombreros de paja y banderitas en miniatura, y por el centro pasó una procesión que tenía algo de mañana de colegio y algo de ceremonia sagrada: tres tractores de colores restaurados con un cariño rayano en la obsesión, una carroza de la cafetería de Dolly con una tarta de cartón piedra de dos metros, doce niños a lomos de ponis con trenzas en las crines, y al frente, a caballo, el alcalde, que tenía ochenta y un años y saludaba a todo el mundo con un sombrero que le tapaba hasta las cejas.

A las dos hubo rodeo de aficionados en el recinto de ferias.

Travis Hale montó un potro de corral durante cinco segundos y medio y aterrizó con una elegancia involuntaria sobre una pila de paja.

Noah ganó el concurso de lazo y perdió el de baile con las sillas.

Hank salió a la pista con su bastón y desafió a un chaval de dieciocho años a una carrera de barriles, y el chaval, con la prudencia de la juventud, declinó.

A las cuatro, el concurso de tartas. Lo ganó Margaret, con una tarta de ruibarbo que había hecho a las cinco de la mañana y que, según el jurado, tenía una corteza que «no admitía comentario».

Dolly, que había quedado segunda, anunció en voz alta que habría revancha.

Margaret asintió con una dignidad regia.

Hank, que formaba parte del jurado, se abstuvo de votar por razones que nadie quiso averiguar.

En todo ese rato, Ethan Walker estuvo a tres sillas de Clara en todos los sitios.

No próximo. No lejano. Exactamente a esa distancia que hace que dos personas sientan, con una nitidez casi física, el hueco que hay entre ellas.

En el desfile, de pie en la acera, ella a un lado de Noah y él al otro.

En el rodeo, en la tercera fila de la grada, con Sarah en medio.

En la mesa de ocho que Dolly había reservado, él frente a ella, junto a Hank, hablando de las nubes.

Clara había dejado de preguntarse por qué no se acercaba. Lo sabía. Era la misma razón por la que ella tampoco se acercaba: porque ambos sabían lo que pasaría si lo hacían.

Ese era el motivo por el cual, a las seis de la tarde, dentro de una habitación de la casa de Margaret, Clara estaba de pie con una camisa vaquera y un pantalón limpio, mirando un vestido.

* * *

Margaret lo había sacado de un baúl de cedro que olía a lavanda y a cuarenta años de historia.

Era de algodón verde bosque, de manga corta y escote cuadrado, con una falda amplia que se movía como una campana, y tenía en el bajo una puntada diminuta, invisible, que alguien había dado con mucho amor.

—Es de cuando yo tenía treinta años —dijo Margaret, de pie en el umbral, con los brazos cruzados—. No te lo pongas si no te gusta. Pero llevo años sin ver a nadie con él.