Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE II #7
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PARTE II #7

Fue un segundo. Dos. Tres. En el borde de la cama, con la chaqueta entre ellos y las manos en contacto, Clara levantó la cabeza y lo miró.

El resplandor de la estufa le dibujaba sombras en las mejillas.

Tenía los ojos oscuros, atentos, y por debajo de la serenidad de la superficie, algo más: un deseo tan contenido que le hacía arder la garganta.

No se movió. Ella tampoco. Se oyó a sí misma decir, en un susurro: —Ethan.

—Dime. —No sé qué estoy haciendo. —Yo tampoco.

La mano de ella subió por la chaqueta, hasta el antebrazo de él.

Notó el calor de la piel bajo la manga arremangada, la dureza del músculo, el pulso rapidísimo en la muñeca.

Se inclinó hacia delante, un centímetro, otro.

Estaba tan cerca que le llegaba su respiración, y comprendió con una claridad pasmosa que iba a besarlo, y que él se lo iba a permitir, y que ninguno de los dos iba a ser capaz de detenerlo.

—Clara. La voz de él era un hilo. Él no se había movido. Tenía la mano libre cerrada con tanta fuerza que se le marcaban los nudillos.

—Mírame. —Te estoy mirando.

—Tienes frío. Estás agotada. Y esta noche has oído cosas que pesan. —Ethan tragó saliva—. No voy a aprovecharme de eso.

Clara se quedó inmóvil, a dos dedos de su boca. —¿Y si lo quiero? —Entonces lo querrás mañana también. A la luz del día, con el sol, sin tormenta. —Se le quebró la voz un instante y volvió a recomponerla—. Y yo estaré aquí. No me voy a ir a ningún sitio.

—Eso lo decido yo. —Sí. —Él no apartó los ojos—.

Por eso espero a que me lo digas tú. Las palabras se quedaron colgadas en el aire un largo momento.

Clara sintió que algo enorme, hecho de frío, de miedo y de ternura, le subía por el pecho.

No era humillación, como habría sido en otra vida.

No era rechazo. Era la sensación abrumadora de que alguien acababa de dejarle la puerta abierta y de haberse apartado para que pudiera elegir si cruzarla.

Se echó a reír, bajito, con la frente a punto de tocar la de él.

—Qué idiota eres. —Lo sé. —¿Eso ha sido una promesa o una amenaza?

—Las dos cosas. Clara apoyó la frente en su hombro.

Solo un momento. Él no se movió, y después, muy despacio, como quien toca algo que podría romperse, levantó una mano y se la puso sobre el pelo húmedo.

No la acarició. Solo la dejó allí, sobre la nuca, caliente, pesada, inmóvil.

Se quedaron así mucho rato. Cuando Clara quiso darse cuenta, estaba sentada en el suelo junto a él, con la espalda contra la litera y la manta sobre los dos, y la cabeza apoyada en su hombro.

No recordaba haberse movido. No recordaba haber decidido nada.

Pero la lluvia sonaba muy lejos, y el fuego era un látido naranja detrás de los párpados, y el cuerpo, por fin, se le había ablandado entero.

Es lo último que supo.

* * *

La despertó la luz.

Una luz gris y limpia, de las que vienen después de las tormentas, entrando en rayos delgados por las rendijas de los troncos. Fuera, un pájaro cantaba

una y otra vez la misma frase corta, como quien ensaya una disculpa. El aire olía a tierra mojada, a pino, a vida recién lavada.

Tardó un par de segundos en entender dónde estaba. Después sintió el hombro bajo la mejilla, el brazo que tenía alrededor de la espalda, la respiración lenta de él sobre su pelo.

No se había movido en toda la noche. Lo supo por la rigidez de su cuerpo, por la forma en que aguantaba el peso de ella sin una sola queja, por la mano entumecida que seguía en su espalda, en la misma posición exacta en que la había dejado. Tenía los ojos cerrados. Pero no dormía. Se notaba.

—Buenos días —murmuró ella. —Buenos días.

—¿Has dormido? —Un poco. Mentira. Clara se incorporó despacio, con la cara ardiendo, y se apartó el pelo de la frente.

Él abrió por fin los ojos, y la luz de la mañana los hizo más claros de lo que habían sido nunca, de un marrón ámbar, casi dorado, con arrugas muy finas en las comisuras.

—Se te ha dormido el brazo. —Sí. —Ethan. —No pasa nada. —Lo siento. —No lo sientas. —La miró—. Ha sido... —Se calló. Buscó la palabra con una concentración casi cómica—. Ha estado bien.

Era la frase más tonta del mundo. A Clara le llegó al corazón como un golpe.

Se levantó y se alineó la ropa, que se había secado por la noche al calor de la estufa, rígida y arrugada.

Fue hasta la ventana. Abajo, en el valle, el arroyo había vuelto a su cauce, todavía crecido, barroso, pero de nuevo con las orillas a la vista.

La luz del amanecer caía sobre las piedras claras del vado con una dulzura casi absurda.

Y sobre el montoncito junto al agua, la herradura brillaba, húmeda, intacta.

No dijo nada. Ethan, a su lado, tampoco. Salieron a las seis. Los caballos los esperaban en el cobertizo, secos y descansados, con el gesto resignado de quien lo ha visto todo. Ethan ensilló a

Ranger y a Dusty con sus movimientos exactos, sin prisa, y Clara, apoyada en el marco de la puerta con la taza de café en la mano, se descubrió mirándole las manos.

No como se mira a alguien que enseña. Ni como se mira a alguien que trabaja.

Curiosidad, se dijo. Era una simple curiosidad. Él le había enseñado a montar, a clavar grapas, a distinguir el piar de un gorrión del de un mirlo, y ahora, por pura reciprocidad, ella quería saber cómo era alguien que sabía hacer todo eso con las manos.

Tardó medio kilómetro, ya camino de la casa, en admitir que la curiosidad no suele hacer que a una se le encoja el estómago al ver cómo alguien cierra una cincha.

Ya no era curiosidad.