Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE II #6
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PARTE II #6

Ethan retiró la mano. No la tocó. Se volvió, azuzó a Ranger, y echó a galopar delante de ella, abriendo camino, con el corazón desbocado y la certeza, rara y extrañísima, de que acababa de hacer algo difícil y de que le había salido bien.

* * *

La cabaña tenía una sola habitación, una estufa de hierro, dos literas de tablas, una mesa coja y una estantería con latas de conservas que tenían, probablemente, más años que Clara.

Olía a humedad vieja, a ceniza y a ratones.

Detrás, en un cobertizo anexo, metieron a los caballos, los desensillaron entre los dos, sin hablar, con la eficacia de quienes han hecho aquello mil veces juntos, y los dejaron frotados, secos, con un puñado de avena cada uno.

Cuando cerraron la puerta de la cabaña, la tormenta se desató de verdad.

El tejado de tablas se convirtió en un tambor.

El viento empujó contra los troncos con una fuerza que parecía decidida a derribarlos.

Cada pocos segundos, una luz blanca entraba por la ventana, inundaba la habitación de un día artificial y se apagaba, y el trueno venía detrás, cada vez más cerca.

Ethan encendió la estufa. Clara se quitó la chaqueta empapada y se sentó en el borde de una litera con el pelo goteando sobre los hombros, las manos entre las rodillas y la mirada puesta en el fuego que empezaba a prender.

No hablaron durante un buen rato. Ethan preparaba café.

Era algo que sabía hacer con los ojos cerrados: llenar el cazo en el cubo de agua de lluvia de la puerta, ponerlo sobre la estufa, medir el café a ojo, esperar.

Un gesto automático. Una forma de tener las manos ocupadas mientras la cabeza, a su pesar, se iba hacia la ventana.

Porque desde la ventana, entre relámpago y relámpago, se veía el valle.

A un kilómetro, abajo, entre rocas y sauces, el arroyo se había hinchado.

Ya no era el hilo plateado de abril. Era un torrente marrón, espumoso, que arrastraba ramas y piedras y rugía con un sonido sordo que atravesaba incluso el estrépito de la lluvia.

Se ensanchaba justo donde el terreno se abría en un tramo de grava, y la corriente se volvía blanca contra las orillas.

Un relámpago, y el vado apareció entero.

Un montón de piedras claras. Una herradura.

La taza de café se le resbaló de entre los dedos.

No se rompió. Cayó sobre las tablas con un golpe sordo y rodó hasta la pata de la mesa, derramando el líquido caliente.

Ethan se quedó mirando el charco. No se agachó a recogerlo. No podía.

El trueno sonó encima, y dentro de él algo se rompió sin hacer ruido. —Hace siete años —dijo. Lo dijo con voz muy baja, hacia la ventana. Sin mirarla. Había algo en su garganta que no sabía cómo se llamaba y que pugnaba por salir como el agua de un dique.

—Mi hermano murió en ese vado. En una tormenta como esta. Se llamaba Jamie. Tenía diecinueve años.

La lluvia golpeó los troncos. Un relámpago. El silencio dentro de la cabaña fue enorme.

—Fue un accidente —añadió.

Y era cierto. Todo el mundo lo había dicho: el sheriff, el médico, el cura, Margaret, Cole. Un accidente. Un caballo que resbala, un río que crece. Nadie tenía la culpa.

Lo que no dijo, lo que se le quedó atravesado detrás de las costillas como un hueso mal soldado, era que él había dicho muchas veces esa palabra a lo largo de siete años, y que ninguna de ellas había conseguido que se lo creyera del todo.

Se calló. Esperó la pregunta. Sabía cuál sería. La había oído mil veces, de mil bocas, con mil tonos de compasión. ¿Cómo pasó? ¿Estabas tú? ¿Podrías haber hecho algo? Todas las preguntas con que la gente, sin mala intención, le había ido abriendo y cerrando la herida durante siete años.

Clara no preguntó. No dijo lo siento. No dijo qué horror. No dijo ningún consuelo preparado de los que se dicen cuando no se sabe qué decir.

Se levantó de la litera. Cruzó la habitación.

Se agachó junto a la mesa, recogió la taza caída y la dejó sobre la estufa.

Cogió un trapo del estante y secó el charco del suelo, con calma, sin prisas, como quien arregla algo que se ha caído en una casa ajena.

Llenó otra taza. Se la puso entre las manos.

Luego se sentó a su lado, junto a la ventana, a un metro, con la espalda contra la pared de troncos, y miró el valle con él.

No dijo nada. No lo tocó. No acercó la mano, ni el hombro, ni nada. Solo estaba allí, a un metro, mirando lo mismo, sin pedirle ni un segundo más de lo que él quisiera dar.

Ethan sintió algo que llevaba tanto tiempo sin sentir que tardó en reconocerlo.

Alivio. No el alivio de que se hubiera acabado, sino el de que, por una vez, alguien le había dejado un silencio que no exigía nada. Ni confesión ni explicación ni perdón. Un silencio entero, sin esquinas, en el que cabía cualquier cosa, incluso el no decir nada más.

Era lo más parecido a ser querido que había conocido en siete años.

Quiso decirle algo. No sabía qué. Sentía las palabras revolverse en el pecho, amontonarse, empujarse, y entre todas ellas una sola que tenía forma y peso.

—Eso es todo —dijo. —Vale —dijo Clara. Nada más. Ni un adorno. Solo esa palabra, tan corriente, que ella le había devuelto desde la primera noche, y que de pronto le sonaba a otra cosa, a un pacto, a una promesa: te oigo, y no necesito más.

El café se enfrió entre sus manos. Fuera, el trueno se alejaba un poco hacia el este, pero la lluvia seguía cayendo con la misma obstinación, y el arroyo, abajo, seguía creciendo en la oscuridad, rugiendo, sin ningún sitio al que ir.

Era imposible cruzar esa noche. Ambos lo sabían, y ninguno lo dijo.

* * *

A las once de la noche la tormenta ya no era una tormenta, sino una lluvia terca y regular que golpeaba el tejado con la monotonía de un reloj, y los relámpagos se habían alejado hacia el este, convertidos en un parpadeo lejano tras las nubes.

Clara estaba helada. No se había dado cuenta hasta que dejó de moverse.

Llevaba toda la tarde empapada, y la camiseta, pegada al cuerpo, le enfriaba la piel de dentro hacia fuera, y los dedos le temblaban de una forma que no tenía nada que ver con el miedo.

Se había quitado la chaqueta mojada y la había colgado junto a la estufa, donde humeaba pegada a la de él.

Había intentado secarse el pelo con un trapo.

Se había sentado en el borde de la litera de abajo con las rodillas contra el pecho.

Ethan, que parecía no sentir ni el frío ni nada, se levantó sin decir palabra, abrió una de las alforjas, sacó un fardo envuelto en una bolsa de plástico y se lo tendió sin mirarla.

—Está seca. Era una camisa de franela gris, gruesa, desgastada en los codos. Clara la cogió.

—Voy a... —dijo—. Al fondo. —Claro. Se cambió tras la manta que él había colgado de un clavo, con el corazón batiendo como un pájaro metido en una caja.

La camisa le caía hasta medio muslo y olía a humo de leña y a jabón de pastilla, y a algo más que Clara reconoció con una claridad desagradable porque era, simplemente, el olor de él.

Cuando salió, Ethan estaba sentado en el suelo, junto a la puerta, con la espalda contra los troncos, las botas fuera y el sombrero sobre las rodillas. Había dejado las dos literas libres.

—Puedes dormir en la de abajo. —¿Y tú? —Estoy bien aquí.

—Vas a pasar la noche sentado en el suelo.

—He pasado noches peores. —No lo digo por ti.

—Clara se metió bajo la manta que había en la litera, una manta áspera, de lana, que olía a naftalina—.

Lo digo porque junto a la puerta se cuela el aire y no hay motivo para que ninguno de los dos se muera de frío.

Hubo una pausa. —Vale —dijo él, y se movió hacia la estufa.

Se sentó en el suelo, junto a la litera, a un metro de ella.

Con las rodillas dobladas y el brazo apoyado en una, y la luz anaranjada del fuego tocándole la mandíbula y el borde de la barba.

Parecía esculpido en madera. Cansado. Inmóvil.

Con la mirada fija en las llamas, como si allí hubiera algo que tenía que descifrar.

Clara lo miró de lado, desde la almohada, sin que él se diera cuenta.

Había pasado un par de horas desde que le había dicho lo del vado.

No habían vuelto a hablar de ello. No había hecho falta.

Pero algo en la cabaña había cambiado de sitio, igual que cambia la luz de una habitación cuando alguien abre una ventana, y Clara lo sentía en la piel, en la nuca, en el estómago.

Nadie le había confiado nunca algo así. Se lo decía a sí misma con una especie de asombro, como quien descubre un objeto delicado entre las manos y no sabe dónde ponerlo. Un hombre que habla poco había dicho cuarenta palabras sobre la peor cosa de su vida, y las había dicho a ella.

—Esta noche no he comprobado nada —dijo, de pronto. Él volvió la cabeza. —¿El qué? —El cerrojo. No hay cerrojo. —Sonrió al techo—. Hace una semana que solo lo compruebo una vez. En la cabaña. Y esta noche no hay nada que comprobar.

—Es un avance.

—Es un avance ridículo. —Los avances son ridículos —dijo Ethan—.

Por eso son avances. Era una frase sencilla.

Le dio, sin embargo, un vuelco al corazón.

La lluvia siguió cayendo. Afuera, en el cobertizo, uno de los caballos resopló en sueños.

Clara sintió un escalofrío que le recorrió desde los hombros hasta los pies, y apretó los dientes para que no se le notara.

Se le notó. Ethan se puso en pie. Cogió su chaqueta de la estufa, que ya estaba tibia y casi seca, y se la tendió, sin acercarse más de lo necesario.

—Ponte esto encima. Clara alargó la mano. Sus dedos se rozaron sobre la tela caliente, y esta vez ninguno de los dos retiró la mano.