Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE II #5
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PARTE II #5

—Muy gracioso. —No es una broma. Es un consejo. La mano de ella se quedó un segundo en el aire, allí donde él la había dejado. Después la bajó sobre el muslo.

Hicieron círculos. Hicieron ochos. Aprendió a dar la vuelta a Dusty con el roce de la rienda en el cuello, sin tirar, solo con una presión leve de la pierna contraria y el peso del cuerpo, y la primera vez que la yegua giró limpiamente, como si le hubiera leído el pensamiento, Clara soltó una exclamación tan genuina que Ethan, a diez metros, apartó la cara para que no le viera la boca.

—No son riendas —dijo—. Es una conversación. —Muy poético para un hombre que dice quince palabras al día. —Hoy llevo cuarenta. —¿En serio? —He contado. Clara se echó a reír, y la yegua movió las orejas hacia el sonido, y de pronto el corral entero olió a polvo caliente, a cuero y a tarde de junio.

* * *

La segunda noche, Ethan arrastró un saco de pienso atado a una cuerda por la arena, como un ternero muy lento y poco convincente, y le pidió que lo apartara del grupo.

—No hay grupo —dijo Clara. —Imagínalo. —Hay un saco. —Es una vaca. Una vaca con mal genio. Pasó la mitad de la hora persiguiendo un saco de pienso a lomos de una yegua baya que, con evidente desprecio, se negaba a tomarse en serio a su ri-

val. Clara perdió la gorra. Perdió un estribo. Perdió la paciencia y la recuperó, y cuando por fin consiguió interponer a Dusty entre el saco y la valla, con un giro seco que le hizo sentir todos los músculos de las piernas, se quedó un momento jadeando con las manos sobre el pomo.

—Otra vez —dijo Ethan. —¿No vas a decir que lo he hecho bien?

—Lo has hecho bien. —¿Lo has dicho de verdad?

—Otra vez. Pero ella lo vio. Un resoplido por la nariz, bajo la barba.

Lo estaba pasando bien. Quizá sin darse cuenta, pero lo estaba pasando bien, y Clara guardó el dato en algún sitio donde pensaba no mirarlo más tarde.

* * *

La tercera noche el cielo estaba limpio y violeta, con una línea de nubes bajas sobre las montañas, y no le salió nada.

No había forma de explicarlo. Dusty giraba, paraba, retrocedía, pero Clara iba en la silla como un saco de patatas, tiesa, con los muslos apretados y el peso demasiado adelantado, y cada vez que intentaba soltar la cadera notaba que algo en su cuerpo se negaba, igual que se negaba la mano de la rienda, igual que se negaba la espalda.

—Relaja la cadera. —Estoy relajada. —Estás clavada a la silla como una mariposa en un corcho.

—Eso no ayuda. —Lo sé. —Ethan se frotó la nuca—.

Es que no sé cómo se explica. —¿Cómo lo aprendiste tú?

—Me lo enseñó mi padre. Montando detrás de él.

Lo dijo muy deprisa, mirando a otro lado.

Después se quedó callado, y ella comprendió que la frase se le había escapado, que había más dentro de ella de lo que él pensaba contar. Aguardó.

—Se siente mejor sin silla —dijo por fin—. Es la mejor forma. Pero hay una forma mejor todavía, que es subirme detrás de ti. —Hizo una pausa—. Si te parece bien. Si no, hay otras.

Clara bajó la vista a las manos sobre el pomo.

No era una pregunta sencilla y él lo sabía. Se lo había preguntado como se pregunta algo que se está dispuesto a no obtener, con un hueco en la voz que le permitía decir que no y que ninguno de los dos lo tomase a mal.

—Quitamos la silla —dijo ella. Desensillaron a Dusty entre los dos. Ethan puso una manta doblada sobre el lomo de la yegua. Clara montó, con un impulso del brazo, y se acomodó hacia delante. Sintió el calor del animal bajo los muslos, el movimiento lento de las costillas.

—¿Puedo? —Sí. —Si en algún momento... —Lo digo.

—Y yo bajo. Subió con una agilidad que no tenía sentido a su tamaño.

El peso cayó detrás de ella, y el calor de su cuerpo, de golpe, le llegó a toda la espalda: el pecho, los muslos junto a los suyos, los brazos pasando a ambos lados de la cintura sin tocarla, y las manos, grandes, callosas, cerrándose sobre las suyas en la rienda.

Clara dejó de respirar. —Ahora suelta —dijo Ethan, muy cerca de su oído, en un tono tan bajo que lo sintió en el hueso antes que en el oído—. No yo. Tú. Suelta el peso hacia atrás.

—No sé cómo. —Mira. Siente las costillas del caballo. Cuando camina, se abren y se cierran. —Sus manos dirigieron las de ella, un gesto mínimo con la rienda, y Dusty empezó a andar—. Ahora tu cadera. Que haga lo mismo. Que no se oponga.

Se movieron. Un paso, otro. El cielo estaba ya casi oscuro, de un violeta aterciopelado, y el corral entero, vacío, olía a tierra fría y a hierba cortada.

Dusty caminaba con su paso parejo, tranquilo.

Clara sintió que su cadera seguía la de la yegua, un balanceo sencillo, una forma de ser parte de algo mayor que ella misma, y por primera vez en tres días el peso se le fue de los hombros.

Se dejó caer hacia atrás. Solo un poco. Solo hasta que su espalda tocó el pecho de él y sintió debajo de la camisa el latido, firme, lento, y la respiración que le movía el pelo

junto a la sien. Cuatro segundos. Quizá cinco. Los músculos de todo su cuerpo se aflojaron al mismo tiempo, y fue una sensación tan inmensa, tan inesperadamente cálida, que le dieron ganas de llorar.

Entonces comprendió qué era lo que sentía. Seguridad. El cuerpo entero le dio una sacudida. Los hombros subieron de golpe, las rodillas se cerraron sobre las costillas de la yegua, la rienda se puso tensa.

—¿Quieres que pare? La voz de Ethan no cambió. No se movió un milímetro. Las manos, sobre las suyas, se quedaron donde estaban, sin apretar ni soltar.

—Sí. —Le temblaba la voz—. Un momento. En cuanto lo dijo, él ya no estaba.

No hubo tirón ni roce ni titubeo. Ethan pasó la pierna por encima del lomo de Dusty y se deslizó al suelo, y cuando ella volvió la cabeza estaba a dos pasos, junto a la cabeza de la yegua, con las manos a la vista y el rostro tan sereno que casi le dolió.

—No eres tú —dijo Clara. —Ya lo sé. —No, no lo sabes. —Se detuvo. Respiró hondo—. Quiero decir... no es que me hayas...

—No tienes que explicarme nada. —Quiero. —No tienes que hacerlo hoy. Clara cerró la boca. Se quedó a lomos de la yegua en la penumbra, con las manos agarradas a la crin y el corazón aporreándole el pecho, mirando a un hombre que acababa de comportarse de la única manera posible.

No tuvo miedo de él. Eso era lo terrible.

Tuvo miedo de no tenerlo. —Mañana —dijo.

—Mañana. —¿Seguimos? —Cuando quieras. Desmontó sin ayuda.

Le temblaban las piernas. Ethan cogió las riendas de Dusty y se alejó hacia la cuadra con la yegua, sin mirarla, para que ella pudiera quedarse un momento sola, y fue ese gesto —tan pequeño, tan exacto— lo que casi la hizo llorar de verdad.

Esa noche, en la cabaña, echó el cerrojo. Lo comprobó una sola vez.

* * *

La tormenta se anunció con las moscas.

Ethan lo había aprendido de niño, junto a su padre, mucho antes de saber leer un barómetro. Cuando las moscas pican más de lo normal y los caballos agitan la cola sin motivo, es que el aire está cargado, y algo grande se aproxima.

Era el viernes trece de junio, día de reconocimiento.

Habían salido a las siete de la mañana hacia Cutthroat Ridge, con Ranger y Dusty, para revisar los abrevaderos, la valla nueva y el estado de la hierba antes de que el ganado subiera el sábado.

Había ido todo bien. Excesivamente bien.

A las dos de la tarde, con el sol cayendo a plomo sobre la cresta, había hecho ya un calor de sudar sin moverse, y encima de las montañas del oeste se había ido apilando, torre sobre torre, una masa de nubes con la base negra y la cima blanquísima, que a Ethan le gustó mucho menos que a Clara.

—Qué bonitas —había dicho ella, hacía media hora. —Mm. —¿No te lo parecen? —Bajamos. No discutió. Eso le gustó todavía menos, porque significaba que lo había dicho con un tono que no pedía discusión. Dio la vuelta a Dusty y lo siguió cresta abajo sin una pregunta.

El primer trueno les llegó cuando estaban todavía en la ladera norte. Fue un sonido profundo, largo, que parecía venir de debajo de la tierra. Ranger levantó la cabeza. Dusty echó las orejas hacia atrás.

—¿Cuánto tenemos? —preguntó Clara. —Veinte minutos.

Tardaron ocho. Primero fue el viento: un golpe frío y seco que dobló la hierba y levantó el polvo en columnas.

Después el cielo se puso de un verde enfermizo.

Después las primeras gotas, gordas como monedas, y de pronto el mundo entero se llenó de ruido: un tamborileo seco sobre el sombrero, sobre los hombros, sobre el cuero de las sillas.

Granizo. Bolas blancas del tamaño de guisantes rebotaban entre los cascos de los caballos con un crepitar de cristales.

—¡Hacia la cabaña! —gritó Ethan. Había una cabaña de pastor a un kilómetro, al abrigo de un risco, una de esas casuchas de troncos que sus antepasados habían levantado para dormir cuando seguían al ganado.

Estaba al otro lado del camino. Y justo encima, a trescientos metros, el cielo se partió en dos.

El relámpago cayó sobre un pino solitario de la cresta. Fue un blanco total, sin sonido, y después el trueno los golpeó como una mano gigante en el pecho. Dusty se encabritó.

Ethan se volvió en la silla. La vio sujetarse. Vio cómo cedía la rienda sin soltarla, cómo se inclinaba sobre el cuello de la yegua y le hablaba al oído, y cómo la baya, con un resoplido tembloroso, volvía a poner las cuatro patas en el suelo.

Se le fue la mano hacia la rienda de Dusty.

Un reflejo. Cinco centímetros más y la habría cogido y la habría llevado él, a toda velocidad, hasta la cabaña, sin preguntar.

Pero ella ya había recuperado el control.

Ella ya venía detrás, a toda carrera, con el pelo pegado a la cara y las mejillas rojas de granizo y una expresión de furiosa concentración.